CÓMO SE APODERARON LOS
IMPERIALISTAS DE NUESTRA ECONOMIA (*)
(Fragmento
del Discurso de Fidel, en la DEMAJAGUA, EL 10 DE OCTUBRE DE 1968.)
Y todos sabemos cómo
sucedieron los acontecimientos. Cómo cuando el poder de España estaba
virtualmente agotado, movido por ansias puramente imperialistas, el gobierno de
Estados Unidos participa en la guerra, después de 30 años de lucha. Con la
ayuda de los soldados mambises desembarcan, toman la ciudad de Santiago de
Cuba, hunden la escuadra del almirante Cervera, que no era más que una
colección propia de museo, más que escuadra, y que por puro y tradicional
quijotismo la enviaron a que la hundieran a cañonazos, sirviendo prácticamente
de tiro al blanco a los acorazados americanos, a la salida de Santiago de Cuba.
Y entonces a Calixto García ni siquiera lo dejaron entrar en Santiago de Cuba.
Ignoraron por completo al Gobierno Revolucionario en Armas, ignoraron por
completo a los líderes de la revolución; discutieron con España sin la
participación de Cuba; deciden la intervención militar de sus ejércitos en
nuestro país. Se produce la primera intervención, y de hecho se apoderaron
militar y políticamente de nuestro país.
Al pueblo no se le hizo
verdadera conciencia de eso. Porque ¿quién podía estar interesado en hacerle
conciencia de esa monstruosidad? ¿Quiénes? ¿Los antiguos autonomistas? ¿Los
antiguos reformistas? ¿Los antiguos anexionistas? ¿Los antiguos esclavistas? ¿Quiénes?
¿Los que habían sido aliados de la Colonia durante las guerras? ¿Quiénes? ¿Los
que no querían la independencia de Cuba sino la anexión con Estados Unidos?
Esos no podían tener ningún interés en enseñarle a nuestro pueblo estas
verdades históricas, amarguísimas.
¿Qué nos dijeron en la
escuela? ¿Qué nos decían aquellos inescrupulosos libros de historia sobre los
hechos? Nos decían que la potencia imperialista no era la potencia
imperialista, sino que lleno de generosidad el gobierno de Estados Unidos,
deseoso de darnos la libertad, había intervenido en aquella guerra y que, como
consecuencia de eso, éramos libres. Pero no éramos libres por los cientos de
miles de cubanos que murieron 30 años en los combates, no éramos libres por el
gesto heroico de Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, que inició
aquella lucha, que incluso prefirió que le fusilaran al hijo antes de hacer una
sola concesión; no éramos libres por el esfuerzo heroico de tantos cubanos, no
éramos libres por la prédica de Martí, no éramos libres por el esfuerzo heroico
de Máximo Gómez, Calixto García y todos aquellos próceres ilustres; no éramos
libres por la sangre derramada por las veinte y tantas heridas de Antonio Maceo
y su caída heroica en Punta Brava; éramos libres sencillamente porque Teodoro
Roosevelt desembarcó con unos cuantos “rangers” en Santiago de Cuba para
combatir contra un ejército agotado y prácticamente vencido, o porque los
acorazados americanos hundieron a los “cacharros” de Cervera frente a la bahía
de Santiago de Cuba.
Y esas monstruosas mentiras,
esas increíbles falsedades eran las que se enseñaban en nuestras escuelas.
Y tal vez tan pocas cosas
nos puedan ayudar a ser revolucionarios como recordar hasta qué grado de
infamia se había llegado, hasta qué grado de falseamiento de la verdad, hasta
qué grado de cinismo en el propósito de destruir la conciencia de un pueblo, su
camino, su destino; hasta qué grado de ignorancia criminal de los méritos y las
virtudes y la capacidad de este pueblo —pueblo que hizo sacrificios como muy
pocos pueblos hicieron en el mundo— para arrebatarle la confianza en sí mismo,
para arrebatarle la fe en su destino.
Y de esta manera, los que
cooperaron con España en los 30 años, los que lucharon en la colonia, los que
hicieron derramar la sangre de los mambises, aliados ahora con los
interventores yankis, aliados con los imperialistas yankis, pretendieron hacer
lo que no habían podido hacer en 30 años, pretendieron incluso escribir la
historia de nuestra patria amañándola y ajustándola a sus intereses, que eran
sus intereses anexionistas, sus intereses imperialistas, sus intereses
anticubanos y contrarrevolucionarios.
¿Con quiénes se concertaron
los imperialistas en la intervención? Se concertaron con los comerciantes
españoles, con los autonomistas. Hay que decir que en aquel primer gobierno de
la república había varios ministros procedentes de las filas autonomistas que
habían condenado a la revolución. Se aliaron con los terratenientes, se aliaron
con los anexionistas, se aliaron con lo peor, y al amparo de la intervención
militar y al amparo de la Enmienda Platt empezaron, sin escrúpulos de ninguna
índole, a amañar la república y a preparar las condiciones para apoderarse de
nuestra patria.
Es necesario que esta
historia se sepa, es necesario que nuestro pueblo conozca su historia, es
necesario que los hechos de hoy, los méritos de hoy, los triunfos de hoy, no
nos hagan caer en el injusto y criminal olvido de las raíces de nuestra
historia; es necesario que nuestra conciencia de hoy, nuestras ideas de hoy,
nuestro desarrollo político y revolucionario de hoy —instrumentos que poseemos
hoy que no podían poseer en aquellos tiempos los que iniciaron esta lucha— no
nos conduzca a subestimar por un instante ni a olvidar por un instante que lo de
hoy, el nivel de hoy, la conciencia de hoy, los éxitos de hoy más que éxitos de
esta generación son, y debemos decirlo con toda sinceridad, éxitos de los que
un día como hoy, hace 100 años, se levantaron aquí en este mismo sitio y
libertaron a los esclavos y proclamaron la independencia e iniciaron el camino
del heroísmo e iniciaron el camino de aquella lucha que sirvió de aliento y de
ejemplo a todas las generaciones subsiguientes.
Y en ese ejemplo se inspiró
la generación del 95, en ese ejemplo se inspiraron los combatientes
revolucionarios a lo largo de los 60 años de república amañada; en ese ejemplo
de heroísmo, en esa tradición se inspiraron los combatientes que libraron las
últimas batallas en nuestro país.
Y eso no es algo que se diga
hoy como de ocasión porque conmemoramos un aniversario, sino algo que se ha
dicho siempre y que se ha dicho muchas veces y que se dijo en el Moncada y que
se dijo siempre. Porque allí cuando los jueces preguntaron quién era el autor
intelectual del ataque al cuartel Moncada, sin vacilación nosotros respondimos:
“¡Martí fue el autor intelectual del ataque al cuartel Moncada!”.
Es posible que la ignorancia
de la actual generación, o el olvido de la actual generación, o la euforia de
los éxitos actuales, puedan llevar a la subestimación de lo mucho que nuestro
pueblo les debe, de todo lo que nuestro pueblo les debe a estos luchadores.
Ellos fueron los que
prepararon el camino, ellos fueron los que crearon las condiciones y ellos
fueron los que tuvieron que apurar los tragos más amargos: el trago amargo del
Zanjón, el cese de la lucha en 1878; el trago amarguísimo de la intervención
yanki, el trago amarguísimo de la conversión de este país en una factoría y en
un pontón estratégico —como temía Martí—; el trago amarguísimo de ver a los
oportunistas, a los politiqueros, a los enemigos de la revolución, aliados con
los imperialistas, gobernando este país. Ellos tuvieron que vivir aquella
amarguísima experiencia de ver cómo a este país lo gobernaba un embajador
yanki; o cómo un funcionario insolente, a bordo de un acorazado, se anclaba en
la bahía de La Habana a dictarle instrucciones a todo el mundo: a los
ministros, al Jefe del Ejército, al Presidente, a la Cámara de Representantes,
al Senado.
Y lo que decimos son hechos
conocidos, son hechos históricamente probados. Es decir, no tanto conocidos
como probados, porque realmente las masas durante mucho tiempo lo ignoraron,
durante mucho tiempo las engañaron. Y es necesario revolver los archivos,
exhumar los documentos para que nuestro pueblo, nuestra generación de hoy tenga
una clara idea de cómo gobernaban los imperialistas, qué tipo de memorándums,
qué tipo de papeles y qué tipo de insolencias usaban para gobernar a este país,
al que se pretendía llamar país libre, independiente y soberano; para que
nuestro pueblo conozca qué clase de libertadores eran esos, los procedimientos
burdos y repugnantes que usaban en sus relaciones con este país, que nuestra
generación actual debe conocer. Y si no los conoce, su conciencia revolucionaria
no estará suficientemente desarrollada. Si las raíces y la historia de este
país no se conocen, la cultura política de nuestras masas no estará
suficientemente desarrollada. Porque no podríamos siquiera entender el
marxismo, no podríamos siquiera calificarnos de marxistas si no empezásemos por
comprender el propio proceso de nuestra Revolución, y el proceso del desarrollo
de la conciencia y del pensamiento político y revolucionario en nuestro país
durante cien años. Si no entendemos eso, no sabremos nada de política.
Y desde luego,
desgraciadamente, mucho tiempo hemos vivido ignorantes de muchos hechos de la
historia.
Porque si el interés de los
que se aliaron aquí con los imperialistas era ocultar la historia de Cuba,
deformar la historia de Cuba, eclipsar el heroísmo, el mérito extraordinario,
el pensamiento y el ejemplo de nuestros héroes, los que realmente están
llamados y tienen que ser los más interesados en divulgar esa historia, en
conocer esa historia, en conocer esas raíces, en divulgar esas verdades, somos
los revolucionarios.
Ellos tenían tantas razones
para ocultar esa historia e ignorarla, como razones tenemos nosotros para
demandar que esa historia, desde el 10 de octubre de 1868 hasta hoy, se conozca
en todas sus etapas. Y esa historia tiene pasajes muy duros, muy dolorosos, muy
amargos, muy humillantes, desde la Enmienda Platt hasta 1959.
Y debe también conocer
nuestro pueblo cómo se apoderaron los imperialistas de nuestra economía. Y eso,
desde luego, lo sabe nuestro pueblo en carne propia. No saben cómo fue pero
fue.
Y saben los hombres y
mujeres de este país, sobre todo los de esta provincia donde se inició la
lucha, donde siempre se combatió por la libertad del país, cómo fue aquello que
de repente todo pasó de manos de los españoles a manos de los americanos. Cómo
fue aquello y por qué los ferrocarriles, los servicios eléctricos, las mejores
tierras, los centrales azucareros, las minas y todo fue a parar a manos de
ellos. Y cómo se produjo aquel fenómeno. Y qué es aquel fenómeno en virtud del
cual en este país, donde por los años 1915 ó 1920 había que traer trabajadores
de otras Antillas porque no alcanzaban los brazos, algunas décadas después —en
los años veintitantos, treintitantos, cuarentitantos y cincuentitantos, cada
vez peor— había más hombres sin empleo, había más familias abandonadas, había
más ignorancia. Cómo y por qué en este país donde hoy los brazos no alcanzan
—los brazos liberados— para desarrollar las riquezas infinitas de nuestro
suelo, para desarrollar las capacidades ilimitadas de nuestro pueblo, sin embargo
los hombres tenían que cruzarse de brazos meses enteros y mendigar un trabajo,
no ya en tiempo muerto sino en la zafra.
Y cómo era posible que en
esas tierras que regaron con su sangre decenas de miles de nuestros
antepasados, decenas de miles de nuestros mambises; cómo era posible que en esa
tierra regada por su sangre, el cubano en la república mediatizada no tuviera
el derecho, no digo ya de recoger el pan, no tenía siquiera el derecho a
derramar su sudor. De manera que donde nuestros luchadores por la independencia
derramaron su sangre por la felicidad de este país, sus hermanos, sus
descendientes, sus hijos, no tenían siquiera el derecho de derramar el sudor
para ganarse el pan.
¿Qué república era aquella
que ni siquiera el derecho al trabajo del hombre estaba garantizado? ¿Qué
república era aquella donde no ya el pan de la cultura, tan esencial al hombre,
sino el pan de la justicia, la posibilidad de la salud frente a la enfermedad,
a la epidemia, no estaban garantizados? ¿Qué república era aquella que no
brindaba a los hijos del pueblo —que dio cientos de miles de vidas, pero que
dio cientos de miles de vidas cuando aquella población de verdaderos cubanos no
llegaba a un millón; pueblo que se inmoló en singular holocausto— la menor
oportunidad? ¿Qué república era aquella donde el hombre no tenía siquiera
garantizado el derecho al trabajo, el derecho a ganarse el pan en aquella
tierra tantas veces regada con sangre de patriotas?
Y nos pretendían vender
aquello como república, nos pretendían brindar aquello como Estado justo. Y en
pocas regiones del país como en Oriente estas cosas se vivieron, estas
experiencias se vivieron en carne propia; desde las decenas de miles de
campesinos que tuvieron que refugiarse allá en las montañas hasta las faldas del
Pico Turquino para poder vivir, a los hombres, a los trabajadores azucareros
que vivieron o cuyos padres vivieron aquellos años terribles. ¡Y qué porvenir
esperaba a este país!
Pero el hecho fue que los
yankis se apoderaron de nuestra economía. Y si en 1898 poseían inversiones en
Cuba por valor de 50 millones, en 1906 unos 160 millones en inversiones, y 1
450 millones de pesos en inversiones en 1927.
No creo que haya otro país
donde se haya producido en forma tan increíblemente rápida semejante
penetración económica, que condujo a que los imperialistas se apoderaran de
nuestras mejores tierras, de todas nuestras minas, nuestros recursos naturales;
que explotaran los servicios públicos, se apoderaran de la mayor parte de la
industria azucarera, de las industrias más eficientes, de la industria
eléctrica, de los teléfonos, de los ferrocarriles, de los negocios más
importantes, y también de los bancos.
Al apoderarse de los bancos,
prácticamente podían empezar a comprar el país con dinero de los cubanos,
porque en los bancos se deposita el dinero de los que tienen algún dinero y lo
guardan, poco o mucho. Y los dueños de los bancos manejaban aquel dinero.
De esta forma, en 1927,
cuando no habían transcurrido 30 años, las inversiones imperialistas en Cuba se
habían elevado a 1 450 millones de pesos. Se habían apoderado de todo con el
apoyo de los anexionistas o neo-anexionistas, de los autonomistas, de los que
combatieron la independencia de Cuba. Con el apoyo de los gobiernos
interventores se hicieron concesiones increíbles.
Un tal Preston compró 75 000
hectáreas de tierra en 1901, en la zona de la bahía de Nipe por 400 000
dólares, es decir, a menos de seis dólares la hectárea de esas tierras. Y los
bosques que cubrían todas esas hectáreas de maderas preciosas, que fueron
consumidas en las calderas de los centrales, valían muchas veces, incomparables
veces esa suma de dinero.
Vinieron con sus bolsillos
rebosantes a un pueblo empobrecido por 30 años de lucha, a comprar de las
mejores tierras de este país a menos de seis dólares la hectárea.
Y un tal McCan compró 32 000
hectáreas ese mismo año al sur de pinar del Río. Y un tal James —si mal no
recuerdo— ese mismo año compró en Puerto Padre 27 000 hectáreas de tierra.
Es decir que en un solo año
adquirieron mucho más de 10 000 caballerías de las mejores tierras de este
país, con sus bolsillos repletos de billetes, a un pueblo que padecía la
miseria de 30 años de lucha. Y así, sin derramar sangre y gastando un mínimo de
sus riquezas, se fueron apoderando de este país.
Y esa historia debe
conocerla nuestro pueblo.
(*) Leido en el blog de Iroel Sanchez "LA PUPILA INSOMNE"