LA DOLOROSA DERROTA TEÓRICA
DE JAVIER MILEI
(Por Ernesto Tenembaum)
El
viernes 14 de marzo, hace apenas nueve días, ocurrieron dos episodios relevantes
casi en el mismo instante. El primero de ellos fue la difusión del índice de
inflación de febrero, ese 2,4% que refleja, al mismo tiempo, el éxito del
Gobierno para bajarla de los niveles recibidos, y los límites de su estrategia
para perforar pisos aún muy altos. En el mismísimo instante, a las cuatro de la
tarde, una inquietud recorría a los operadores de los mercados financieros.
Algo raro estaba pasando. Sobre el final de la jornada cambiaria, la demanda de
dólares libres se había incrementado de una manera inusual, a punto tal que el
Gobierno se vio obligado a intervenir con una suma inusual, superior a los USD
500 millones, para evitar que la brecha diera un salto demasiado pronunciado.
Si alguien abre el cuadro entenderá el motivo de la preocupación. Desde el
arranque del año, hasta ese instante, el Banco Central había perdido USD 4.500
millones de reservas. En la semana siguiente, perdería USD 1.500 millones más.
La Argentina, pese al enorme ajuste realizado en 2024, se aproximaba nuevamente
hacia uno de esos clásicos sacudones.
Algunos
medios y analistas han calificado a lo que ocurrió esta semana, este bimestre,
como una corrida contra el peso. Es difícil saber si corresponde el término ya
que no existe una definición oficial que establezca las magnitudes que lo
justifiquen. Además, es un fenómeno en desarrollo, con lo cual resulta
imposible conocer aun su dimensión. En cualquier caso, la pérdida de reservas
ha sido muy fuerte y muy veloz. Eso ha hecho que el 1 de marzo el Presidente
anunciara la inminencia de un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional que
no está cerrado 22 días después, que un economista mileísta, de los más
relevantes, anticipe una devaluación, que el ministro de Economía salga a
calmar y logre el efecto contrario, que los diputados le den luz verde a un
acuerdo que desconocen, que el Presidente vuelva a ponerle fecha a ese mismo
acuerdo que no está cerrado. Tanta ansiedad solo ha empeorado las cosas porque
cada día, la fuga se acentuaba.
Explicar
lo que está ocurriendo es materia de profesionales de otras disciplinas. Aun
así, tal vez sirva ordenar algunos hechos públicos para entender algo de todo
este proceso. Desde abril del año pasado, un número muy relevante de
economistas –y en esto no había diferencias entre ortodoxos y
heterodoxos—advierten que el esquema cambiario construido por el Gobierno era
muy frágil porque impedía sumar reservas. La voz más relevante en ese sentido
fue la de Domingo Cavallo, cuya autoridad había sido validada por Milei al
calificarlo reiteradas veces como el mejor ministro de la historia. Pero no era
solo él: Miguel Angel Broda, Hernán Lacunza, Carlos Rodríguez, Carlos
Melconian, Diego Giacomini, Ricardo López Murphy, Martín Redrado, Roberto
Cachanosky, entre tantos otros, advertían sobre el mismo problema.
Milei
se enojaba tanto con ese planteo que dedicó mucha energía a humillar a sus
colegas en público. “Mandriles”, “Mandrilandia”, “vaselina”, “infelices”,
“fracasados”, fueron insultos que se transformaron en elementos del paisaje
durante los largos meses en los que los dólares aún alcanzaban. Por un momento,
pareció que Milei tenía razón. Cavallo había pronosticado que los problemas empezarían
en el segundo semestre: el mercado vería entonces que las reservas se agotaban
y entonces subiría el riesgo país y la Argentina podría enfrentar otra crisis
de deuda o una devaluación brusca. Pero en el segundo semestre el éxito del
blanqueo le dio al Gobierno una vida más y Milei cantó victoria: “Mandriles”.
A
principios de enero las cosas se volvieron a complicar. Y Cavallo insistió: con
este esquema el Estado pierde reservas y eso lleva tarde o temprano a un
problema serio. Milei se enardeció contra él, al punto de que, en un gesto
notable, despidió a Sonia, la hija del ex ministro, que no había hecho nada.
Cavallo volvió a insistir mientras el drenaje se hacía cada vez más profundo y
rápido. A principios de enero, por ejemplo, Luis Caputo anunció un acuerdo con
los bancos que le prestarían USD 1.000 millones a altas tasas de interés. Los
efectos de ese acuerdo se disiparon en horas. El Banco Central –los argentinos-
quedó rápidamente sin el dinero y con la deuda.
En
este contexto, el 1 de marzo, durante la apertura de las sesiones ordinarios,
Javier Milei reconoció implícitamente su derrota al anunciar un inminente
acuerdo con el Fondo Monetario.
Para entender la magnitud de su derrota solo hay que recordar lo que decía el propio Milei en 2022 cuando rechazó un acuerdo similar que el gobierno de Alberto Fernández firmó para renegociar la deuda con el FMI.
-“Este gobierno, con este acuerdo, está tomando deuda. Y hay que tener
claro, que la deuda son impuestos futuros, son impuestos que pagan por ejemplo
personas que no votan: nuestros hijos, nuestros nietos, y personas que ni
siquiera nacieron todavía. La fiesta de la generación presente se la están
cargando en el bolsillo de aquellos que todavía ni nacieron. Estamos frente a
algo profundamente inmoral. Es más, sobrerreaccionan el ajuste sobre el sector
privado para que siga la joda de la política ¿En qué están pensando? ¡Estamos
al borde del abismo y quieren seguir con la fiesta!”
-“El Fondo es una
institución perversa. ¿Sabés por qué? Porque cuando un país, después de hacer
un montón de zafarranchos, y cuando ya nadie lo financia, y está a punto de
explotar, el Fondo le pone la guita y le permite patear el ajuste para
adelante”.
El
Gobierno y sus voceros deberán elongar mucho, realmente, para explicar que
aquellas palabras del candidato Milei no se aplican a la situación que enfrenta
el presidente Milei.
Pero
en este derrotero no solo sobresale el contraste entre el repudio a tomar deuda
y la decisión de hacerlo sino la caída de todo un diagnóstico. Durante los
largos meses en que recibía advertencias, Milei y los economistas que militan
su causa, sostenían que no había ningún problema con la demanda de dólares
porque no existían pesos para alimentarla. ¿Qué habrá pasado entonces? ¿Por qué
la demanda crece y las reservas caen? ¿Era mentira que no había pesos? ¿Hay
factores que presionan sobre las reservas que no tienen que ver con los pesos
que hay en la economía? ¿Se trata de una combinación de factores? En cualquier
caso, parece bastante evidente que los economistas críticos, los mandriles, en
términos de Milei, tenían razón: el esquema cambiario llevaba al país,
rápidamente, a un problema serio. ¿Será difícil ahora escuchar sin desconfiar
los análisis económicos del Presidente, el Ministro, y la media docena de
economistas y consultores que defendían sus postulados y agraviaban a quienes
advertían lo que se venía.
¿Por
qué el Gobierno no vio lo que muchísima gente amiga le señalaba? Una
interpretación posible es la obcecación en un error teórico. En ese caso, Milei
no será postulado a premio Nobel de Economía. Pero eso es lo menos importante.
Porque ese error teórico le costó a los argentinos miles de millones de
dólares. Y si se cometen otros esa cifra se va a multiplicar. Pero hay una
interpretación menos generosa. Carlos Rodríguez, el economista del CEMA que fue
jefe de asesores de Milei durante la campaña, escribió: “El Banco Central está
en una trayectoria de colisión. Cuanto más reservas dilapide en una causa
perdida, menos chances para que alguien ponga dólares para que sigan. Están
timbeando con plata ajena. Nos va a salir muy cara la campaña electoral de La
Libertad Avanza”. Según ese punto de vista, el Gobierno entregó miles de
millones de dólares para mantener alta la imagen del Presidente, que se
sostiene en el dólar bajo y la inflación controlada, su principal efecto. Se le
carga a las generaciones futuras el costo de las campañas de la generación
presente.
El
Gobierno enfrenta ahora un dilema clásico de los esquemas de dólar barato y
regulado. Si devalúa suben los precios y cae la imagen presidencial. Si no lo
hace, caen las reservas y el abismo se acerca. En las próximas semanas,
seguramente se conozca el contenido de un nuevo acuerdo con el Fondo Monetario.
Las generaciones futuras se habrán endeudado por algunas decenas de miles de
millones de dólares más. Los tomadores de deuda dirán, como siempre, que esos
dólares generarán confianza, que a partir de allí el país se podrá volver a
financiar en el mercado y que eso, sumado al equilibrio fiscal, disparará un
crecimiento sostenido de la economía. Los críticos recordarán que, al menos en
la Argentina, los acuerdos con el Fondo fueron siempre el anticipo de una
crisis. De hecho, ¿por qué generará confianza un país que se ha endeudado
tantas veces, en manos de un Presidente que volvió a hacerlo pese a que se
había expresado violentamente en contra? No se conocen aún los montos del nuevo
desembolso ni tampoco las condiciones que deberá cumplir el Gobierno para
recibirlos. Todo muy previsible, de tan repetido.
Todos
estos problemas se producen, además, en el contexto más complicado de todos los
que ha enfrentado el Gobierno hasta ahora. El discurso homofóbico de Davos, la
participación presidencial en el $Libragate, las histriónicas intervenciones de
Santiago Caputo, las dudas sobre si correspondía ayudar o no en la inundación
de Bahía Blanca, la represión a las marchas de jubilados que terminaron con un
joven fotógrafo herido gravemente, la designación por decreto de miembros de la
Corte Suprema, los golpes entre diputados oficialistas, y las reacciones frente
a cada uno de estos episodios constituyen una cadena de desafíos realmente
temerarios para quien pretende -y necesita- conservar el consenso social.
Algunas encuestas –no todas—registran una caída fuerte de la imagen
presidencial.
Mientras
tanto, el protagonismo de Milei ha mermado. Tuitea menos. Concede menos
entrevistas. Incluso ha cancelado tres viajes internacionales previstos, a
Chile, a Israel y a España.
Nadie
explicó por qué.
Debe
estar pasando algo muy serio, para que el Presidente resigne la escena
internacional.