Viaje a la Luna

Viaje a la Luna

Una memoria a mis antepasados, a mis vivencias...unos versos de futuro.

QUIEN NO SE OCUPA DE NACER SE OCUPA DE MORIR

lunes, 6 de julio de 2020


PEROGRULLADA

No lo tengo muy claro
una obviedad sin embargo
podría ser el camino
para relacionarnos como humanos
qué sentido tendría
si al final todo queda ahí
el final
tan proletario
tan de olvido



...(sin respuesta)...







SOBRE LA VANIDAD
(Por Alfonso Fernández Tresguerres, en “Nódulo Materialista”)

De lo vano del mundo a la vanidad del carácter
1
Puede la vanidad ser entendida (o mejor, lo ha sido de hecho) en un doble sentido: como forma de ser o carácter, por supuesto, mas también como concepto que es emblema y resumen de una particular concepción del mundo y de la vida, de una filosofía, o acaso más ajustado sería decir de una metafísica del vivir y del hacer humanos.

Sin duda alguna, la segunda de tales acepciones encuentra su mejor y más logrado exponente (no hay por qué caer en la extravagancia a fuer de buscar la originalidad) en el vanitas vanitatum proclamado por el autor del Eclesiastés: «¡vanidad de vanidades, todo es vanidad!». Cualquier empresa es fútil y vacía; cualquier deseo y anhelo un simple espejismo, mera «caza de viento».

Ciertamente, todo es fugaz y pasajero; todo vano (que de vano viene vanidad); todo huero e inútil; todo estéril. Y, entre otras cosas (cabe suponer), también lo es escribir el Eclesiastés y darnos consejos, como lo es el que yo escriba sobre él y sobre su darnos consejos. Si a eso vamos: «Acaso no haya vanidad mayor que la de escribir vanamente», como decía Montaigne. Y advierto que no lo digo por el autor del libro bíblico del que hablo, sino por mí mismo. Si es ya mucho dar en vida con un puñado de lectores, qué no será pensar que, desaparecido su autor, cuando ya, periódicamente, no nos importune con uno de sus bodrios, recordándonos de ese modo (una nueva vanidad) su existencia, alguien se ocupe de leer aquellos engendros que un día nacieron de su magín. Mas si esto que digo vale para mí, vale igualmente para muchos como yo; y hasta, a lo que entiendo, alguno hay al que le viene más al caso.

Pero yo (y esto me ayuda) soy poco dado al melodrama, o al menos procuro, siquiera, huir de él; de manera que si no soy melodramático por temperamento, lo soy, desde luego, por convicción. Después de todo, la realidad es como es, y rasgarse las vestiduras o posar de llorón a la vista de la fragilidad de la vida o del fracaso y el olvido al que se hallan condenados los más de los propósitos y obras humanas, resulta no sólo inútil, sino también extremadamente ridículo y cursi; y no es sino otra forma de vanidad: la de quien aspira a convencernos de que es poseedor de una extremada sensibilidad, o de una inteligencia tan aguda que viene, al cabo, a dar en dolorosa. Bien está que se sienta y se muestre angustiado (víctima, pues, de esa angustia vital tan kierkegaardiana) el adolescente que, paradójicamente, ni lo está ni podría estarlo aunque quisiera (y aunque él no lo sepa), máxime si su vanidad del sufrir se despliega por una causa noble, como lo es pretender impresionar a otras adolescentes particularmente impresionables y perfectas receptoras de los efluvios de su desesperación. (Pero no se me haga mucho caso, porque creo que estas cosas ya no están de moda.) Y es que a los diecisiete años uno tiene que aspirar a ser todo (incluso filósofo existencialista), porque de lo contrario, pasados los cuarenta, ya no le quedarán fuerzas para ser nada. Pero mal parece en el individuo maduro que nos aburra con sus pesares y sufrimientos metafísicos; y colmo de la vanidad son esos exhibicionistas del dolor, que, diríase, dan por supuesto que a alguien importa o que a alguien tendría que importar lo mal que se sienten o lo que opinen sobre la crueldad del vivir, sin caer en la cuenta de que con las opiniones sucede lo mismo que con los culos: cada cual tiene el suyo y no hay por qué enseñarlo cada dos por tres.

Mas, en último término, si nada tiene demasiada importancia, entonces también es verdad que tampoco la tiene el que nada sea importante, y vea cada cual lo que hace con el tiempo, más corto o más largo, que le ha sido otorgado hasta que le acontezca el único hecho definitivo y completo del vivir, que no es otro que el morir mismo. Punto final de todo anhelo y de todo pesar, la muerte nos cura, además, de toda vanidad, y lo hace de golpe y para siempre, como no suceda que seamos lo bastante estúpidos para desear, con James Dean, ser un bonito cadáver; vanidad que, obviamente, continúa estando del lado de la vida, no de la muerte (los muertos, como es sabido, no se preocupan en exceso por su aspecto), y que consiste en suponer que incluso cuando ya no podamos vernos ni admirarnos, todavía habrá alguien que nos vea y nos admire. Yo no sé si la vanidad del ser humano puede ir aún más lejos, pero es seguro que no puede hacerlo su estupidez. Pero no le demos vueltas, porque supongo que, a fin de cuentas, se trata de una aspiración como otra cualquiera: si no por algo más, que se nos recuerde siquiera por haber sido un muerto guapo. Aspiración efímera también, porque aunque se puede ser feo toda la vida, no se puede ser guapo toda la muerte, y andando el tiempo ya no existe ninguna diferencia entre el polvo de un hermoso cadáver y el de un cadáver horrendo.

Pero hasta entonces, hasta llegado el momento de no ser más que cadáver o polvo, algo hay que hacer, y así, si al cabo todo ha de ser vanidad, yo no quisiera tener otra que la de vivir con un cierta complacencia y obtener alguna satisfacción de lo que hago, porque

«observé que el único bien del hombre es disfrutar de lo que hace»;

con lo que, en este punto, vengo a declararme, finalmente, humilde discípulo del Eclesiastés (y ello aun cuando con tales palabras, tal vez quien lo escribió no otra cosa quiso decir sino que también eso es vanidad). No se es feliz, en efecto, con lo que se tiene, sino con lo que se hace. Y si de disfrutar de lo que se hace se trata, yo añadiré que tengo por cierto que la dicha que no podamos obtener de un puñado de libros y de las divagaciones a las que nos empuja una cabeza ociosa, no podremos hallarla jamás en parte ni en cosa alguna. Y es que seguramente ningún gozo es comparable al que se deriva del hacernos preguntas y buscar respuestas, esto es, al goce de saber o tratar de hacerlo. Y vuelva de nuevo alguien, si así lo desea, a recordarnos, con el autor del Eclesiastés,

«que la sabiduría y el saber son locura y necedad [...] también eso es caza de viento, pues a más sabiduría más pesadumbre, y aumentando el saber se aumenta el sufrir»,

que entonces no sé yo que más hay que decir sino que lo que constituye auténtica locura y necedad, y, de añadido, vanidad excesiva y ridícula, es imaginar que uno pueda llegar a hacerse tan sabio y tan lúcido que la vida misma se le haga insoportable. Acaso tales peligros sean reales para alguien que, como él, se encuentre en posesión de una lucidez y una sabiduría que me sobrepasan con mucho, mas creo que ningún riesgo existe de que acechen a las mías.

2
Mas si ahora desplazamos nuestra atención desde este sentido casi cósmico o metafísico de la vanidad, a la vanidad entendida como carácter, es obvio, que, desde la perspectiva del autor del Eclesiastés, el vanidoso no es únicamente un individuo dominado por un determinado vicio, sino uno de los más excelsos y sublimes representantes de la estupidez humana. Y seguramente es verdad; y lo es hasta tal punto, que algunos, como si se negaran a creer que pueda alcanzarse un grado de necedad tal, dan en pensar que el vanidoso no se encuentra realmente convencido de poseer aquello de lo que presume, es decir, que es, en último término, un embustero. De este parecer es Adam Smith:

«El hombre vanidoso –asegura– no es sincero, y en el fondo de su corazón está raras veces convencido de la superioridad que ambiciona que usted le atribuya [...] Es culpable de vanidad quien desea la alabanza por algo que sin duda lo merece, pero que él sabe perfectamente que no posee».

Entiendo que esta interpretación es en exceso benévola. Es cierto que la vanidad se halla siempre referida a objetos dignos de encomio, y lo es también que no suele poseerlos el vanidoso, o, al menos, que la cantidad de tal posesión no se corresponde con el grado de alarde que se hace de ellos, pero que él lo sepa, lo encuentro más discutible. No es tanto, me parece a mí, que, como sostiene Smith, el vanidoso se vea a sí mismo no como él sabe que es, sino tal como supone que, después de haberlos engañado, lo ven los demás; al contrario, lo que en realidad sucede es que desea que los demás le vean tal como él se ve. No se mira con los ojos de los otros, sino que anhela, y hasta reclama, que los otros le miren con los suyos. No estamos ante un taimado mentiroso, sino ante un tonto sincero. Lo primero sería ya estupidez notable, desde el momento en que supondría acabar por creer el propio embuste, pero lo segundo es la memez elevada a la categoría de obra de arte, porque indica que el vanidoso se cree en verdad excelente y perfecto en su género; convicción que sólo puede alcanzarse mediante la habilidad de ser capaz de engañarse a cada instante a uno mismo y de vivir con y en ese engaño. Y esto únicamente con la asistencia de una necedad sin límites puede ser logrado.

Sólo cuando uno repara en su propia insignificancia y en lo nimio e imperfecto de cualesquiera obras de las que sea autor, o lo que es igual, sólo cuando uno no es lo bastante serio como para permanecer ciego a los aspectos ridículos y risibles que él también, como los demás, posee, puede alejarse de la vanidad. Y por eso seguramente está en lo cierto Bergson cuando observa que «la única cura contra la vanidad es la risa». Mas siempre, habría que puntualizar, que lo entendamos en el sentido de que la risa es lo único que puede curarnos de ella, mas no que con el reír podamos curar al vanidoso de su vicio, porque nuestra burla, que entenderá de inmediato nacida de la envidia, no hará que se tambalee en lo más mínimo la profunda admiración que experimenta por su persona, sino que, antes bien, le servirá de confirmación de su alta valía (¿por qué si no habríamos de envidiarle?). Y confiar en que con la risa se cure él, es pensar lo impensable, porque ser vanidoso implica, sin excepción alguna, tomarse muy en serio a uno mismo: quien es capaz de lo contrario y de reírse de sí, no necesita curarse de la vanidad, porque ni es ni puede ser vanidoso.

Mas, siguiendo con Bergson, no estará de más recordar que también él, como A. Smith, parece conceder alguna fuerza a la hipótesis según la cual la vanidad está «fundada en la admiración que se cree inspirar en los demás». Ya me he referido a esto, y aprovecharé ahora para añadir que, en efecto, tiene razón el filósofo francés, pero es preciso matizar que esa admiración que el vanidoso cree suscitar en los otros nace siempre de la admiración que tiene por sí mismo. Desde su perspectiva, los demás no realizan sino un acto de justicia al reconocer lo que no es más que un hecho: que él es un ser excelso y admirable; y esto con independencia de que el creerse reconocido y admirado como tal, sea combustible que contribuya a mantener avivado el fuego de su vanidad.

Pero tan importante o aun más que ésta, es, o así lo entiendo yo, otra confusión que suele darse en el asunto éste de la vanidad, y es la frecuencia con que se la ha equiparada a la ambición. Sucede así, de una forma explícita, en Alfred Adler, quien en su Conocimiento del hombre parece inclinarse a considerar ambos términos sencillamente como sinónimos e intercambiables:

«Tan pronto como el afán de hacerse valer prevalece –escribe–, provoca en la vida del alma un aumento de tensión que hace que el hombre perciba más claramente el objetivo de poder y superioridad, y trate de aproximarse a él con movimientos reforzados, siendo entonces su vida como la esperanza de un gran triunfo. Un individuo tal pierde el contacto y la relación directa con la vida práctica, porque está siempre ocupado en saber qué impresión produce y qué piensan de él los demás. Esto constituye un gran obstáculo para su libertad de acción, apareciendo el rasgo de carácter más frecuente en tales casos: la vanidad»;

pero que tal definición pudiera servir para retratar igualmente (y aun mejor) al ambicioso, no tiene para Adler nada de particular, porque (como digo) ambos constituyen, en su opinión, un único y mismo carácter: ocurre, sencillamente, que la vanidad es considerada disposición más vergonzosa, y por eso «se suele encubrir esta cualidad, sustituyendo su nombre con el más bello de la ambición».
Mas también en Aristóteles, según creo, encontramos una asimilación pareja entre ambos afectos. La vanidad constituye, según él, el extremo vicioso por exceso de la magnanimidad: cualidad de aquél «que siendo merecedor de grandes bienes, se cree él mismo digno de ellos», según leemos en la Ética a Eudemo, y es vicio –se prosigue diciendo en dicha obra– que

«inclina a considerarse uno mismo merecedor de grandes bienes, siendo indigno de ellos (llamamos, en efecto, vanidosos a aquéllos que piensan ser merecedores de grandes bienes sin serlo)»;

y en cuanto al otro exceso, ahora por defecto, de la magnanimidad, esto es, la pequeñez de espíritu,

«se refiere al que, siendo merecedor de ellos, no se considera a sí mismo digno de grandes cosas (parece, en efecto, ser pequeño de espíritu el que, habiendo en él cosas por las que justamente puede ser estimado, no se considera a sí mismo merecedor de nada grande), de modo –concluye Aristóteles– que necesariamente la magnanimidad tiene que ser un medio entre la vanidad y la pequeñez de espíritu».

En la Ética a Nicómaco hallamos idéntica caracterización de estos tres tipos humanos, pero con la peculiaridad de que a ella viene a añadirse ahora el juicio moral sobre ellos. Y ocurre que si, como es obvio, el magnánimo es virtuoso, lo cierto es que vanidoso y pusilánime (o pequeño de espíritu), aunque no virtuosos, al menos hay que reconocer que tampoco son malvados:

«tampoco a éstos –escribe Aristóteles– se los considera malos (pues no perjudican a nadie), sino equivocados. En efecto, el pusilánime, siendo digno de cosas buenas, se priva a sí mismo de lo que merece, y parece tener algún vicio por el hecho de que no se cree a sí mismo digno de esos bienes y parece no conocerse a sí mismo; pues desearía aquello de que es digno, por ser cosa buena. Ésos no parecen necios, sino, más bien, tímidos [...] Por otro lado, los vanidosos son necios e ignorantes de sí mismos, y esto es manifiesto. Pues sin ser dignos emprenden empresas honrosas y después quedan mal».

Es cierto, sin duda, que el pusilánime es tímido y el vanidoso necio, y lo es aun en el supuesto de que ocasionalmente pudieran, con su actitud, causar algún perjuicio a alguien, y no sólo a sí mismos. Pero, en cualquier caso, conviene reparar en que lo que propiamente está retratando Aristóteles en su análisis no es tanto la vanidad como la ambición (con lo que, si no me equivoco, venimos así a incurrir en un error similar al que mucho más tarde repetirá Adler). Y de hecho, cuando a reglón seguido Aristóteles se ocupa de ésta, se ha quedado prácticamente sin nada que decir, y se conformará con entenderla referida a los honores, caracterizándose, en consecuencia, el ambicioso por «aspirar al honor más de lo debido», aunque (de nuevo como sucede en Adler) se admite una dimensión loable de tal pasión, y así, dirá Aristóteles:

«A veces, al contrario, alabamos al ambicioso por considerarlo viril y amante de lo que es noble».

Y esto también es verdad, porque tiene, ciertamente, la ambición su término medio y justo que, si no virtuoso, en sentido estricto, al menos tampoco puede considerarse culpable y merecedor de censura. Como lo tiene, por otra parte, la vanidad misma, porque para huir de ella no es preciso caer en el rebajamiento y la autohumillación: nada malo hay en que, ocasional y razonablemente, podamos alguna vez sentirnos satisfechos con nosotros y con aquellas obras o acciones de las que somos autores. Es más: seguramente es de todo punto necesario que así sea. Quien se adora, es un necio; pero quien jamás halla en sí motivo alguno de contento, es un pobre desgraciado, dominado (como seguramente diría Freud) por un super-yo tan cruel que mejor le fuera poder extirpar.

Pero en lo que debemos poner mucho cuidado (y en eso estábamos) es en no confundir ambos temperamentos. Yo creo que la raíz de tal confusión se encuentra, precisamente, en esa acepción noble que el término «ambición» conlleva, en tanto que afán de perfeccionamiento o superación; y como quiera que a la vanidad, como tal, ninguna dimensión positiva cabe detectarle, lo que ha sucedido en el caso de Aristóteles, me parece a mí, es que todo lo negativo asociado a ambas pasiones lo ha cargado en la cuenta de la última, dejando la primera limitada a un aspiración desmedida de honores. Mas no se entiende por qué no se podría decir justo lo contrario. ¿O es que resulta tan obvio que debemos llamar «ambicioso» al que anhela honores, en tanto que es «vanidoso» quien ambiciona todo lo demás? Cierto que no es fácil establecer un delimitación nítida y rotunda entre ambos caracteres, porque es verdad que el vanidoso se halla dominado, al menos, por la ambición de ser admirado, y, al mismo tiempo, entre los objetivos anhelados por un ambicioso suele encontrarse también la admiración. Creo, sin embargo, que la ambición comprende objetos múltiples y distintos, en tanto que el de la vanidad es único, y éste, es, justamente, la admiración. Así, pues, entiendo que mejor haremos invirtiendo la caracterización aristotélica, y decir que quien aspira a cosas grandes (sean cuales fueren) sin merecerlas es ambicioso (si las merece, también, desde luego, pero estaríamos ahora ante la dimensión positiva de la ambición), en tanto que es vanidoso quien se admira y busca ser admirado.

Pero otros aspectos no menos significativos distinguen ambas pasiones; y en ellos no parece, una vez más, que haya reparado Aristóteles, y, por supuesto, tampoco Adler, e incluso diríase no haberlo hecho plenamente Teofrasto, cuya concepción de la vanidad como «un deseo mezquino de ostentación» es, no obstante, pese a su concisión y brevedad (o tal vez precisamente por ello), una de las definiciones más logradas que conozco, mas a la que le sobra, no obstante (o, cuanto menos, habría de ser afinado), lo del «deseo», porque el vanidoso no sólo desea presumir, sino que lo hace de hecho (aunque, por supuesto, desea poder continuar haciéndolo y teniendo, o creyendo tener, razones y motivos de ostentación). Quiero decir con esto que en tanto que la ambición es afecto proyectado fundamentalmente al futuro, la vanidad, por el contrario (y sin que sea menester negarle por completo dicha proyección), se halla primordialmente centrada en el presente, y acaso también en el pasado. Sólo puede ambicionarse, como es lógico, aquello que no se es o no se tiene; en cambio, no se hace ostentación sino de lo que se es o se tiene (o de lo que se cree ser o tener), y tal vez, asimismo, de que ello haya sido así (o se crea que haya sido así) en el pasado, aunque no lo sea en la actualidad. Todo lo cual no obsta, sin embargo, para que pueda pensarse que quien ambiciona lo hace para poder ostentar, al tiempo que el vanidoso ambiciona continuar ostentando. Y con ello no hacemos más que arribar de nuevo a la confirmación de los importantes elementos en común que presentan ambos afectos, el más destacado de los cuales consiste (según se ha sugerido ya) en el hecho de que la vanidad puede ser vista como una forma de ambición (seguramente la más inofensiva, pero sin duda también la más ridícula de sus modalidades), en tanto que la ambición se halla con frecuencia acompañada por la vanidad. Pero (como digo) no debemos dejar que las semejanzas nos tornen invisibles las diferencias, que las hay, y muy notorias y significativas, porque a las ya señaladas debemos añadir ahora una más.

La ambición, en efecto, es vicio que empuja a correr riesgos y a lanzarse a empresas que, con harta frecuencia, suelen desembocar en el más estrepitoso de los fracasos y en el más estruendoso de los ridículos; la vanidad, en cambio, es, por su propia esencia, pasión fundamentalmente conservadora. Quien ambiciona algo, no tiene más remedio que arriesgarse; pero lo que ante todo desea el vanidoso es poder admirarse y ser admirado (o convencerse, al menos, de que lo es); su única ambición (podemos nuevamente volver a decirlo así) es que se mantenga inalterable aquel estado de cosas que le hacen sentirse admirable y digno de admiración; aquel estado de cosas que le permiten, en suma, presumir y ostentar (aunque todo ello no sea más que una simple quimera nacida de su memez), y de ahí que acaso nada esté más lejos de su intención que embarcarse en proyectos que pongan en peligro aquello por lo que se ve francamente encomiable, y que conlleven la posibilidad del fracaso, puesto que con él, resulta inevitable el riesgo de que de un plumazo se venga al suelo, hecha añicos, su imagen gloriosa y largamente labrada.

Pero, al cabo, y aunque puede discutirse si cualquiera de dichas pasiones pueden satisfacerse (o intentar satisfacerse) sin incurrir en múltiples faltas de carácter ético o moral (como el engaño, la maledicencia o la traición), probablemente tiene razón Aristóteles cuando afirma que ni uno ni otro son malos, es decir (así lo entiendo yo), que no son, en general, siempre y en sí mismos, malvados (aunque subsidiariamente puedan serlo determinadas acciones a las que sus respectivos caracteres les empujen), sino sólo estúpidos (lo que no es, obviamente, un desorden menor, mas sí un desorden de otro tipo). Ambición y vanidad son, pues miembros natos, de la familia de la estupidez, porque sólo un necio puede presumir de lo que posee (que, por mucho que sea, siempre será nada), y no digamos de lo que no posee; y, por otra parte, ambicionar no ya lo que no se merece, en sentido aristotélico o moral, sino lo que no se puede tener (y un ambicioso siempre acabará por desear algo que no le es posible alcanzar), no es maldad, sino tontería.

3
Queda por determinar si es verdad, como algunos suponen, que todos, en mayor o menor medida, somos vanidosos. Tal es la opinión de Pascal:
«La vanidad está tan aferrada en el corazón del hombre –dice–, que un soldado, un escudero, un cocinero, una ganapán, se jacta y quiere tener sus admiradores; y los filósofos mismos lo desean, y los que escriben en contra quieren tener la gloria de haber escrito bien; y los que los leen quieren tener la gloria de haberlo leído; y yo, que escribo esto, tengo quizás este afán; y acaso los que hayan de leer...»;
e idéntica es la posición de Mandeville, para quien nada hacemos si no es buscando la alabanza y el elogio, o, lo que es lo mismo, si no es movidos por el egoísmo y la vanidad; algo que, después de todo, no deja de tener su lado positivo, como es el desarrollo de las artes, las ciencias, &c. Y La Rochefoucauld, quien merece, acaso más que ningún otro, el título de maestro de la sospecha, no dejará, por su parte, de observar que:

«Lo que nos hace insoportable la vanidad de los demás es que hiere la nuestra»;
idea que Nietzsche, no digo yo que culpable de plagio, mas víctima, seguramente, de un honrado fenómeno de criptoamnesia, repite casi al pie de la letra:
«La vanidad de los demás –escribe– repugna a nuestro gusto tan sólo cuando repugna a nuestra vanidad».

A mí me parece que todos ellos generalizan en exceso (les reconozco, sin embargo, la atenuante de que una buena máxima sólo puede ser contundente). Yo creo que nos encontramos de nuevo muy próximos a la perspectiva del Eclesiastés: afirmaciones tales, únicamente pueden sostenerse si hacemos un uso tan extenso y (me atrevería a decir) tan abusivo del término «vanidad», de tal manera que todo (absolutamente todo), incluida la misma aspiración a seguir vivos pueda ser vista como una pretensión vanidosa (y es que, ¿de dónde ese afán de imponer al mundo nuestra presencia?). Pero si el concepto del que hablamos nos limitamos a usarlo reducido a sus justos límites, entiendo que tal generalización resulta inadmisible.

Uno puede inventar o crear por mero juego y por la mera satisfacción que al hacerlo se alcanza, con plena independencia de que lo que hace vaya algún día seguido del aplauso o el reconocimiento; y puede desear saber empujado por su curiosidad y por el puro placer que obtiene en colmarla. Y aun cuando de ello se derive un cierto contento con uno mismo y con la labor realizada, ninguna vanidad entraña tal bienestar, porque, como ya hemos dicho, para huir del mar de la vanidad no es preciso desembarcar en la playas del automenosprecio, y porque ningún vicio conlleva el que lo que hacemos nos haga alguna vez dichosos La vanidad, en sentido estricto (también la ambición), es (según hemos señalado) algo muy distinto a esa forma tan difusa y amplia de entenderla, tal coma la encontramos en Pascal o en Mandeville. Se trata de una satisfacción grotesca con uno mismo (y a veces no tanto por lo que se es, sino por lo que se cree ser), acompañada del convencimiento de que conocernos ha de ser una experiencia emocional inolvidable para cualquier otro ser humano. Dejémoslo ahí. No hay razón alguna para ir más allá, a menos que optemos por un completo nihilismo, en virtud del cual aboguemos incluso por la extinción de la especie (lo que, viendo a más de uno, no resulta desmesurada ocurrencia), porque, ¿a qué esa vana pretensión de reproducirnos y de castigar al universo con la propagación de nuestros genes?

Y puede resultarnos insoportable y repugnante un vanidoso estúpido (la expresión es redundante), por la simple razón de ser insoportable y repugnante, sin que haya motivo alguno para suponer, a priori, que la desazón que sentimos brote de nuestra vanidad resentida al ser lastimada por la suya.

Yo no quisiera incurrir aquí en esa peculiar forma de vanidad que consiste en presumir de encontrarse libre de ella, como aquél que, según Plutarco, llamaba a voces a su criada para decirle con gran estrépito y aspaviento notable: «Mira, Dionisia, he dejado de ser vanidoso». Creo, sin embargo, que puedo decir de mí (y no pretenderé que se me crea) que, teniendo seguramente muchos vicios, de éste, a lo que entiendo, no me hallo colmado en exceso. Caso similar me sucede con la envidia. Y si, como alguna vez he dicho, el no ser envidioso no nace en mí de adecuada proporción de bondad, sino, seguramente, por exceso de orgullo (lo que acaso viene a significar que no es en mí la virtud la que vence tal vicio, sino otro vicio más fuerte, que lo domina), creo que igualmente puedo decir que me encuentro libre de la vanidad no por virtuoso, sino por realista: ni tengo nada de lo que alardear ni motivo alguno para envanecerme. Acaso de tenerlo, fuera el más vanidoso del orbe entero, pero como no es así, no tengo más remedio que no serlo. De manera que si la ausencia de vanidad es virtud, yo soy, en este aspecto, virtuoso a la fuerza. Créaseme si se quiere (a mí nada me va en ello); o adviértaseme, incluso, con Pascal, que decirlo no es sino una forma de vanidad; como vanidad es dejarlo escrito; y vanidad esperar que sea leído; y... (pascalianos puntos suspensivos).


viernes, 3 de julio de 2020


PIRATAS FUERON, PIRATAS SON



Ayer todos los portales escribieron lo siguiente “El Tribunal Superior británico dictaminó este jueves que la Administración ad hoc del líder opositor venezolano Juan Guaidó y no la del dictador Nicolás Maduro puede acceder legalmente a las reservas de oro de Venezuela depositadas en el Banco de Inglaterra”.

Era de esperar un fallo así, como le vas a dar al Lobo que cuide de tus ovejas, no aprendemos más, acá el pueblo venezolano ¿Dónde está?, bien gracias.

El Banco de Inglaterra tiene una historia, la banca en general en Inglaterra tiene sus orígenes en los orfebres de a principio del 1600, en ellos confiaron sus dineros los comerciantes de la época a un interés cercano a cero, y estos orfebres ni lento ni perezosos, se dieron a la tarea de prestar entonces ese dinero “ajeno” a tasas usureras, lo que hizo que en poco años sus ganancias fueran siderales, y cambiaran su nombre por los de “banqueros”, nada, “ladrones” hubiera sido más acorde, pero el malo siempre ha disfrazado sus intensiones con otras palabras. Cualquier semejanza con el mundo actual, es pura “coincidencia”.

Para mantener su armada, que conquistaba el Mundo, el Rey Charles II, que reino después del mandato republicano “Commonwealth of England” de Oliver Cromwell
(desde 1649 al 1660), pidió en cantidades exorbitantes dinero a los nuevos banqueros, con intereses que llegaron hasta el 12%, en aquella época eran considerados “usura”, hoy cuando prestan al Tercer Mundo, se llama “ayuda”. La deuda del Rey Charles II, se hizo insostenible, y se cree que fue la causa de la firma del tratado secreto Dover con el Rey Luis XIV de Francia en 1870, que entre otras cosas estipulaba que Francia debería ayudar a Inglaterra a volver al catolicismo, mientras que Inglaterra apoyaría a Francia en su campaña para conquistar las Provincias Unidas de los Países Bajos, verdaderamente Inglaterra recibió apoyo “financiero” de la Francia de aquella época para mantener su armada. Sin embargo esto no vasto, y el Charles II siguió endeudándose internamente, con lo cual al no pagar sus deudas hizo que quebraran muchos comerciantes que habían prestado su dinero a aquellos “orfebres-banqueros” que prestaban al insaciable Charles II (ya en esa época Macri existía, no tengan la menor duda, solo que con otro nombre).

La anterior situación más otras de índole comercial y política, entre las que se encontraban, la necesidad que demandaban los comerciantes de que se regulará de alguna manera el tipo de interés de los prestamos, además de contar con una moneda en papel respaldada por los bancos, sumado a los impuestos impopulares que se aplicaba por la corona para recaudar y mantener su armada, hizo que se planteará la conveniencia de tener un Banco Central.

Después de la llamada “Revolución Gloriosa” de 1688-1689, que derroco al Rey Jacobo II, que estaba en la corona desde febrero de 1685, el Parlamento de Inglaterra, tomaría por las astas al toro y desplazaría al Monarca para siempre en tres cosas fundamentales suspender las leyes, crear impuestos, o mantener un ejército permanente durante tiempos de paz sin el permiso del Parlamento.

Con la restauración de un nuevo monarca en 1689, Guillermo III necesitaba mejorar la situación financiera de la corona, pero además estaban latentes los pedidos de los comerciantes que se incrementaban en la Inglaterra de la época, con lo cual escucharon atentamente al banquero William Paterson que propuso junto a otros la creación del Banco al Rey. El Banco de Inglaterra se fundó en 1694 bajo el nombre Governor and Company of the Bank of England. Siendo de carácter privado hasta su nacionalización como Banco Central de Inglaterra en 1946. Paterson fue el primer director del banco con un sueldo de 2000 libras.

En los años siguientes cuando se lee sobre la historia del Banco de Inglaterra, este siempre estuvo directamente ligado a financiar las campañas de guerras del Imperio, o a financiar el monopolio del transporte de esclavos en América del Sur y América Central. La casualidad no es casual, cuando se estudia la “Edad de Oro” de la piratería esta se enmarca desde el 1620 al 1795, los Bucaneros que se desarrollaron entre el 1620 y 1683 eran marineros anglo-franceses que con base en Jamaica o en Isla de la Tortuga atacaban a la embarcaciones españolas y también asaltaban a muchas de las colonias de España en el Caribe (Ahora usan leyes para quedarse con tu oro, pequeño detalle).  

Las reservas de oro de Venezuela en bancos internacionales no son de ahora, son de larga data. Teniendo en cuenta que Venezuela es un gran productor de petróleo a nivel Mundial, el petróleo es casi el 90% de lo que exporta Venezuela a pesar del ingente esfuerzo por diversificar su exportación en los últimos 20 años. Una recorrida histórica por sus reservas en oro indican que por allá por la Segunda Guerra Mundial había obtenido unas 180 toneladas de oro por un intercambio de petróleo con Estados Unidos, que había pagado de sus reservas y ya para 1948 poseía unas 248 toneladas, lo que se convertía en el quinto país del Mundo con mayores reservas del “vil metal” y el mayor de América Latina.

Para 1957, el Banco Central de Venezuela también había comprado grandes cantidades de lingotes de oro al Fondo Monetario Internacional, alcanzado su récord histórico y situando sus reservas de oro en cerca de 640 toneladas.

Bajo la Presidencia del médico pediatra Jaime Lusinchi (1984-1989) se adoptaron nuevas políticas respecto al oro en 1886, mostrándose mucho más activos en la gestión pro-activa del oro monetario en el mercado internacional. Así, una parte importante del oro almacenado en Venezuela se trasladó a las bóvedas del Banco Central de Inglaterra para su posterior comercio en el mercado del oro de Londres a través de operaciones swaps y depósitos de oro. Por cierto ese mismo año la empresa Logoven S.A., filial de Petróleos de Venezuela, que operó los negocios de exploración, producción, refinación y comercialización de petróleo y derivados en Venezuela durante 22 años, desde 1976 hasta diciembre de 1997, anunciaba en febrero de 1986 el descubrimiento de los yacimientos Furrial II con unas reservas por 1000 millones de barriles.

El presidente Lusinchi recibió de su predecesor Campins una situación complicada con la deuda externa, inexplicable después de menos de 10 años de nacionalizado el petróleo venezolano, que había ocurrido con el primer gobierno de Carlos Andres Pérez en 1975, lo que indicaba a todas luces que habían defalcado al Estado Venezolano. De ahí su “activismo” con el oro venezolano y por supuesto unos piratas ingleses, dispuestos a “cuidarlo” con esmero. El gobierno de Lusinchi fue tan corrupto que su predecesor, para que se tenga una idea en diciembre de 1985 las reservas del Banco Central de Venezuela eran de 10 500 millones de dólares, a finales de 1988 esta llegaban apenas a 3000 millones.

Transcurridos 6 años, en 1992, las 356 toneladas de oro venezolanas se repartían de la siguiente manera, el 14,7% de esta misma cantidad 356 toneladas de oro se encontraba todavía en el Banco de la Reserva Federal de Nueva York, el 43,3% se guardaba en el Banco Central de Venezuela en Caracas, el 28,5% se había trasladado al Banco de Inglaterra y el restante 13.5 % estaba depositado en el Banco de Pagos Internacionales de Basilea-BPI.

Es decir como vemos el movimiento del oro venezolano al Banco de Inglaterra no se hizo inicialmente con la llegada de Chávez al poder en 1998.

En 1989 asume la presidencia después de Lusinchi,  Carlos Andres Pérez, en un segundo mandato, el anterior había sido con la bonanza de los petrodólares en el periodo de 1974-1979, la nacionalización del petróleo en Venezuela y el boicot de los países árabes que decidieron no vender más petróleo a Estados Unidos y Europa Occidental por que apoyaban a Israel en su guerra contra Siria y Egipto.

Este segundo periodo (1989-1993) de Carlos Andres Pérez fue fatal para Venezuela, se enfrento a una deuda dejada por Lusinchi de 6500 millones de dolares que debía pagar en julio de 1989, sus ideas neoliberales que estaban de moda en la década de los 90 y que todavía padecemos, hizo privatizar un montón de empresas públicas y de ahí el concebido “me quedo con el vuelto”, lo que conllevo a su destitución en mayo de 1993 por malversación de los fondos públicos y fraude a la nación. En todo ese tiempo como sabemos, el oro en el Banco de Inglaterra seguía estando “resguardado” y “sin incautación moral” a los principios de la “república”.

En 2011 las Reservas se situaba en 372.9 toneladas. ​

El 8 de agosto de 2011 el presidente de la República, Hugo Chávez, ordenó trasladar al Banco Central de Venezuela 211,35 toneladas de oro desde los bancos europeos y estadounidenses hacía otras entidades bancarias situadas en Rusia, China y Brasil y que el oro monetario venezolano, que estuviera en el extranjero, fuera repatriado a las bóvedas del BCV en Venezuela, Este oro venezolano en el extranjero se clasifica en dos apartados: “Depositado” (128,48 toneladas) y “A plazo” (82,87 toneladas), que hace referencia al oro que se presta a otras instituciones y por lo cual se produce un rendimiento en forma de interés. en las bóvedas del BCV existían en ese momento 154,47 toneladas​. A finales de enero del 2012 se completó el traslado.

En octubre de 2012, el Financial Times informó que “según los últimos datos del FMI, Venezuela vendió 10 toneladas de oro por lo cual las reservas de oro quedan en 362 Tm". ​El informe de diciembre del Consejo Mundial del oro informa que Venezuela ocupa el lugar 15 y sus reservas están en 365.8 Tm.

Como sabemos Chávez murió el 5 de marzo de 2013 y Maduro asumió como Presidente encargado hasta que el 14 de Abril de ese mismo año se efectuaron elecciones libres en Venezuela y Maduro gano en apretada justa por el 50,61% de los votos contra un Capriles que llego a los 49,12%. Desde ese mismo día la oposición en Venezuela no reconoció su derrota y ha hecho ingentes esfuerzos por derrotar por cualquier medio al Presidente constitucionalmente elegido, esto ha incluido desde la sublevación en las calles, sublevación de militares, atentados, hasta en los últimos tiempo la aparición de un monigote de Washington con el nombre de Juan Guaidó , que de tan patriota que es ha pedido la invasión de Estados Unidos  a Venezuela, además del concebido bloqueo económico y comercial que se le ha implantado ya no a Maduro sino al pueblo venezolano todo.

Ni Inglaterra ni Estado Unidos, están interesados en el bienestar del pueblo venezolano, ni de ningún pueblo de este planeta tierra, jamás en su historia se preocuparon por el “devenir democrático” de Venezuela, cuando desfilaban dictaduras y gobiernos corruptos que mantenía en la pobreza más extrema a casi el 60% de los venezolanos. Venezuela tiene un recurso que todos quieren, el petróleo. Las invasiones yanqui en el medio Oriente, su “preocupación” por la “democracia” en esa región que se vio reflejada en su apoyo “singular” a las  llamadas Primaveras Árabes en Túnez, Siria, Libia, Egipto y Yemen, no ha sido con ninguna otra intensión que los “nuevos” gobiernos dejen que las empresas yanqui, inglesas y de otras potencias se instalen en esos países para acaparar el petróleo. La verdad aflora a la larga, así de destruidos y masacrados han quedado esos países después de aquellos días y meses del 2010.

Como he dicho en otras ocasiones los imperiales de este Mundo, tienen “sus leyes” que los apañan, están hechas a su semejanza para poder operar en este Mundo contra cualquiera que se digne a desafiarlos. Los ingleses fueron piratas en el pasado, sobre la usurpación de otras tierras crearon su nación, ahí está todavía La Malvinas, que son Argentinas y todo el mundo lo sabe, como monumento a que siguen siendo lo que fueron, piratas, hoy le ha tocado a Venezuela que arrebaten su oro.  


A Eliseo



Los buenos hoy en día no tienen mucha simpatía, los malos son más atractivos, pero realmente un hombre bueno puede ser un espectáculo tremendo…









miércoles, 1 de julio de 2020


LA ÚLTIMA VEZ
(Por Guillermo Wierzba en el blog “El Cohete a la Luna”)



Objetivos

Cuando comenzaron las negociaciones para la reestructuración de la deuda con los acreedores privados el Presidente Alberto Fernández estableció tres objetivos clave:

·         No someterse a la elaboración de un plan económico que implicase políticas de         ajuste.
·       Que sea un plan sustentable, en el marco de lo planteado en el punto anterior, lo     que significa no realizar un arreglo que lleve a futuras refinanciaciones por ser       incumplible, y que no altere un sendero de desarrollo de la economía nacional.
·         Dejar las bases construidas para que se cierren los ciclos de endeudamiento de la     economía argentina.

Este tercer objetivo merece una detenida reflexión, pues supone un cambio de época. Los ciclos de endeudamiento han sido el rasgo característico de la época del neoliberalismo. Deuda y fuga. En ritmo vertiginoso y catastrófico, los gobiernos que promovieron la apertura financiera, las políticas de consolidación y ajuste fiscal y la libertad de mercado como funcionamiento predominante de la actividad económica, provocaron el estancamiento, la regresividad distributiva y el endeudamiento. Mientras que aquéllos que asumieron con la vocación de disminuir la desigualdad y construir una Argentina con producción diversificada, tuvieron que lidiar con los compromisos externos contraídos por el bloque concentrado y financiarizado.

El giro del debate que pretenden hacer los economistas ortodoxos, los cuales respaldaron las políticas de liberalización y desintervención estatal, persigue enmascarar el verdadero problema que tiene el actual gobierno nacional y popular. Maniobran la discusión respecto al origen del endeudamiento, a su total improductividad, y sin ninguna contrapartida en términos de algún activo que lo justifique. Esta deuda es un pasivo sin existencia de ninguna obra, bienestar popular o ampliación del aparato productivo. ¿Dónde están las divisas que se deben? Se fugaron. Sin embargo, el enmascaramiento desplaza el debate sobre lo ocurrido:  si el gobierno negocia bien o mal la reestructuración del endeudamiento que dejó el neoliberalismo de Cambiemos. Para ellos el arreglo resulta un tema excluyente, y lo argumentan sobre la base de recomponer el acceso a los mercados internacionales de crédito. ¿Para qué? Para volver a endeudarse y vivir otro ciclo de apertura y fuga. Por eso desesperan en rogar al gobierno que no sea firme frente a los acreedores, y postulan que lo único conveniente es acceder a sus demandas.

El Estado

Las preocupaciones del Frente de Todos pasan por otros meridianos: cómo reconstruir una política de crecimiento autónomo, desarrollo, construcción de igualdad. Este proyecto requiere de la intervención del Estado, que ponga fin a la autorregulación mercantil.

La etapa histórica es diferente, pero hay una discusión necesaria en términos del proyecto que hizo posible varias fases de industrialización del país: la sustitución de importaciones. No para su reiteración, sino para pensar desde esa experiencia concreta la construcción de un proyecto económico social hacia el futuro.

María da Conceicao Tavares en su valioso texto De la sustitución de importaciones al capitalismo financiero, describe que durante la primera etapa de la sustitución de importaciones, la expansión de la economía residía en tres frentes: una mayor utilización de la capacidad instalada productiva, la producción de mercancías relativamente independientes del sector externo y la puesta en funcionamiento de empresas que producían bienes que previamente se importaban.

La dinámica descripta puede seguir hasta el límite del aprovechamiento máximo de los recursos internos. Ese aprovechamiento está condicionado a la existencia de divisas que sostengan la importación de bienes intermedios y maquinarias que participan en la producción de los bienes que sustituyeron a otros que antes se importaban. Dice Tavares que “la pauta de importaciones tiende a perder toda su flexibilidad, antes que el proceso de desarrollo haya adquirido suficiente autonomía por el lado de la diversificación de la estructura productiva» y advierte que «el proceso podría seguir mediante una selección rigurosa de divisas”. La autora hace una lectura crítica del proyecto de desarrollo por sustitución de importaciones de carácter piramidal, que comienza sustituyendo los bienes de consumo para avanzar “aguas arriba” hasta la producción de bienes de capital. La restricción externa sobrevendría previa e inevitablemente. Para Tavares la continuidad de una política de sustitución requiere de una posibilidad de previsión y decisión autónomas que sólo le son posibles al Estado, a algunos empresarios innovadores, o a la asociación de ambos. Pero advierte que en el caso de las inversiones de base, estas deben producirse —para evitar la restricción externa— con cierta simultaneidad con las distintas etapas de sustitución, y que las mismas requieren de decisiones gubernamentales, ya sea que el Estado las emprenda en forma directa, ya sea que las delegue en el sector privado.

Estas reflexiones de la intelectual brasileña llevan a desechar la idea de la inversión privada sin direccionamiento estatal como posibilidad de desarrollo, y más aún, del posible rol de los movimientos de capital financiero de corto plazo para financiarla. Privada, pública o mixta, las mismas surgen de la dirección del Estado del proceso económico.

En el régimen de sustitución de importaciones no sólo resulta necesario el impulso de la demanda mediante una mejora en la distribución del ingreso, ni tampoco alcanza  combinarla con una dinámica de crecimiento, sino que requiere de la dirección estatal que modifica los tiempos y los escalones del proceso productivo. Esa intervención no sólo requiere ser hecha en función de dilatar los problemas de falta de divisas, ni tampoco solamente para impulsar las industrias más complejas productoras de bienes de capital, sino también para garantizar una distribución del ingreso que resuelva un significativo cierre de la brecha de desigualdad, lo que provoca una producción de bienes de orden diferente a la de una sociedad con el ingreso concentrado. La redistribución debe ser previa al crecimiento porque si no el perfil productivo queda definido con carácter desajustado si la primera se efectúa con posterioridad. Los bienes que se producen para una distribución no son los mismos que para otra, ni cualitativa, ni cuantitativamente.

Al revés de como dicen los liberales para justificar las políticas de austeridad, no se trata de agrandar la torta para después distribuirla, sino lo contrario: distribuir mejor la tortita chica, para garantizar el crecimiento. Después habrá una torta más grande. Usando el lenguaje de la gente de a pie, como en estas épocas se acostumbra decir, para evitar el uso del concepto de pueblo, sancionado como anacrónico por los creyentes en el fin de la historia. La prioridad de la obsesión por el crecimiento, como variable fundamental del estudio de la economía, no se corresponde con la tradición clásica. Decía el economista más eminente de los fundadores de la disciplina, David Ricardo, que “determinar las leyes que regulan esta distribución (de rentas, beneficios y salarios) es el problema principal de la economía política”.

Los clásicos no omitían la real discusión que ocupa a la sociedad respecto de la economía: la disputa del ingreso. El modelo de crecimiento depende de quién tenga la hegemonía de poder para elegir uno u otro tipo de desenvolvimiento económico. En épocas de la financiarización, la valorización financiera es la forma mediante la cual, con la apertura financiera, el capital especulativo promueve las liberalizaciones para garantizar un vertiginoso ida y vuelta de fondos que extraen rentas con consecuencias de estancamiento económico y redistribución regresiva de ingresos y riquezas.

Final del juego

El valor del objetivo de establecer las condiciones que cierren el camino a nuevos ciclos de endeudamiento es el instituir las bases de una legalidad que evite que la Argentina vuelva a sufrir las políticas ortodoxas de fuga-deuda-cinturón fiscal. Esa institucionalidad tiene como insumo indispensable las otras dos condiciones que Fernández destacó. También depende de reconstruir una política de desarrollo. Esa política implica la recuperación de estrategias de sustitución de importaciones, engarzadas con otros dispositivos, en los cuales el papel estatal es más relevante.

Cuarenta años después del texto de Tavares, las condiciones de un proyecto nacional, popular y democrático de desarrollo no devienen sólo de su crítica, que planteaba la necesidad de la autonomía de la inversión en la industria de base respecto de la demanda sobre la misma, que implica la decisión estatal de organizarla. El desarrollo tecnológico, que se da en el contexto de una gran disparidad entre el centro y la periferia, acentuó las condiciones de dependencia de las naciones del segundo carácter. Dependencia es otra palabra que intentó ser archivada en el anticuario cuando hoy adquiere una vigencia dramática. Su determinación  mutó desde la posesión, por parte de los países centrales, de la industria de base —que ocupaba ese lugar hace unas décadas— al dominio de la tecnología por esas naciones desarrolladas. La deslocalización productiva primarizó y maquilizó la industria de los países subdesarrollados. El capital privado concentrado no resuelve esta situación en esos países periféricos. Su perspectiva es la reproducción de las especializaciones que sostienen la condición dependiente. Sus empresas articulan, en cadenas globales, las producciones nacionales en los eslabones más atrasados tecnológicamente. A su vez, se engarzan en la valorización financiera y las maniobras de precios de transferencia y fuga de capitales.

Más que ayer, hoy la condición del desarrollo tecnológico propio requiere de un complejo científico-tecnológico estatal con un presupuesto y un programa que se plantee la transformación productiva. Ese objetivo requiere de una participación decisiva del Estado en la decisión de lo que se va a producir en el futuro. El desarrollo con estas características no deviene como resultado de la autorregulación del mercado.

La apertura indiscriminada es incompatible con estos objetivos de independencia. Los dólares resultarán indispensables para emprender ese cometido de autonomía nacional. Una nueva gestión como la de Macri rifaría en cuatro años el esfuerzo que se podría emprender en veinte.

De allí la necesidad de una reforma institucional de fondo en los textos legales que evite que se produzca lo que ocurrió entre 2015 y 2019. Cambio en el régimen financiero, modificación en la legislación de inversiones extranjeras, régimen cambiario y de movimiento de capitales regulado, intervención del Estado en el comercio exterior, reforma tributaria. La pandemia ha revelado la injusticia neoliberal y tiene la conducción efectiva del gobierno de la grave coyuntura, abriendo la posibilidad para una organización adecuada de las transformaciones imprescindibles para hacer realidad la postulación más drástica de Fernández para salir del default en que dejó el gobierno UCR-PRO al país: que la presente reestructuración ponga fin a los ciclos de endeudamiento de la Argentina contemporánea.


viernes, 26 de junio de 2020


MÁS BIEN CAÍDO

Alguna vez fuimos
cuando chicos, por suerte
ahora arde la espalda
si las alas salieran
entonces me afirmo
que ha sido tu aliento
el viento que me levanta
de esta parte de la tierra
ya subterránea


…Llueve, se desmoronan las paredes de mi casa,
el mundo buitre viene y se posa en mi espalda
con su antivida, su antiamor, su antipalabra…
(Canción de Noel Nicola “Llueve en Agosto de 1981”)







CNEURO: Ventiladores pulmonares “Made in Cuba”
(Por Lisandra Romeo Matos en CUBADEBATE)



Centro de Neurociencias de Cuba.
En marzo, cuando la COVID-19 se ensañaba con países como Italia y España, Cuba comenzaba a reportar los primeros casos de la enfermedad. Las noticias sobre la rápida expansión del nuevo coronavirus y los miles de contagios y muertes diarias en esas naciones disparaban las alarmas en la isla.

Por esos días también era noticia el colapso de las salas de terapia intensiva, y la escasez de ventiladores pulmonares para aquellos pacientes que desarrollaban insuficiencia respiratoria a causa de la COVID-19 y requerían ventilación mecánica.

Cuba no estaba ajena a dicha realidad y actualizaba un plan, aprobado desde enero por el Consejo de Ministros y supervisado por las máximas autoridades del Partido y el Estado, para atenuar el impacto de la pandemia en la nación. Dicha estrategia, también liderada por el Ministerio de Salud Pública, contemplaba la disposición de capacidades en las salas de terapia de todo el país.

Además de la industria biofarmacéutica, todas las potencialidades de la ciencia y las tecnologías de la nación se pusieron en función de un objetivo común: hacer frente a la pandemia.

En esta etapa fue crucial la participación del Centro de Neurociencias de Cuba (Cneuro), una institución con 30 años de creada, líder en la investigación, producción y comercialización de tecnologías avanzadas para el diagnóstico y tratamiento de enfermedades cerebrales.

Es así como tuvieron que redireccionar muchas de sus tecnologías, a fin de garantizar una mayor capacidad de respuesta al sistema de salud cubano en medio de la situación epidemiológica generada por el nuevo coronavirus SARS-CoV-2.
***

Ventilador pulmonar de emergencia desarrollado por Cneuro. 
El doctor Mitchell Valdés Sosa, director del Cneuro, conversó con Cubadebate acerca de los momentos iniciales, cuando sin perder tiempo tuvieron que asumir el desarrollo de ventiladores pulmonares de emergencia ante un escenario que, si bien no era crítico, planteaba muchos desafíos.
“Encontramos que hacían falta más ventiladores pulmonares y fue por ello que establecimos tres direcciones, comenzando por la fabricación de los elementos del circuito del paciente, o toda la tubería que conecta la persona a la máquina”, explicó.

Kit de piezas para circuito del paciente. 
La creación de un prototipo de ventilador de emergencia, de bajo costo y basado en diseños disponibles en Internet, estuvo entre las principales contribuciones del Cneuro. De esta manera, se aliviaría la posible falta de esos equipos en las terapias ante un contexto más crítico.

Por suerte —añadió— no han hecho falta, pues el país logró controlar el número de casos con las medidas apropiadas, como el distanciamiento físico y la higiene.
“Nunca llegamos a la situación que se presentó en Italia, España o Nueva York, donde esos ventiladores no cubrían las altas demandas”.

El experto cubano aseguró que este año, el Cneuro entregará 250 ventiladores pulmonares de emergencia y, con ello, “ante una situación crítica, el país tendrá una capacidad mayor de respuesta”.

El Cneuro también trabajó, de conjunto con el Centro de Inmunoensayo, en la construcción de un ventilador no invasivo, con el cual —al contrario del otro prototipo— el paciente no requiere la intubación.

Cneuro también trabajó en el desarrollo de un ventilador no invasivo.

“Estamos en condiciones de comenzar a construirlos, asimilando diseños que se colocaron en Internet. Ha habido también mucha colaboración internacional a la hora de distribuir y compartir la información”, destacó.

De acuerdo con Valdés Sosa, existe la posibilidad de fabricar otros 250 ventiladores de este tipo. Con ellos, sumarían 500 respiradores artificiales disponibles en el país.

Colaboración Vs. Bloqueo

Como bien aclara el director del Cneuro, este no ha sido un trabajo desarrollado por sí solos, sino a través de alianzas con muchos organismos, entidades y el sector por cuenta propia.

Fueron clave la Unión de Industrias Militares (UIM), la Empresa Combiomed-Tecnología Médica Digital, el Grupo de la Electrónica (Gelect), así como el Centro para el Control Estatal de Medicamentos, Equipos y Dispositivos Médicos (Cecmed), entre otros.

El Cneuro ha actuado como coordinador de los dos modelos de ventiladores pulmonares, consiguiendo diseños de código abierto en Internet; “hay una tendencia mundial a compartir los diseños e información, que se amplió durante esta pandemia”.

“Algunas partes fueron diseñadas por nosotros, como las placas electrónicas y el circuito de los respiradores; mientras que la parte mecánica la realizó la UIM ‘Grito de Baire’, y el Gelect nos suministró las baterías para la fuente”.
Otro rol importante lo tuvo el Centro Nacional de Electromedicina, que con su experiencia en el uso de ventiladores, aportó en la calibración y prueba de los equipos.

Esta ha sido una obra colectiva.

Además de su papel coordinador, el Cneuro tuvo una participación activa en la movilización de fondos.

“Los 500 ventiladores en proceso de construcción se han hecho básicamente con aportes recibidos del exterior, gracias al apoyo ante la difícil situación económica del país, y en momentos en que el mundo también atraviesa por una tensa crisis financiera”.

Los fondos procedieron de la Unión Europea, la entidad no gubernamental mediCuba-Suiza, y por diferentes campañas movilizadoras de la sociedades cubanas de Higiene y Epidemiología y de Bioingeniería, demás de grupos de cubanos en el Reino Unido.

Para nadie es ajeno que, en medio de este episodio sanitario global, muchas naciones decidieron asegurar sus recursos y paralizar las exportaciones de materiales, equipamientos y tecnologías médicas, como los ventiladores pulmonares.

En el caso cubano, el obstáculo de conseguir insumos sanitarios se hace mayor debido a las políticas del bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos. Es una realidad que persiste incluso en medio de una emergencia como lo es el nuevo coronavirus.

El 11 de abril, se anunciaba que la nación caribeña no podría adquirir los ventiladores pulmonares con dos de sus proveedores habituales, pues las firmas fabricantes de estos equipos se convirtieron en filiales de una compañía estadounidense. Como consecuencia, ambas cesaron su relación comercial con Cuba.

Como explica el director del Cneuro, por otra parte, “la confección de estas máquinas en territorio nacional le ha ahorrado al país al menos 10 millones de dólares”. “Y no hablo sólo de dinero, sino esfuerzos y tiempo para poder resolver la situación rápidamente”.

“Aquí se han conjugado la cooperación internacional para conseguir los componentes, en primer lugar, y en segundo, la rápida respuesta de los grupos de investigación para asimilar los diseños y la tecnología”.

Medios de protección, cajas de intubación e hisopos para PCR

Otra línea de investigación y producción ha sido la de medios de protección para el personal médico como caretas, batas y delantales, con el apoyo de los trabajadores cuentapropistas, de la UIM y del Grupo Empresarial de la Industria Ligera (Gempil).

“Hemos trabajado consiguiendo diseños, distribuyendo materiales, coordinando esfuerzos, y ya se han entregado miles de protectores faciales, lo cual limita la contaminación de los trabajadores del sector de la salud”, destacó el director del Cneuro.

Una novedad fue la fabricación de cajas de intubación —de material plástico transparente—, un medio que permite el manejo de los pacientes con COVID-19 de manera mucho más segura para los sanitarios. Estas se desarrollan de conjunto con la empresa gráfica suiza Agostini GmbH.

Por otra parte, la producción nacional de hisopos para la toma de muestras de PCR también se añade a las contribuciones del Cneuro.

“Esto permitirá al país ahorrar dinero y, lo más importante, garantizar la sostenibilidad de estas pruebas, las cuales continuarán siendo la base del programa de la detección de personas con COVID-19”.

“Con los hisopos y los frascos [producidos por el Centro Nacional de Biopreparados] donde se deposita cada uno para ser trasladados hacia los laboratorios, podremos tomar las pruebas PCR necesarias durante todo el año, con un mínimo de gastos”, explicó el director del Cneuro.

Secuelas de la COVID-19 en la función cerebral, una investigación que nace

Paulatinamente, el país ha comenzado a avanzar hacia una nueva normalidad donde, sin apartar “los ojos” de la COVID-19, las personas e instituciones vuelven a sus rutinas habituales.

El Cneuro no se quedará atrás, pues ya está lanzando la convocatoria del programa nacional de neurociencias y neurotecnologías, el cual dará continuidad a muchas experiencias en curso relacionadas con las investigaciones sobre el cerebro.

“Con la epidemia de la COVID-19 se enlentecieron muchas de las cosas que estábamos haciendo, que comienzan ahora a recobrar su ritmo como parte del trabajo normal”, explicó Mitchell Valdés Sosa.

Sin embargo, “ya hay un proyecto que es un puente entre lo que hicimos de emergencia para la COVID-19 y las labores cotidianas del Centro”.

Se trata —menciona— de un estudio a las personas que padecieron la enfermedad, para indagar qué tipo de afectación de su función cerebral puede haberse producido, desde el punto de vista neurológico, psicológico o psiquiátrico.
De acuerdo con el experto, es una colaboración con los grupos nacionales de Psiquiatría y de Neurocirugía, así como la Sociedad de Psiquiatría y el Instituto de Neurología y Neurocirugía, entre otros colegas.

“Dicho estudio es del interés de China, y nos encontramos en negociaciones para realizar un trabajo conjunto con el Reino Unido”, dijo.

En otros frentes, el Cneuro no abandonará los estudios de la enfermedad de Alzheimer, de los trastornos de aprendizaje en niños, el manejo de los casos con pérdidas auditivas y la solución de ese problema, así como el manejo y tratamiento de la epilepsia.


Ventilador pulmonar de emergencia.



Kit de piezas para circuito del paciente