Viaje a la Luna

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LA LUNA DE NOKA

Una memoria a mis antepasados, a mis vivencias...unos versos de futuro.

QUIEN NO SE OCUPA DE NACER SE OCUPA DE MORIR

viernes, 8 de mayo de 2026

CUBA NO SE RINDE NI COLAPSA
(Por: Pedro Prada)

 


Escribo en medio de un apagón profundo, un “blackout”, como suelen decir en inglés; en medio de una caída del sistema electroenergético nacional. Aunque ya están levantadas y operando pequeñas islas de generación que contribuirán a restablecer el flujo, y las decenas de parques solares e instalaciones locales fotovoltaicas aportan pequeñas cantidades, nada es suficiente para reanimar el servicio eléctrico.

Desde diciembre, varias de las plantas térmicas generadoras, incluida la amplia red de generación distribuida alimentada con diésel, no recibe una gota de combustible. Se trabaja en las principales plantas con crudo pesado y gas natural de producción nacional, pero eso solo alcanza para generar poco más del 40 % de la demanda.

El decreto de Trump, emitido el pasado 29 de enero bajo el falaz y ridículo argumento de que amenazamos a la principal potencia planetaria, no ha hecho sino agravar el escenario: nadie le vende combustible a Cuba, nadie lo transporta, nadie lo asegura. Con tantas tensiones, las viejas termoeléctricas, sometidas además del tiempo, al desgaste que produce nuestro crudo altamente rico en azufre, fallan y el sistema se estremece y puede caer; cae. A esta hora no hay fluido en la red nacional de oriente a occidente. Tampoco hay bombeo de agua y fallan las comunicaciones al agotarse sus baterías.

Alguien desinformado o malintencionado podría preguntar si no previmos este escenario, que cruza el umbral de lo denunciable para convertirse en intolerable. Respondo que sí. De hecho, lo sufrimos parcialmente tras la caída del socialismo europeo y de la URSS. Para entonces, la sevicia imperialista no había llegado a los extremos demenciales a que ha llevado al mundo la camarilla imperialista empresarial, globalizada y neofascista que gobierna a los Estados Unidos. También se pregunta si es porque no podemos importar petróleo venezolano. Les recuerdo que en aquellos años noventa aprendimos a no poner nunca más los huevos en la misma canasta.

Compramos combustible a decenas de países, de todos los continentes, mayormente a Venezuela, debido a un convenio de cooperación para intercambiar servicios de salud por energía. A los demás, pagamos precios de riesgo, seguros de riesgo y contratamos a navieras de riesgo, porque no queremos ser rehenes de un único mercado, y porque nadie quiere sufrir las consecuencias de las medidas coercitivas unilaterales y multas que impone Estados Unidos a quien comercie libremente con Cuba. La injusta y políticamente motivada designación de nuestro país como “Estado patrocinador del terrorismo” determina esta situación.

Hay quienes culpan también al Estado y a las empresas cubanas por no honrar sus compromisos financieros. Sin embargo, no ven, o no quieren ver, cómo se persiguen las fuentes de ingresos rápidos a la economía, como el turismo, que permitirían acumular la riqueza que salde las deudas. Durante años varios gobiernos estadounidenses y los grupos anticubanos de la Florida emplearon toda suerte de recursos para descalificar y sabotear el turismo internacional en la isla y las inversiones extranjeras en el sector.

Desde amenazas y persecución contra empresas —la española Meliá hoteles fue una de las victimas—, presiones a las líneas aéreas para cortar sus rutas a Cuba —de lo que Aerolíneas Argentinas y las empresas proveedoras de combustible en Ezeiza negadas a vender combustible a Cubana de Aviación son un ejemplo—, hasta el financiamiento de campañas de descrédito y actos terroristas contra esa industria, sus instalaciones y sus huéspedes.

Lo anterior, en lo argumentativo. En lo humano, por solo poner de ejemplo al sector de la salud, 96 387 pacientes, de los cuales 11 193 son niños, integran una lista de espera quirúrgica que se incrementa por la coyuntura energética.

32 000 mujeres embarazadas enfrentan el desafío de su seguimiento. 30 000 niños que deben recibir vacunas específicas, disponibles en nuestros almacenes, corren riesgo de no recibirlas por falta de combustible para transportarlas. 16 000 pacientes de radioterapia y otros 2 888 dependientes de hemodiálisis ven amenazada su atención por la inestabilidad energética a pesar de los esfuerzos por dotar a estos servicios de nuevos recursos tecnológicos, instalaciones renovadas y medios de transportación eléctricos.

El bloqueo no solo limita la economía: busca provocar hambre, desesperación y descontento para erosionar el apoyo interno al proyecto político cubano.

También son perseguidas las brigadas médicas cubanas que durante 65 años han llevado salud a 165 países del mundo, salvado la vida de millones de seres humanos —por citar un área, han devuelto la vista a más de 3 millones—.

Cuba ha hecho eso básicamente por solidaridad y, en los últimos años, ante la reducción de los recursos financieros, mediante contratos de servicios. Los recursos que se colectan se distribuyen en parte al colaborador —que mantiene en Cuba su salario y demás garantías sociales y prestaciones sociales— y en parte ingresan al presupuesto para financiar el sector de la salud.

Un ejemplo de ello fueron los ingresos derivados de la participación de los profesionales de la salud cubanos en el programa Más médicos, en Brasil, durante la pasada década. Gracias a sus aportes se rehabilitaron en Cuba los programas nacionales del cáncer y cardiovascular —las dos principales causas de muerte—, adquiriéndose costosos equipos necesarios; fueron reparados y rehabilitados 57 hospitales, incluidas las condiciones de vida y trabajo de médicos, técnicos y enfermeros, así como cientos de policlínicos y pequeñas unidades de salud.

Como Estados Unidos persigue destruir, entre otras cosas, al aún poderoso sistema sanitario cubano que ha sido una innegable conquista de la revolución socialista, el gobierno cubano es acusado de practicar el “tráfico humano” y los médicos son tachados de “esclavos” por los funcionarios y medios estadounidenses, o afines.

La guerra que por 67 años ha conducido la principal potencia mundial, Estados Unidos, contra este pequeño país en desarrollo, condenada por la casi totalidad de la comunidad internacional en la ONU durante 32 años, adquiere cada vez más dimensiones innombrables.

La guerra que por 67 años ha conducido la principal potencia mundial, Estados Unidos, contra este pequeño país en desarrollo, es condenada por la casi totalidad de la comunidad internacional.

Se cumplen con rigurosa precisión los objetivos, claramente declarados en el desclasificado memorando de 1960 enviado por el subsecretario de Estado Lester Mallory a sus superiores: “la mayoría de los cubanos apoya a Castro (…) el único modo previsible de restarle apoyo interno es mediante el desencanto y la insatisfacción que surjan del malestar económico y las dificultades materiales (…) hay que emplear todos los medios posibles para debilitar la vida económica de Cuba (…) una línea de acción que, siendo lo más habilidosa y discreta posible, logre los mayores avances en la privación a Cuba de dinero y suministros, para reducirle sus recursos financieros y los salarios reales, provocar hambre, desesperación y el derrocamiento del Gobierno”.

Esta situación opera hoy tras el recrudecimiento del bloqueo ordenado por Donald Trump durante su primer mandato, cuando revirtió las positivas e insuficientes medidas impulsadas por el gobierno de Barack Obama, situación que mantuvo Joseph Biden y que empeoró la segunda versión recargada de Trump.

Llevar las injustas medidas contra Cuba al extremo alcanzado hoy, con el impulso de los grupos ultra conservadores y la extrema derecha cubanoamericana de la Florida, pone de manifiesto que la resistencia y resiliencia de Cuba durante casi setenta años solo puede interpretarse como el reconocimiento de la derrota de las políticas de dominación de Estados Unidos y la necesidad imperiosa de castigar el ejemplo cubano.

El desafío de autonomía, libertad, independencia, soberanía y libre determinación planteado por la revolución cubana y los descalabros sufridos por el imperialismo en sus incursiones militares y terroristas en la isla, así como en los campos de batalla internacionalistas, donde los cubanos defendimos como propios los derechos de otros pueblos, ha conducido a alimentar un odio visceral, exacerbado con la crisis de valores y el auge de las ideas neofascistas dentro de la política de ese país.

Semejante historial agresivo ha llevado a Cuba a construir un poderoso sistema defensivo que se asienta en la unidad nacional de los cubanos en torno al modelo político, económico, social y cultural recogido en la Constitución vigente, que fue aprobada por más del 86 % de los votantes.

Esa unidad se acompaña con una poderosa organización del país que encabeza el Partido Comunista de Cuba —no como partido electoral, que no lo es, sino como fuerza moral de la nación—, secundado por una sociedad civil vigorosa y pujante con decenas de organizaciones que van desde las comunitarias, femeninas, juveniles y estudiantiles, hasta gremios sindicales, profesionales, fraternales, religiosos y otros, que participan activa y críticamente en los destinos del país.

Solo sobre esos cimientos es que se han podido construir las instituciones armadas y de seguridad, y estructurar la estrategia nacional de defensa conocida como “guerra de todo el pueblo”, que asigna a cada ciudadano un medio, un lugar y un fin para que ejerza su derecho a participar en la defensa de la Patria.

La estrategia de Mallory aplicada hoy con extrema crueldad por el gobierno de Trump, apunta precisamente a destruir ese valladar. En los últimos años han ocurrido hechos vandálicos aislados y expresiones colectivas de malestar impulsadas por las carencias —ahora también por los apagones—, y alentadas desde Estados Unidos. Recuérdese el agitado mes de julio de 2021, en medio de la pandemia de covid-19, cuando el gobierno de Estados Unidos negó suministros sanitarios y plantas de oxígeno, incluso balones de oxígeno, al sistema de salud cubano y, al mismo tiempo, financiaba cacerolazos y actos de violencia callejera como los que describe el manual de desobediencia civil de Gene Sharp —tan empleado por la CIA en las revoluciones de colores—, presentándolos como expresiones democráticas reprimidas.

Con precisión quirúrgica, las medidas contra Cuba puestas en vigor en los últimos años evidencian un afán por golpear a la familia cubana y causar, como dicen sus voceros, “el mayor daño posible”. Han forzado la emigración de miles de personas a las que luego describen como “escapados” del régimen, dividiendo y destrozando a muchas familias.

Mientras hacen insoportables sus condiciones de vida y trabajo, estimulan las deserciones de profesionales y el robo de cerebros, despojando además al país del capital humano altamente calificado que formó la Revolución, para responsabilizar luego al gobierno cubano por esas fugas. La manipulación ha sido tan hábil y hay tantos recursos puestos en ella, que han confundido a muchas personas, como evidenció un estudio del investigador español Julián Macías Tovar sobre el comportamiento de las redes sociales transnacionales en los sucesos de julio de 2021.

Estudios más recientes, conducidos por el Observatorio de Medios del portal Cubadebate, ponen de manifiesto cómo los algoritmos de las redes digitales y los poderosos centros de procesamiento de datos instalados en la Florida, en Madrid y en Rosario, articulan operaciones de deepfakes y otras técnicas de intoxicación digital.

Lo anterior muestra a Cuba como un escenario de guerra híbrida en el que la inversión desplegada por el gobierno de Estados Unidos, las mafias anticubanas y grupos aislados y muy violentos de emigrados, con apoyo de gobiernos extranjeros y de medios de comunicación, pretenden que se asimile la descalificación de la isla como un “Estado fallido” y a su gobierno como una “dictadura”.

Cuba enfrenta una guerra híbrida que combina sanciones económicas, presión internacional y operaciones digitales orientadas a construir la idea de un “Estado fallido”.

Es ampliamente conocida en Argentina la advertencia del director de Infobae a sus subordinados, quienes tienen prohibido escribir la palabra “gobierno” asociada al de Cuba. En su lugar deben usar “régimen”, “dictadura” o “tiranía”. Y el jefe de Estado cubano solo puede ser nombrado como “tirano” o “dictador”, acompañado de adjetivos como “cruel”, “sanguinario”, “represivo”, sin evidenciarlo, lo que tributa a una construcción de sentidos, a la manipulación de las conciencias, e induce al miedo, a la decepción y al rechazo, dentro y fuera del país. En su estrategia, esas tres expresiones de la conducta humana, deben sustentarse, además, en el “hambre, sufrimiento y desesperación” demandados por Mallory desde 1960, con sus medidas de bloqueo económico y financiero.

Nuestros adversarios vienen ahora decididos a todo, como advertí a los amigos de Cuba en Argentina el 22 de octubre del año pasado en un acto en nuestra Embajada. La estrategia conocida fue revelada al enunciarse en diciembre de 2025 la reinterpretación de la doctrina Monroe, conocida como “Donroe”, y publicarse con posterioridad la nueva Estrategia de Seguridad Nacional y la Estrategia de Política Exterior de ese gobierno. Parece increíble, pero necesitan doblegar a la pequeña Cuba para someter a todo un hemisferio. Con ello no hacen más que confirmar la temprana advertencia hecha por José Martí a fines del siglo XIX, respecto al lugar de Cuba como el valladar que impediría, con su independencia, que Estados Unidos cayera con todas sus fuerzas sobre nuestras tierras de América, y que la isla, donde en su visión residía el equilibrio del mundo, la humanidad se jugaría el destino.

El desafío es inmenso para el pueblo cubano, que ha sufrido más de 66 años de bloqueo económico, comercial y financiero, agresiones armadas, una invasión y decenas de actos terroristas que privaron de la vida a 3478 cubanos y dejaron discapacitados a 2099. El reto es colosal para un pueblo que enfrentó con temple el derrumbe del socialismo europeo, el abandono de sus principales socios internacionales, la caída en un 83 % de su comercio exterior y en un 36 % de su PIB en solo un año —1990—-, y no se rindió ni desmoralizó cuando se proclamaba el fin de la historia, del socialismo, de las utopías, y muchas izquierdas abdicaban de su credo para montarse en el carnaval global del neoliberalismo.

Es grave la provocación al desatar un escalón superior de guerra no convencional e híbrida contra un pueblo que ha sufrido enormes e inmerecidas carencias, al que intentan desgastar, cansar y desmoralizar para atacarlo por sorpresa, desarmarlo y someterlo, tras dejarlo sin rumbo, sin causa y sin orgullo. Y es honesto reconocer que, en esta dura lucha, y en aras de lograr una falsa paz y el levantamiento del bloqueo, no faltarán de esos, cansados, que opten por la rendición y la humillación, porque si de algo estamos claros, es que bajo la ocupación de Estados Unidos, a Cuba le espera un futuro como el presente de Haití. Destrozarán todo, hasta que no quede un adarme de cubanía y dignidad que se rebele.

Ante este desolador escenario, se levanta, empero, la voluntad indoblegable de la inmensa mayoría de nuestro pueblo, su fe en las ideas que lo unen y que lo han llevado al prominente lugar que ocupa en la historia universal. El heroísmo es cotidiano.

Desde las hazañas increíbles de los trabajadores de la industria eléctrica sosteniendo el debilitado y desabastecido sector y ampliando sus capacidades con plantas de energías renovables, pasando por las de los obreros petroleros, que han logrado incrementar la extracción de crudo y gas nacional en estas condiciones, o las de los productores agropecuarios y campesinos, sin combustible para sus tractores y maquinarias, pero cultivando con bueyes, ingenio y capricho la tierra, para que produzca los alimentos que necesitamos; o los educadores, para que no cierren las escuelas y universidades; o los médicos, que guiados por su poderoso imperativo ético, son capaces de realizar cirugías de emergencia con la luz de celulares cuando ha faltado la electricidad en un quirófano; o los artistas e intelectuales, para que no haya apagón cultural y la cultura siga siendo espada y escudo de la Nación; o el pueblo organizado en las comunidades en tareas de higienización ante la ausencia de transporte para recolectar desechos, o la gente, asistiendo a sus lugares de trabajo a como dé lugar, casi sin transporte público, y los privados, compartiendo muchas veces de forma solidaria sus medios para atender urgencias de hospitales, necesidades de hogares de ancianos y otras demandas de la sociedad.

Pese a las carencias, la respuesta del pueblo cubano se basa en la organización social, la solidaridad cotidiana y una voluntad política que rechaza la rendición.

Los privados, por cierto, que supuestamente serían los “portadores” de los valores de una sociedad capitalista que Estados Unidos quisiera reinstalar en Cuba, han sido tan golpeados por el bloqueo y la guerra como el más comunista y estatista de los cubanos. Muchos de sus negocios y empresas han quebrado o fueron llevados a situaciones extremas. Sus familias padecen los mismos apagones y necesidades alimentarias y sanitarias que el resto de las familias. Sus flujos financieros y suministros han sido cortados. Sus cuentas en bancos extranjeros cerradas o bloqueadas. Sus opciones de recibir remesas de familiares, prohibidas.

A cada facilidad creada por el gobierno cubano para su desempeño, el gobierno de Estados Unidos ha respondido con un nuevo obstáculo, intentando desgajarlos de la masa del pueblo, llevarlos a culpar a la revolución de sus problemas y ponerlos contra la Patria. Y hay que decir, en honor a la verdad, que no lo han logrado.

Están también nuestros emigrados, que han visto cómo en los últimos diez años se han fortalecido y ampliado sus vínculos con la Nación, su participación en la discusión de importantes temas políticos, económicos, sociales, científicos y culturales nacionales y su presencia en las transformaciones en marcha, proceso que tiende a ampliarse con nuevas decisiones del estado cubano que nuestros enemigos y sus altavoces mediáticos presentan como resultado de presiones del gobierno de Washington y son, en realidad, resultantes sedimentadas de un riquísimo proceso de convergencia que se inició en 1978, siempre ha sido en progresión y hoy se declara irreversible.

La Patria es de todo el que la ame y la defienda. Y solo han quedado excluidos de ese proceso aquellos que han trabajado y conspirado contra ella, que han matado por hierro, hambre o enfermedades a sus connacionales. Con esos, nunca nos entenderemos, aunque sean servidores del emperador de turno en la Casa Blanca.

Y finalmente, están los defensores de la Patria, ese pueblo que se moviliza en jornadas de defensa, que se entrena para el manejo de las armas y el combate, que no hace alardes y callado se prepara para enfrentar en desigual lisa a un enemigo mil veces más poderoso en recursos y medios, pero al que, como enseñó Fidel Castro, se puede derrotar con inteligencia, astucia, oportunidad y paciencia, de modo tal que, incluso si ocupara militarmente el país, no tendría un solo minuto de paz.

Estas palabras que pudieran parecer panfletarias, pueden cotejarse con la conducta de nuestros 32 compañeros caídos en Venezuela, defendiendo no solo a un presidente hermano, sino su honor de cubanos ante un adversario superior, al que destruyeron medios y causaron bajas. Se confirman en la actitud de cinco guardafronteras que apenas con sus armas de reglamento y herido uno de ellos, vencieron a un comando terrorista de asalto que los doblaba en número y los superaba varias veces en poder de fuego.

Y lo evidencian las acciones de la comunidad en apoyo a fuerzas de seguridad para descubrir y detener a un grupo de diez mercenarios panameños enviados a Cuba para promover la subversión y la rebelión que durante tantos años y con tantos recursos invertidos, no han logrado establecer. Estos tres recientes episodios demuestran al límite, la madera de la que estamos hechos los cubanos y el tipo de combatiente y pueblo, “fuerte” y “duro”, como reconoció Trump, que enfrentarán aquí los Delta Force o quien sea que desembarque en son de guerra.

Cuba no desea la guerra. Desea contender en el trabajo y la vida, y que la dejen mostrar toda su capacidad, talento y fuerza.

Es muy fácil descalificar al país, al gobierno y al sistema manteniéndolos cautivos de una guerra cruel y despiadada que no les permite mostrarse. Es muy fácil culpar a otros del daño que provocas.

Es vergonzoso ofender al pueblo heroico que no se rinde, que resiste, que sufre penurias y aún cree con fe infinita en la superioridad de su proyecto de vida para todos, y no para pocos. Por eso Cuba trabaja, como lo ha hecho a lo largo de la historia, en diferentes momentos de los años 60, 70, 80 y más recién aún para discutir entre vecinos, con respeto, igualdad, reciprocidad y sin injerencia en los asuntos internos, la forma en que Cuba y Estados Unidos pueden resolver diferencias, cooperar en atender importantes necesidades mutuas y convivir en paz.

El presidente Díaz-Canel ha informado de ello al pueblo. Hay en nuestra historia una tradición de buscar el diálogo y la paz de forma seria, discreta y responsable para evitar episodios más cruentos, pero sin renunciar a principios, valores y conquistas alcanzados al precio de la sangre de nuestros mejores hijos.

Pero hay también una tradición, que recién ha cumplido 148 años, fundada por el general Antonio Maceo ante el jefe de las fuerzas españolas en la isla, de no aceptar rendición alguna ni paz condicionada o menguada. Fidel Castro rescató esa tradición, que tiene una expresión constitucional de no negociar nunca bajo presión y de establecer el derecho de rebelión ante quien atente contra ella, y que se expresa hoy en la conducta del gobierno cubano y de sus líderes.

Finalmente, la hazaña del pueblo cubano ante el poderoso imperio tiene un componente imprescindible que fortalece su defensa. A fuerza de haber tributado tanta solidaridad y humanismo hacia el mundo, de haber defendido y ayudado a tantos pueblos a alcanzar su independencia, a descolonizarse, a sobrevivir a tragedias naturales y epidemias, de haber llevado luz y letras a tantos seres humanos, Cuba cuenta hoy con el respaldo inmensamente mayoritario de gobiernos y, sobre todo, de pueblos de todo el mundo, los argentinos entre ellos. La solidaridad con la isla ha sido formidable compañera de nuestras luchas y ha alentado nuestra resistencia.

La solidaridad con la isla ha sido formidable compañera de nuestras luchas y ha alentado nuestra resistencia.

Sin ella, como comparó en una oportunidad Fidel, habríamos perecido como los valientes comuneros de París. Sus fraternas acciones y voces alzadas para desafiar a la censura del poder, nos recuerdan que quien guarda silencio ante la asfixia de un pueblo se convierte en su verdugo por omisión.

Por todo ello, a los argentinos que lean estas notas, les puedo asegurar que por mucho que lo repitan, Cuba no está desorganizada ni ha colapsado. No lo hará. No dejaremos que ello ocurra. Nuestra determinación de defender la nación y salvaguardar nuestra sociedad es total e irrevocable, y está centrada en alcanzar la dignidad plena del ser humano y la más amplia justicia, como expresara el ministro de Relaciones Exteriores Bruno Rodríguez.

Nuestro derecho a la libre determinación, a la independencia, a la soberanía, a la integridad territorial y al orden constitucional elegido, será defendido en estrecha unidad y amplio consenso de todos los cubanos.



jueves, 23 de abril de 2026

MEDIDAS DE ASFIXIA CONTRA CUBA: Mas niños con cáncer están muriendo.
(Por: Mariuska Forteza Sáez)

La Doctora Mariuska (derecha), en la sala de oncopediatría del Instituto de Oncología y Radiobiología de Cuba. Foto: Naturaleza Secreta.

No acostumbro a usar las redes sociales para referirme a temas tan sensibles como la atención a niñas, niños y adolescentes que padecen cáncer. Lo que nos toca es curarlos y atenderlos de la mejor manera posible en ese duro tránsito por una enfermedad que puede arrancarles la vida. También atender a la familia, comprendiendo el duro momento por el que pasan. Soy madre de dos hijos y, aun así, a lo que se suma los años de experiencia en la atención oncológica, varios al frente de la sala pediátrica del Instituto de Oncología, me es difícil imaginar lo que puede sentir una madre al ver a su hijo en estas circunstancias.

Cada año unos 400 niños y adolescentes cubanos son diagnosticados con cáncer, viven en Cuba alrededor de 1400 con esa enfermedad. Todo nuestro empeño se centra en brindar una atención especializada para lograr control de la enfermedad, y tenemos los conocimientos y la voluntad para ello; pero cada día eso se hace más difícil.

Conozco perfectamente los avatares de mis colegas en su lucha diaria contra la falta de medicamentos idóneos en el momento idóneo para atender cualquier enfermedad. Es terrible y algo que se viene acentuando cada vez más. Pero cuando se trata del cáncer, cada minuto cuenta y es decisivo en el propósito de salvar vidas y proteger la felicidad de las familias cubanas que pasan por una situación así. A las carencias de medicamentos se suman las roturas de equipos, un diagnóstico oportuno también salva vidas al permitir tomar las mejores decisiones con el esquema de tratamiento.

La suma de todas estas dificultades y otras, ha provocado el descenso de la supervivencia de nuestros niños con cáncer. Antes llegamos a sobrepasar el 75 %, un comportamiento similar a los países desarrollados, sin serlo, y ahora es del 65 %, hemos bajado 10 %. No son cifras de producción de algo material o de cualquier otra índole, son seres humanos, niños que no pudieron disfrutar de la vida, los perdimos, pudiéndolo evitar. Duele.

Por eso hay días que no sé cómo hablarles a ellos, a sus madres, cómo encontrar la mejor manera de explicarles esto. No es lo mismo decirlo en una reunión, en un congreso médico, que a una madre mirándote directo a los ojos y cada palabra que le diga le llega a los más profundo del alma. A veces lo hago al final de la tarde y la verdad es que no encontré en todo el día la forma de decirlo, ni la fuerza.

Sala de oncopediatría del Instituto de Oncología y Radiobiología.

Parece, cuando menos impropio, que diga aquí que a todo ello se suman las carencias en nuestras propias vidas. No somos superhéroes, somos seres humanos, también. Tenemos familia y desafíos con la alimentación, la ropa y el calzado de nuestros hijos, con las meriendas para la escuela, un tormento diario, con la electricidad, con el transporte, con los precios que suben y los salarios no. Todo ello cuenta, aunque uno lo quiera separar, y lo logremos más veces creo de lo que cabría esperar.

 

Pese a que toda mi sala es bella, las cocineras traen cebollas y ajos de sus casas para mejorar la comida. Ellas también hacen mucho porque nuestros niños estén mejor, todos, son historias tan anónimas como cotidianas. Puede que un niño y su acompañante, generalmente la madre, pasen largos periodos en la sala, días, semanas, meses … Son de otras provincias frecuentemente y se esfuerzan mucho, ellos, sus familiares, amigos en esta lucha contra la enfermedad.

Historias tenemos muchísimas, conmovedoras. Cuánto hace una familia por la vida de un niño, de un hijo. Eso no se puede describir.

No sé la razón por la que escribo esto, quizás porque en estas últimas semanas nos han visitado muchos periodistas cubanos y extranjeros. Estamos un poco saturados. Me he visto hasta en la televisión, como parte de la serie Asfixia, y cuando me grababan se fue la luz. Puede alguien pensar que fue algo preparado, pero no, aquí también se va la luz, o más bien la electricidad, pero hasta ahora viene rápido. No ha pasado nada por eso. Aunque recuerdo bien cuando una madre, que ha hecho todo por su hijo, comentó que un barco con petróleo eso sí no lo podía traer. Yo tampoco.

Sala de oncopediatría del Instituto de Oncología y Radiobiología. 

El descenso de la supervivencia de nuestros niños con cáncer se corresponde con exactitud asombrosa con los años más duros para Cuba, con las medidas de asfixia que se han venido incrementando. Ahora es el cerco energético, sin electricidad y transporte no es posible brindar asistencia médica. En nombre de nada puede afectarse la vida de un niño. Los médicos no hacemos milagros. Se necesita una infraestructura, recursos, medicinas, combustible. Voluntad existe, también conocimientos y personas dispuestas, pese a todo.

En medio de este acoso, llegó en estos días un barco de combustible de Rusia, seguíamos cada noticia, o cada falsa noticia en las redes sociales sobre su travesía hasta Cuba. Todos sentimos orgullo de que Cuba no esté sola, no estén solo nuestros niños con cáncer. Pero un barco, dos, tres, no bastan. Se necesita mucho más. Los médicos no hacemos milagros, aunque cada día acá puede considerarse un milagro sostenido por mucha gente, por las familias, por quienes contribuyen a la atención médica de maneras muy diversas.

Perdonen ustedes tan larga publicación, todo en mí hoy es distinto. Dejo las palabras y vuelvo a la batalla diaria por la vida de cada uno de los niños con cáncer que tengo en mi sala. Ellos siempre son la prioridad.









jueves, 26 de marzo de 2026

 CUBA EN LA ENCRUCIJADA DE UN MULTILATERALISMO HIPOCRITA

El síntoma del amo es precisamente

No querer saber nada de lo que sostiene su poder.

Jacques lacan

 

(Por Josué Veloz Serrade)

 

El asedio perfecto: cuando la asfixia es la política

La actual crisis energética que atraviesa cuba no es un accidente de la naturaleza ni una mera falla de infraestructura. Es el punto álgido de un asedio geopolítico diseñado con precisión quirúrgica a lo largo de seis décadas. Lo que hoy vive la isla es la convergencia letal de la guerra económica tradicional — el bloqueo — y un nuevo contexto internacional donde los actores que deberían equilibrar la balanza han optado por lo que podríamos denominar una geopolítica de mínimos.

Cuba no solo enfrenta la hostilidad del imperio, sino el abandono silencioso de aquellos que, en teoría, debieran disputar el orden unipolar.

Pero antes de analizar las coordenadas geopolíticas, es necesario interrogar el mapa psíquico que subyace a esta situación. Porque lo que ocurre con cuba no es solo un problema de correlación de fuerzas; es también un problema de deseo, de fantasma político, de aquello que freud llamó verneinung, la negación como forma de reconocimiento encubierto. Los que abandonan a cuba la niegan, pero al negarla, la confirman, y sobre todo confirman lo que niegan de sí mismos. El bloqueo existe porque cuba aún interpela, sigue siendo un síntoma incómodo dentro del sistema capitalista global. Si cuba no representara ninguna amenaza real, bastaría con ignorarla. El hecho de que haya que destruirla demuestra que su mera existencia sigue siendo intolerable para el orden del amo.

La pregunta que sobrevuela este texto puede enojar a más de uno, pero es necesaria: ¿qué queda de la solidaridad internacional cuando los gestos simbólicos reemplazan a las acciones concretas? ¿qué significa realmente apoyar a cuba cuando el cerco se estrecha y la asfixia se vuelve material? Y sobre todo: ¿qué dice del conjunto de fuerzas geopolíticas que declaran querer otro mundo, el hecho de que sean capaces de mirar ese ahogamiento sin mover una mano?

El abandono no declarado de los socios estratégicos

En estos días de tensiones mundiales se desempolva también la teoría de las relaciones internacionales, en la que se aborda el realismo periférico que describe la tendencia de los estados a priorizar sus intereses inmediatos — comercio, estabilidad fronteriza, no incomodar al hegemón — sobre alianzas ideológicas o históricas cuando la presión del imperio aumenta. Pero el realismo periférico no alcanza para explicar del todo la conducta actual de rusia y china frente a cuba. Aquí opera algo más profundo. Opera la renuncia al deseo propio como condición para sobrevivir en el sistema que, supuestamente, desean transformar.

Lacan distingue entre la demanda y el deseo. La demanda es lo que se pide explícitamente; el deseo es lo que subyace y que a menudo no puede articularse sin costo. Rusia y china demandan, en sus discursos, un mundo multipolar, el fin de la unipolaridad, el respeto a la soberanía. Pero su deseo, revelado por sus actos y no por sus palabras, es la integración progresiva en las reglas del mismo sistema que dicen impugnar.

Por amargo que resulte escucharlo, al abandonar a cuba, no están siendo simplemente pragmáticos, están confesando que su horizonte real no es la transformación del orden mundial, sino la negociación de un lugar más cómodo dentro de él.

Atrapados en sus propios conflictos de desgaste — ucrania para rusia, taiwán y el mar de china meridional para pekín — , ambas potencias han consolidado una postura defensiva. Su apoyo a cuba se ha reducido al discurso en los foros multilaterales y a la provisión de determinados recursos, sin desafiar estructuralmente el bloqueo. No envían el petróleo necesario, no habilitan líneas de crédito que esquiven las sanciones secundarias, no escoltan con sus buques los suministros hacia la isla. Si se les preguntara por qué, la respuesta quizás sería la misma del gran conformista: el momento no es oportuno, los costos son demasiado altos, hay que ser realistas.

Pero el realismo, en este contexto, es otra forma de avanzar hacia una capitulación anticipada. Quizás en su fuero interno creen que están abandonando a los que pueden caer primero, no a los que caerán últimos, que podrían ser ellos mismos. Han encontrado su límite histórico y, en lugar de empujarlo y quebrarlo, lo han normalizado. Al hacerlo, cometen un error de cálculo estratégico que la historia ya ha castigado antes. Cada vez que una potencia permite que el orden hegemónico destruya a un eslabón sin costo, ese orden sale fortalecido y se acerca un paso más al sometimiento de los que creyeron estar a salvo. Al permitir que un proyecto soberano sea destruido por el imperio sin consecuencias, envían un mensaje a sus propias poblaciones y a otros actores secundarios: la solidaridad es un lujo que no podemos permitirnos; cuando llegue tu turno, estarás solo.

América latina y el caribe: la diplomacia de los abrazos vacíos

La postura de brasil y colombia es, quizás, la más paradigmática de la bancarrota contemporánea del progresismo. Lula da silva y gustavo petro, dos líderes que deben su capital político a la narrativa de la transformación social y la soberanía regional, han optado por lo que podríamos llamar una especie de simbolismo de bajo costo con declaraciones de apoyo moral, llamados al diálogo, presencia discursiva en los foros internacionales. Pero mientras las palabras circulan, las condiciones estructurales de asfixia — el bloqueo, las listas de países patrocinadores del terrorismo, las sanciones financieras — permanecen intactas.

Todo transcurre como si operara una especie de identificación con el agresor, como un mecanismo por el cual el sujeto sometido a una fuerza superior asimila, inconscientemente, los valores y las lógicas de ese poder para sobrevivir. No se trata de una traición consciente sino de una adaptación que, con el tiempo, se vuelve constitutiva de la propia identidad. Algo de eso ocurre con ciertos gobiernos progresistas latinoamericanos, han incorporado tanto la lógica del campo de juego imperial — sus instituciones, sus mercados, sus reglas — que ya no pueden imaginar una acción política que rompa con ese campo, aunque en el discurso la proclamen necesaria.

Brasil y colombia olvidan que si fueran hoy una verdadera retaguardia estratégica no sería un favor el que le harían a cuba, sería una necesidad propia. Si estados unidos sigue inclinando la balanza a su favor en la región — como lo hace con su política de sanciones, su dominio del fmi, su control de la oea y su influencia sobre las derechas locales — , ¿con quién contarán lula y petro cuando la marea reaccionaria los golpee a ellos? Habrán quemado, con su prudencia, la retaguardia que desesperadamente necesitarán. En días recientes lula afirmó que podrían ser invadidos «cualquier día»; podríamos contestarle: «y mientras más sólo te quedes, más posibilidades reales hay de que eso ocurra».

El caso de venezuela es el más doloroso porque representa la mutilación de un proyecto que alguna vez fue el pilar de la solidaridad regional. Hoy, venezuela está de facto sometida a las decisiones geopolíticas de los estados unidos.

El régimen de sanciones extrema, el secuestro de maduro y cilia flores, han logrado su objetivo: condicionar al estado venezolano, obligarlo a negociar en condiciones de inferioridad y reducir su capacidad de proyección internacional. Venezuela ya no puede ayudar a cuba porque apenas puede ayudarse a sí misma. Si el imperio pudo con venezuela, con las reservas de petróleo más grandes del mundo, ¿qué esperanza tiene un país más pequeño sin ese recurso? Pero los gobiernos de la región no extraen la conclusión correcta. En lugar de unirse para romper el cerco, se dispersan, negocian por separado, y caen uno tras otro.

Algunos de los países pequeños que recibieron solidaridad cubana — médicos en sus aldeas, maestros en sus escuelas, brigadas en medio de sus catástrofes — aprietan hoy la nariz y dan la espalda. En relaciones internacionales, es lo que se denomina bandwagoning: la tendencia de los actores débiles a alinearse con el más fuerte cuando perciben que el benefactor histórico está en retirada. Es una lógica cruel pero predecible.

Lo que no entienden es que su supervivencia a largo plazo no depende de complacer al amo, sino de la existencia de un ecosistema regional soberano. Al dar la espalda a cuba, están contribuyendo a desmantelar el único tejido de solidaridad que podría protegerlos cuando ellos sean los siguientes en la lista. Es la lógica del «yo me salvo» que conduce inevitablemente al «todos nos hundimos». Todo el que elige salvarse a sí mismo termina aislado y luego sometido. Al final, igual le espera la muerte, pero una muerte solitaria, sin la dignidad de haber luchado junto a los demás.

El mito de la autosuficiencia es una trampa discursiva

Frente a ese panorama, la objeción liberal, y a veces incluso la de cierta izquierda, suena previsible: ¿por qué apelar a otros? ¿acaso cuba no debería valerse por sí misma? Esa pregunta merece ser demolida con rigor, porque opera como una trampa retórica que naturaliza la violencia del bloqueo y culpabiliza a la víctima.

La autarquía es un mito en el sistema mundial contemporáneo. Ningún país es una isla, ni siquiera las islas. Estados unidos no se vale por sí mismo, depende de una red global de bases militares, del dólar como moneda de reserva impuesta al mundo mediante los acuerdos de bretton woods y la presión de sus portaaviones, y de cadenas de suministro que explota sistemáticamente. China no se vale por sí misma, depende de materias primas africanas y latinoamericanas y de mercados globales para su sobreproducción industrial. Rusia no se vale por sí misma, su poderío energético es nulo sin los gasoductos y sin compradores dispuestos a pagar su tecnología militar.

La dependencia no es la excepción en el sistema internacional, es una regla estructural. Lo que varía es el tipo de dependencia y el margen de autonomía que se puede construir dentro de ella. Un país como luxemburgo disfruta de altos estándares de vida porque está incrustado en el corazón del bloque imperial. Un país como cuba tiene que sobrevivir a pesar de estar bloqueado por el imperialismo. La pregunta correcta, entonces, no es por qué cuba no es autosuficiente, sino por qué se le exige a cuba un nivel de autosuficiencia que no se le exige a nadie más. Esa exigencia asimétrica no es inocente, es una trampa discursiva y cobarde que coloca a la isla en una posición ontológicamente imposible, para luego presentar su imposibilidad como evidencia de su fracaso.

Se le impone a cuba una especie de doble vínculo, se somete al sujeto una condición que no puede cumplir, y se le culpa del incumplimiento. El neurótico producido por el doble vínculo no puede escapar porque la trampa está inscrita en el lenguaje mismo con el que se le habla. Cuba está atrapada en ese lenguaje: si resiste, es una dictadura que hace sufrir a su pueblo; si negocia, está cediendo al chantaje imperial; si pide ayuda, es un estado fallido que no puede sostenerse solo. No hay salida dentro del discurso del amo, porque el discurso del amo no está diseñado para tener una salida, sino para atrapar.

La metodología del imperio: negociar, ahogar, culpar

Lo que hemos descrito no ocurre en el vacío. Responde a una metodología del imperialismo estadounidense en sus negociaciones con actores soberanos que se niegan a capitular. El libreto histórico es invariable y ha sido ejecutado con mínimas variaciones.

Primero, la mesa del diálogo como trampa. Se sientan a negociar no para llegar a acuerdos, sino para ganar tiempo. Mientras la contraparte deposita esperanzas en la vía diplomática — mientras el sujeto cree que el otro es susceptible de ser convencido — , el imperio continúa aplicando sanciones, fortaleciendo a la oposición interna, preparando el terreno. Es el gesto que lacan identificaría como perverso, la promesa que estructura el vínculo solo para perpetuar la dependencia.

Segundo, la exigencia de concesiones unilaterales. El imperio nunca negocia de buena fe; negocia desde la posición de fuerza absoluta. Exige que la otra parte ceda primero, que demuestre voluntad de cambio, que desmonte sus estructuras defensivas como gesto de buena voluntad. Cada concesión que hace la parte débil es interpretada como signo de debilidad ulterior y se responde con más presión. El mecanismo es siniestro en su lógica: cuanto más se cede, más se debe ceder. La negociación se convierte en un proceso de vaciamiento progresivo de la soberanía.

Tercero, si no obtienen lo que quieren, invaden o destruyen. Cuando el diálogo no produce la rendición completa, pasan a la siguiente fase: invasión directa — panamá, granada, irak — , golpe de estado — honduras, 2009; bolivia, 2019 — , guerra de baja intensidad — nicaragua en los ochenta — , o destrucción económica sistemática — cuba, venezuela, irán — . La diplomacia es solo la antesala de la agresión.

Quienes, con buena fe, instan a cuba a negociar con washington ignoran esa estructura. Cuba no es empujada a la mesa para dialogar; es empujada a la mesa para rendirse en las condiciones más desfavorables posibles.

La crisis humanitaria como arma de guerra

La ayuda humanitaria que llega a cuba hoy — los envíos de alimentos, medicinas, generadores — es vital para aliviar el sufrimiento inmediato. Pero en términos políticos, funciona como un paliativo que corre el riesgo de despolitizar la crisis. Es el respirador que se le pone a un paciente en coma: mantiene al enfermo con vida, pero no repara la lesión que lo llevó al coma. El paciente necesita una operación estructural, no la perpetuación de la emergencia.

El bloqueo no es una sanción, es un mecanismo de desgaste diseñado para provocar una implosión desde adentro. Ofrecer ayuda humanitaria, por más valiosa que sea, sin romper el cerco financiero y energético es como bombear agua de un barco que sigue teniendo un boquete abierto por el ataque enemigo.

El boquete es permanente; y el bombeo, agotador. El objetivo estratégico del bloqueo — lo que en la terminología militar se llama guerra de cuarta generación o cambio de régimen por asfixia — es negar al estado la capacidad de satisfacer las necesidades básicas de su población, para que sea la propia población la que termine desbordando a su gobierno. No hay nada de accidental en esa estrategia: es deliberada, está documentada y ha sido aplicada con distintos grados de intensidad durante más de seis décadas.

El apagón no es solo ausencia de luz, es una pedagogía del miedo, una lección que el amo imparte día tras día. Cada hora sin electricidad, cada fila para conseguir alimentos, cada médico que no tiene insumos es un recordatorio de lo que cuesta resistir. Es el goce del poder en su forma más cruel, no el goce de destruir al enemigo de un golpe, sino el goce de verlo degradarse lentamente, de convertir su vida en una demostración permanente de que la resistencia conduce al sufrimiento. Duele constatarlo, pero la mayor crueldad del bloqueo no es su fuerza, es su lentitud.

La narrativa del estado fallido o la culpa siempre es de la víctima

Y aquí llegamos al punto más perverso de toda la operación, la construcción del relato que invierte la causalidad.

El imperio no solo destruye; además construye el dispositivo discursivo para que la destrucción parezca merecida o inevitable.

Un estado al que se le niega la posibilidad de importar alimentos, medicinas, combustible y repuestos; al que se le bloquean sus finanzas internacionales; al que se le impide acceder a créditos; al que se le somete a una guerra mediática; al que se le castiga por comerciar con quien sea: ese estado tendrá, por definición, enormes dificultades para funcionar con normalidad. Luego, cuando esas dificultades se manifiestan — apagones, desabastecimiento, migración — , el coro imperial y sus voceros locales dicen: miren, es un estado fallido, el socialismo no funciona.

Se presenta como fracaso interno lo que es resultado de una agresión externa.

La causalidad se invierte, el bloqueo no es la causa de la crisis; la crisis es la prueba de que el régimen es incompetente. Es la misma lógica del abuso, se le ata las manos al sujeto, se le golpea durante horas, y luego se le acusa de no poder defenderse. Ese mecanismo tiene nombre: proyección. El agresor proyecta sobre la víctima la responsabilidad de lo que le hace; así externaliza su propia culpa y mantiene intacta su imagen de orden y civilización.

La categoría de estado fallido no es descriptiva, es performativa. Nombrar a cuba como estado fallido no constata una realidad; construye una realidad que justifica el abandono y eventualmente la intervención. Es el concepto que hace posible lo que viene después, la haitianización como dijera claudio katz en días recientes. Reducir la isla a un estado de degradación tal que se convierta en vitrina del horror, en demostración permanente de lo que le ocurre a quienes se atreven a elegir un camino soberano.

El mensaje es perverso en su transparencia: miren lo que pasa si se atreven a ser libres.

Pero un estado fallido de verdad no resiste 65 años de bloqueo. Un estado fallido de verdad no tiene una tasa de mortalidad infantil más baja que la de estados unidos. No forma médicos que salvan vidas en todo el mundo. No mantiene un sistema educativo universal, una ciencia propia — con vacunas incluidas — y una cultura vibrante. Lo que el imperio llama estado fallido es, en realidad, un estado agredido que se niega a morir. Esa es la verdad incómoda. Y esa es, precisamente, la razón de la furia imperial. Cuba en realidad no fracasa. Cuba insiste. Y esa insistencia es intolerable.

¿Qué opciones le han dejado a Cuba?

Analizadas las coordenadas del asedio, la pregunta se vuelve ineludible, ¿qué opciones tiene en verdad la conducción política cubana? O para ser más preciso: ¿qué opciones le han dejado?

La primera es la negociación en condiciones de asfixia.

Es la que recomiendan los bienintencionados, los que quieren que cuba dialogue y negocie con los estados unidos. Pero negociar con un imperio que tiene el pie en tu cuello no es diálogo, puede ser rendición condicionada. Cuba ha demostrado voluntad de diálogo histórico en múltiples momentos, pero siempre desde posiciones de dignidad. Sentarse hoy a negociar sin haber roto antes el cerco energético y financiero es aceptar la negociación del ahogado, aceptar cualquier cláusula por una bocanada de aire. El resultado sería una normalización que equivaldría a la liquidación del proyecto revolucionario por goteo, como ocurrió en europa del este tras la caída del muro, pero con el agravante de tener al imperio a 90 millas.

La segunda opción es la resistencia heroica pero solitaria.

Es la que cuba ha practicado durante décadas: innovar, resistir, buscar rendijas, diversificar relaciones. Pero esa opción, que fue viable cuando existía un campo socialista dispuesto a sostener el flujo de recursos, hoy se enfrenta a un límite material concreto. La resistencia heroica sin retaguardia se convierte, con el tiempo, en resistencia agónica. No porque el pueblo cubano haya perdido la voluntad, sino porque la voluntad sola no mueve turbinas ni llena estantes.

La tercera opción es la que el imperio diseña como escenario deseado: la implosión.

El estallido inducido por la acumulación de sufrimiento, amplificado por las redes de oposición financiadas desde el exterior, que permita una intervención humanitaria o una transición pactada. Esta no es una opción para cuba; es la trampa que se le tiende.

La cuarta, la única que cambiaría en verdad el tablero, no depende de cuba.

Depende de que quienes dicen apoyarla pasen de las palabras a los hechos. Depende de que envíen el petróleo necesario, de que pongan los buques, de que escolten los suministros, de que rompan el cerco financiero con mecanismos concretos. Depende de que pregunten a cuba qué hay que hacer y lo hagan.

No hay más metáforas. Es el petróleo o la asfixia. Son los buques o el bloqueo. Es la acción o la complicidad.

Las lecciones de la historia que el mundo prefiere olvidar

El olvido no es pasivo. El olvido es un acto: la represión activa de aquello que, si fuera recordado, obligaría a actuar de otra manera. La comunidad internacional olvida a conveniencia los paralelismos históricos, porque recordarlos haría insostenible la postura actual.

En 1941, los tanques alemanes estaban a las puertas de moscú. ¿cuánto tiempo estuvieron sin reaccionar? ¿cómo saben que no irán luego por ustedes? Hoy, nadie parece entender que la retaguardia cubana es la retaguardia del mundo entero. Algunos quizás la ven como un cadáver político adelantado y se comportan en consecuencia.

Durante décadas, los estados unidos sostuvo al régimen de chiang kai-shek en taiwán con dinero, armas y flota naval, incluso cuando era evidente su derrota en la guerra civil china. Lo hicieron porque taiwán era un portaaviones estratégico contra la china popular. Es decir, el imperio sostiene a sus aliados hasta el final, porque entiende que la fidelidad a los suyos es una condición de su propio poder. Pero los aliados de cuba hacen lo contrario: la abandonan cuando el costo político de sostenerla supera el beneficio de no hacerlo.

La república española es el recuerdo más exacto de la situación que hoy vive cuba. Luchaba contra el fascismo, pero las democracias occidentales — francia y reino unido, principalmente — firmaron el comité de no intervención mientras alemania e italia enviaban tropas, aviones y artillería a las fuerzas de franco. Estados unidos por su parte, promovió el embargo de armas. La no intervención fue el nombre elegante para la complicidad. La república fue abandonada, asfixiada y finalmente derrotada.

¿El resultado? Cuarenta años de dictadura franquista. Pero el mundo pagó además un precio mayor, la impunidad con que triunfó el fascismo en españa alentó al nazismo en tanto reforzó la impunidad fascista y contribuyó al inicio de la segunda guerra mundial. El abandono de la república no fue inintencional; fue una decisión con consecuencias históricas catastróficas. Hoy algunos gobiernos progresistas practican la misma no intervención frente a cuba, mientras el imperio ejerce su intervención permanente a través del bloqueo. No hay lección aprendida. El olvido es productivo y permite repetir.

Lo que el imperio olvida: los pueblos no se rinden

Y sin embargo, frente a este panorama desolador, existe un contrapunto que el análisis geopolítico clásico tiende a subestimar. Cuba cuenta con algo que ningún bloqueo puede estrangular del todo: cuenta con los pueblos del mundo más que con los estados. Con los movimientos de solidaridad que en cada país se reúnen, organizan y preparan envíos de ayuda. Con la memoria viva de millones de personas que saben lo que cuba ha dado al mundo y no están dispuestas a permitir que sea reducida a escombros en silencio.

Los estados calculan, miden costos, evalúan riesgos, sopesan sanciones. Los pueblos, cuando están organizados y conscientes, actúan por convicción.

La solidaridad interestatal es frágil porque depende de gobiernos, de ciclos electorales, de alianzas cambiantes, alianzas que hoy están muertas. La solidaridad de los pueblos es más lenta, más difícil de articular, pero cuando se activa es diferente: no puede ser sancionada por el fmi ni coaccionada por la otan.

No hay otro país en el mundo que tenga una red de movimientos de solidaridad tan extendida, persistente y arraigada en múltiples generaciones como cuba. Ese tejido humano es un activo estratégico que no aparece en ningún balance convencional.

La diáspora como quinta columna inversa

Hay un factor que el pentágono parece ignorar, quizás porque no entra en sus modelos de análisis: la composición demográfica de la emigración cubana en estados unidos ha cambiado mucho en las últimas décadas. Los cubanos de miami en los años sesenta eran la élite blanca que huyó de la revolución, propietarios expropiados, profesionales de clase alta, figuras del antiguo régimen batistiano. Eran el lobby más feroz contra la revolución, el motor del bloqueo, la base social del exilio duro.

Hoy la mayoría de los cubanos en los estados unidos son emigrantes económicos de las últimas décadas, llegados en balsas o por terceros países, con familia en la isla, con vínculos afectivos y culturales intactos, con una visión mucho más matizada de la realidad cubana.

Si el imperio osara invadir, las bombas caerían sobre sus pueblos, sobre sus abuelas, sobre sus hermanos. ¿de verdad alguien cree que los miles de cubanoamericanos — sus hijos y sus nietos — recibirían esa guerra con entusiasmo?

El cálculo político es el inverso: lo que el imperio tendría no es una retaguardia en miami, sino una quinta columna dentro de sus propias fronteras, una comunidad dispuesta a rebelarse desde adentro del amo.

Eso es lo que el análisis puramente institucional no puede ver, porque trabaja con categorías frías, alianzas, intereses y recursos. Lo que escapa a esas categorías es la dimensión libidinal de la política: el amor, el duelo, la pertenencia. Un pueblo no es una variable geopolítica. Un pueblo tiene madre. Y cuando las bombas caen sobre la madre, el cálculo racional se disuelve en algo más antiguo y poderoso.

Irán y vietnam: lecciones de la resistencia asimétrica

La heroica resistencia de irán frente al imperialismo nos ha mostrado el camino: donde caiga alguien, aparecerán cien dispuestos a empuñar las armas y defender a la patria. No es retórica, es la descripción de una sociedad que ha interiorizado la defensa de la nación como valor irrenunciable, que ha hecho de la resistencia una identidad colectiva más fuerte que el miedo.

Cuba tiene ese mismo adn: es una nación en armas no por conscripción forzosa, sino por la conciencia histórica acumulada en sesenta y cinco años de asedio.

Vietnam enseñó que una guerra no se decide únicamente en el plano militar.

La ofensiva del tet de 1968 fue una derrota táctica para el viet cong y el ejército de vietnam del norte, que sufrieron enormes pérdidas y no lograron sostener las posiciones tomadas. Pero fue una victoria política estratégica: demostró que podían atacar en cualquier punto del país, incluso en los centros del poder sudvietnamita, y quebró la narrativa de washington de que la guerra estaba cerca de ganarse. A partir de entonces, la confianza de la sociedad estadounidense en la guerra comenzó a desmoronarse. La guerra no se gana ocupando territorio; se gana desgastando la voluntad política del invasor. Y esa voluntad, en las democracias liberales con opinión pública y elecciones periódicas, tiene un límite medible en ataúdes y en puntos de aprobación presidencial. Cuba, con su geografía compleja, con su población preparada durante décadas de defensa territorial, podría reproducir ese escenario.

Una invasión a cuba no sería la operación quirúrgica de granada ni el paseo de panamá. Sería un atolladero sangriento y prolongado, que duraría años y costaría miles de vidas estadounidenses.

La paradoja del aislamiento preventivo, morir solo para no morir juntos

Llegados a este punto, debemos interrogar el mecanismo profundo que lleva a las potencias que deberían disputar el orden unipolar a abandonar a cuba. La respuesta superficial es el cálculo de costos: sostener a cuba tiene un precio en términos de sanciones secundarias, de tensión con Washington, de riesgo comercial. Pero esa explicación es insuficiente, porque el abandono no es solo racional, tiene una dimensión de satisfacción, de alivio, que quizás solo el psicoanálisis puede iluminar.

Existe en la política internacional algo análogo a lo que freud describió como pulsión de muerte en el individuo: la tendencia a la autodestrucción, al retorno a un estado de quietud que se alcanza a costa de la vida misma.

Los actores que abandonan a cuba no solo están calculando sus intereses; están también, de alguna manera, renunciando a su propio deseo de transformación. El abandono de cuba es la renuncia a la posibilidad de otro mundo. Es la aceptación, en el fondo, de que el orden del amo es el único orden posible, de que el capitalismo global es el horizonte insuperable de la historia.

Hay en esa renuncia algo de lo que marcuse llamó la desublimación represiva, que es la integración del sujeto en el sistema a través de la promesa de pequeñas satisfacciones que neutralizan el impulso radical. Los gobiernos progresistas latinoamericanos, las potencias del brics, los partidos de izquierda europeos, las organizaciones solidarias que hoy miran para otro lado: todos han encontrado, de una manera u otra, su nicho dentro del orden. Han obtenido su cuota de reconocimiento, su espacio de cómoda disidencia, sus gestos permitidos. Y en ese proceso, han dejado de ver a cuba como un espejo de lo que podrían ser, para verla entonces como un recordatorio incómodo de lo que han dejado de ser.

Porque cuba interpela: eso es lo insoportable. No que sea un fracaso, sino que sea una pregunta permanente, dirigida a todos los que, en algún momento, creyeron que otro mundo era posible y luego decidieron que era demasiado costoso. Cuba les pregunta: ¿en qué momento exacto decidiste que la normalidad capitalista era preferible a la lucha? ¿en qué momento exacto entregaste el deseo? Esa pregunta es la razón profunda del bloqueo y del abandono.

Al abandonar a cuba, no están evitando su propio final; solo lo están aplazando y asegurándose de que, cuando llegue, se encuentren en la más absoluta soledad. Están cavando su propia tumba con la excusa de no mancharse las manos con la tierra de la tumba de cuba. Porque el que elige salvarse a sí mismo en una tormenta colectiva termina aislado y luego sometido. El amo, una vez que termina con el hermano, no firma la paz con los que miraron, los incorpora a la lista de los siguientes. Siempre necesita nuevas víctimas para legitimar su existencia.

La solidaridad como necesidad estratégica y acto de dignidad

Lo que hemos presenciado en este análisis no es una serie de errores tácticos aislados, sino una profunda crisis de conciencia geopolítica y moral en el progresismo global. Se ha perdido la noción de que la solidaridad no es un lujo moral reservado para los tiempos buenos, es una necesidad estratégica y, al mismo tiempo, la definición misma de lo que significa pertenecer a un proyecto político que aspira a algo más que la administración del orden existente.

Cuba no es solo cuba: es la demostración viva de que es posible resistir durante décadas el asedio del poder más grande del mundo y mantener en pie un sistema de salud universal, una educación gratuita, una cultura propia, una dignidad irrenunciable.

Eso no prueba que el modelo cubano sea perfecto: prueba que la alternativa al capitalismo global no es el caos ni el fracaso automático, sino que es posible y vale la pena construir algo diferente e incluso hermoso. Al destruir a cuba, el imperio no está eliminando una amenaza militar, está eliminando una prueba, está borrando un ejemplo. Pretende demostrar que fuera de la normalidad capitalista no hay vida posible.

Los que entregan a cuba se entregan a sí mismos. No como metáfora, sino en el orden estratégico. Un orden mundial que dice llamarse multipolar, pero no protege a sus miembros más vulnerables cuando el amo aprieta, no es un orden alternativo, es una extensión descentralizada del mismo dominio, un sistema donde la multipolaridad es la forma decorativa de la unipolaridad efectiva. Al traicionar a cuba le dicen al sur global: «si no tienes petróleo o una posición geográfica vital para nosotros, no esperes nada». Eso, a largo plazo, los priva de aliados auténticos y los deja en un mundo donde solo importa la fuerza bruta: un mundo donde ellos también, aunque grandes, son vulnerables.

Cuando el imperio mira a cuba, ve una isla pequeña que puede bloquear y asfixiar casi sin consecuencias. Lo que no ve — o lo que no quiere ver — es que esa isla es un volcán dormido sobre una falla tectónica global.

Cuba no es solo su geografía, es su historia, es su ejemplo, es el sueño de millones de personas que en algún rincón del mundo todavía creen que otro mundo es posible. Y mientras ese sueño exista, mientras haya un pueblo que lo encarne con su resistencia cotidiana, el orden del amo no estará completo. Siempre habrá una grieta. Siempre habrá una pregunta sin responder.

Si algún día el imperio olvida vietnam, olvida irán, olvida que los pueblos no se rinden y se atreve a invadir la isla, descubrirá que la guerra no se gana con portaaviones. Se gana con la capacidad de un pueblo para decir «no» aunque le cueste la vida. Y ese «no» de cuba, multiplicado por millones dentro y fuera de la isla, será su tumba.

Mientras tanto, la batalla es otra. Es la batalla por la vida cotidiana, por la luz, por la comida, por la esperanza. Y en esa batalla, los pueblos del mundo tienen la palabra. No para reemplazar a los estados, sino para obligarlos a actuar. Para recordarles que la historia juzga. Que el juicio sobre los que abandonaron a la república española fue severo y permanente.

Que el silencio, cuando puede romperse, es una decisión. Y que las decisiones tienen consecuencias.

Cuba pide acciones concretas: el petróleo necesario, los buques, la custodia, la ruptura del cerco financiero, la protección del espacio marítimo, la presión real en los organismos internacionales. Pide que quienes dicen apoyarla pregunten qué hay que hacer y lo hagan. No es una petición de caridad, es una exigencia de coherencia. Basta de declaraciones. Basta de mensajes de apoyo que funcionan como coartada para la inacción.

La pregunta final no es para Cuba. Cuba ya ha dado su respuesta con 67 años de revolución. La pregunta es para el mundo. Para los que dicen querer otro orden.

Para los que firmaron declaraciones y enviaron mensajes. Para los que tienen petróleo y buques, pero no los envían, o votos relevantes en la onu que solo emplean para abstenerse.

¿De qué lado estás? ¿del lado de los que esperan a que los estados se decidan, o del lado de los que ya están actuando? ¿del lado de los que envían mensajes de apoyo, o del lado de los que envían los buques y deciden enfrentarse de una vez a los designios del imperialismo?

 









martes, 10 de marzo de 2026

 


Hoy 10 de Marzo, nos ha dejado otro GLADIADOR de la VIDA. Cada vez que en soledad tuve dudas por alguna tempestad que me chocaba de frente, me venía a la mente su capacidad de resiliencia, su espíritu de bambú para hacer frente a todo, podían doblarlo, pero jamar partirlo. UN BESO GRANDE MI TIO FARDY





viernes, 30 de enero de 2026

 ¿Y AHORA?

 

A veces la realidad te da una “trumpada”, sin esperarla o no, pero guerra avisada no mata soldado, dicen. La izquierda en el Mundo se ha desgañitado denunciando el genocidio contra Cuba, la ONU (organismo que nadie le da bola) todos los años, al menos desde 1992 (hace 33 años), hace una votación en contra del bloqueo contra Cuba, en la misma, Estados Unidos e Israel siempre votan en contra de la resolución, y se le suma en distintos años, algún que otro satélite de turno, Argentina por ejemplo, se sumó a estos dos en el 2025, y en el 2024, que no lo hizo, le costó el puesto a La Mondino, entonces canciller del Gobierno títere de Milei.

Ya en el primer mandato de Trump, transitorio inquilino de la Casa Blanca, hecho para atrás todo el avance que se había logrado, en desarticular el bloqueo yanquis contra Cuba, llevado a cabo por Obama, de hecho en el 2017 aplico más de 250 nuevas sanciones contra Cuba, todos denunciábamos entonces aquella aberración genocida, pero claro, la derecha mundial, en sus diferentes vertiente y utilizando intensivamente, sus medios de comunicación, negaban a viva voz, que no habia bloqueo sino “embargo” y que Cuba esta como esta, porque su sistema económico y politico es fallido, relegando a su mínima expresión la influencia de algo tan importante como el bloqueo.

Cuba no es el paraíso y nunca se vendió como eso, es más, los que se venden como paraíso acá en la tierra, están bastante alejados, del ideal humano y cristiano. El pueblo cubano ha querido, simplemente ser un país, soberano, independiente, que tenga dignidad, y finalmente, repartir, lo más equitativo que se pueda, la riqueza que crea, con sudor y sacrificio. Por supuesto que la Revolución Cubana surgió en el momento histórico de la guerra fría, pero hace mucho tiempo, al menos desde que el Muro implosión, que lo único que Cuba exporta, es solidaridad, hermandad humana y no su Revolución, como pretenden instalar desde el norte revuelto y brutal, que nos odia y nos desprecia, una Revolución, por otro lado, que le sirvió a Cuba, parece poco, pero no lo es, para no ser un Puerto Rico.

Ahora el Imperio se sacó la careta con este nuevo mandato de Trump, lo que antes hacía solapadamente, ahora a plena luz del día pone de manifiesto su accionar monroeista del siglo 21 descaradamente.

El 3 de Enero del presente año, el Imperio yanqui envió todo un mensaje para América Latina. Hoy 30 de Enero entró en vigencia, su bloqueo feroz a la venta de petróleo de cualquier nación a Cuba, puede ser la antesala de “entrar y destrozar todo”. Quiero escuchar ahora a los paladines de la democracia y el respeto internacional, quiero escuchar que me digan en la cara, que todo es mentira, que nunca hubo bloqueo, que el imperio no es tal, que solo quieren el bienestar de los pueblos.

Solo les digo algo bajito de sal, ¡A TOMAR POR CULO!, sobre sus conciencias quedará, no solo el genocidio a los judíos en la Segunda Guerra Mundial, también quedará, el GENOCIDIO AL PUEBLO DE CUBA.