Uno todavía está en shock, y trata de buscar respuestas, encontré esto, es una narrativa alternativa de lo que acaba de ocurrir en Venezuela, al menos alejada de mi profunda sensación, de que todo ha sido una gran traición al pueblo venezolano…
Del Valle
a Caracas: este filósofo es el arma militar más mortífera de Donald Trump
(Por Daniel Arjona)
El destino de Nicolás Maduro no se ha
sellado en los pasillos del Pentágono, ni siquiera en el Despacho Oval de
un Donald Trump exultante. No. El hilo de la parca que se cortó ayer,
en la madrugada del 3 de enero de 2026 en Caracas, se empezó a tejer mucho
antes, y no por un general con medallas en el pecho, sino por un
excéntrico doctor en teoría social neomarxista que prefiere el esquí de
fondo a las reuniones de directorio y que cita a Theodor Adorno mientras
diseña la arquitectura de la vigilancia total.Hablamos de Alex Karp, el
CEO de Palantir, una figura que parece escapada de una película de Woody
Allen para aterrizar, con la contundencia de un misil Hellfire, en el
centro del complejo militar-industrial del siglo XXI. Mientras el mundo digiere
las imágenes de los helicópteros del 160.º Regimiento de Aviación de
Operaciones Especiales (SOAR) sobrevolando a baja altura Fuerte Tiuna y la base
de La Carlota, conviene detenerse a mirar más allá de la pirotecnia cinética.
Lo que ha ocurrido en Venezuela, bautizado como “Operación Resolución
Absoluta”, no es solo una incursión; es el triunfo epistemológico de una nueva
forma de hacer la guerra. Es el momento en que el algoritmo devoró al
dictador.
[Este artículo se ha
construido sobre los cimientos de tres fuentes documentales: la exhaustiva
investigación de Michael Steinberger en 'The
Philosopher in the Valley: Alex Karp, Palantir, and the Rise of the
Surveillance State', que disecciona la psique y el ascenso de Karp; la
biografía crítica 'The Contrarian: Peter
Thiel and Silicon Valley's Pursuit of Power', de Max Chafkin, esencial
para entender el ecosistema ideológico de Palantir; y un informe técnico
exclusivo elaborado por Gemini Deep Research que detalla la
logística y la tecnología detrás de la captura de hoy y que se ha servido de 33
fuentes que aparecen reseñadas en el enlace]
Parte I:
La Fenomenología del Asalto
Para entender la magnitud de lo sucedido,
enviemos al cementerio de la historia la idea de que la tecnología es neutra.
Karp, un judío birracial criado en un hogar de izquierda radical en Filadelfia,
comprendió algo que a sus contemporáneos de Silicon Valley, ocupados en vender
publicidad y “likes”, se les escapó: en un mundo peligroso, el software es
la espada y el escudo de Occidente. Karp no es un tecnólogo al uso; es un
hombre que obtuvo su doctorado en la Universidad Goethe de Frankfurt, bajo la
sombra intelectual de su maestro Jürgen Habermas, intentando descifrar
cómo el lenguaje y la agresión se entrelazan en la psique humana. ¿Quién iba a
decir que aquel estudiante que buscaba comprender las raíces del fascismo
terminaría construyendo el panóptico digital que ayer permitió a un
comando de la Fuerza Delta extraer a un jefe de estado hostil sin sufrir una
sola baja?
La narrativa oficial nos hablará de valor, de
inteligencia humana y de la determinación de la administración Trump. Pero la
realidad subyacente, la verdadera “fontanería” de la operación reside en la
capacidad de procesar lo inabarcable. Según los informes preliminares de la
operación, lo que permitió localizar a Maduro no fue un chivatazo de un coronel
desleal, sino la fusión de petabytes de datos: patrones de consumo eléctrico,
firmas térmicas, comunicaciones encriptadas y movimientos logísticos sutiles.
Todo ello procesado por el Maven
Smart System y la plataforma de Inteligencia Artificial (AIP) de
Palantir.
Ayer, la Comarca era
el interés geopolítico de Estados Unidos, y los orcos, a ojos del algoritmo,
eran la cúpula del chavismo
Karp suele bromear diciendo que su trabajo
consiste en “gestionar a gente
inmanejable” , refiriéndose a
sus ingenieros, a quienes llama cariñosamente “hobbits” en una alusión a Tolkien que
vertebra la cultura corporativa de la empresa: su misión es “salvar la
Comarca”. Pero ayer, la Comarca era el interés geopolítico de Estados Unidos, y
los orcos, a ojos del algoritmo, eran la cúpula del chavismo.
Es fascinante observar la trayectoria de Karp.
De niño, en el barrio de Mount Airy, sus padres lo llevaban al Museo de Arte de
Filadelfia, donde su padre, Bob, le señalaba insistentemente una estatua de
Ícaro, quizás advirtiéndole sobre la hubris, acerca de volar demasiado cerca
del sol. Sin embargo, Karp ha hecho de esa cercanía al sol su modus
vivendi. Su empresa, cofundada con el polémico Peter Thiel —el
libertario que soñaba con erosionar el estado-nación a través de las
criptomonedas antes de decidir que era más rentable convertirse en el
contratista favorito del Estado —, ha sido la arquitecta invisible de esta
operación.
Mientras Silicon Valley jugaba a ser pacifista
y rechazaba contratos militares, Karp abrazó la controversia con la ferocidad
de un converso. “Nuestro software está en la lucha”, escribió en una carta
pública cuando estalló la guerra en Ucrania. Hoy, esa lucha se ha
materializado en el Caribe. La “Operación Southern Spear” , preludio naval de
la captura, no fue solo un despliegue de fuerza bruta; fue una red de sensores
alimentando a una inteligencia artificial capaz de predecir fallos logísticos
antes de que ocurrieran gracias al sistema ShipOS.
Estamos ante el fin de la inocencia digital y
el comienzo de la guerra cognitiva aplicada. Karp, el filósofo que en su
juventud recorría Berlín buscando la “teoría crítica” y quizás algo de
desenfreno, ha entregado a Trump la herramienta definitiva: la capacidad
de ver a través de los muros de un palacio presidencial a miles de kilómetros
de distancia. La pregunta que flota en el aire no es cómo lo hicieron, sino qué
significa para la condición humana que un algoritmo decida el destino de las naciones.
Parte II:
El Disidente del Valle y la Máquina de la Verdad
Para comprender la arquitectura invisible que
permitió la extracción quirúrgica de Nicolás Maduro, debemos retroceder desde
el calor de Caracas hasta los fríos seminarios académicos de Frankfurt y los
pasillos de Stanford. Allí se fraguó la improbable alianza entre Alex Karp
y Peter Thiel, dos hombres que representan, quizás mejor que nadie, las
contradicciones del poder estadounidense en el siglo XXI.
Karp no encaja en el molde del tecnócrata de
Silicon Valley. Es un “disidente” autoproclamado, un hombre que en su juventud
académica escribió una tesis doctoral titulada “Aggression in the Lifeworld” (“Agresión en el mundo de la
vida”), un estudio denso sobre cómo el lenguaje puede preparar el terreno
para la violencia. Resulta de una ironía shakespeariana que el hombre que
dedicó sus años formativos a estudiar la agresión teórica sea hoy el proveedor
de la herramienta más sofisticada para ejercer la agresión estatal. Karp, que
se describe a sí mismo como un “neo-marxista” convertido, ha declarado sin
ambages: “Mi mayor miedo es el fascismo”. Y, sin embargo, sus críticos
argumentan que ha construido el instrumento definitivo para cualquier aspirante
a autócrata.
La génesis de Palantir, la empresa que ayer
hizo transparente el techo del Palacio de Miraflores, nace de las cenizas del
11 de septiembre. Peter Thiel, el cerebro libertario detrás de PayPal y antiguo
compañero de Karp en la Facultad de Derecho de Stanford, tuvo una epifanía. El
fallo de inteligencia que permitió los atentados no fue por falta de datos,
sino por la incapacidad de conectarlos. La CIA y el FBI tenían las piezas del
rompecabezas, pero estaban aisladas en silos burocráticos. Thiel vio que la
tecnología que habían desarrollado en PayPal para cazar fraudes financieros —un
sistema llamado IGOR que detectaba patrones delictivos en el caos de las
transacciones— podía reorientarse para cazar terroristas.
El fallo de
inteligencia que permitió los atentados del 11 de septiembre no fue por falta
de datos, sino por la incapacidad de conectarlos
Así nació Palantir, bautizada en honor a las
“piedras videntes” de J.R.R. Tolkien, esos orbes mágicos que permitían ver a
través del espacio y el tiempo, aunque a menudo corrompían a quien los miraba.
La misión fundacional de la empresa, conocida internamente como “salvar la
Comarca”, era proporcionar a Occidente la superioridad analítica necesaria
para sobrevivir. Y ayer, esa superioridad se manifestó en la “Kill Chain”
digitalizada que atrapó a Maduro.
Lo que diferencia a la operación de Caracas de
cualquier intervención anterior no es la potencia de fuego, sino la logística
predictiva. Según los reportes técnicos filtrados sobre la operación, el
sistema ShipOS de
Palantir, descrito por sus creadores como un “traje de Iron Man de software”,
gestionó la compleja coreografía naval en el Caribe. No se trataba solo de
mover barcos; se trataba de predecir fallos mecánicos antes de que
ocurrieran y optimizar las cadenas de suministro en tiempo real, asegurando que cuando llegara el
momento crítico, la maquinaria bélica estadounidense funcionara con la
precisión de un reloj suizo.
Karp ha defendido siempre que Palantir no vende
datos, sino la capacidad de entenderlos. “Palantir es la convergencia de
software y posiciones difíciles”, ha llegado a decir. Y ninguna posición era
más difícil que penetrar el anillo de seguridad cubano-venezolano. El Maven Smart System, la plataforma que
fusionó imágenes satelitales, intercepciones de radar y datos de redes
sociales, no solo dijo a los comandos dónde estaba Maduro; les dijo hacia
dónde iba a moverse. Es el triunfo del determinismo tecnológico: la creencia de
que, con suficientes datos, el libre albedrío de un dictador se reduce a una
variable predecible en una ecuación.
Mientras el mundo observa atónito las
consecuencias geopolíticas de este “jaque mate” digital, Alex Karp
probablemente esté en su refugio de New Hampshire, o quizás en una de sus
propiedades remotas, practicando Tai Chi y reflexionando sobre la naturaleza
del poder. Ha logrado lo que su antiguo mentor Habermas quizás
hubiera temido más: la
racionalización total de la violencia a través de la técnica. El filósofo del
valle ha demostrado que, en la guerra moderna, la pluma —o mejor dicho, el
código— es, efectivamente, más poderosa que la espada, siempre y cuando ese
código dirija a un equipo de Operaciones Especiales con una precisión
infalible.
Parte
III: El Leviatán de Silicio y el Fin de la Soberanía
Cuando los helicópteros del 160.º SOAR
despegaron de Caracas con su “paquete” de alto valor asegurado, no solo transportaban
a un dictador caído; llevaban consigo la prueba de concepto de un nuevo
orden mundial. La “Operación Resolución Absoluta” ha confirmado lo que los
mercados financieros, con su olfato de sabueso para el poder real, ya
anticipaban: Palantir es el pilar central del nuevo “Complejo
Militar-Algorítmico”.
En los parqués de Wall Street, esto se conoce
ya como el Trump Trade definitivo.
Mientras las grandes tecnológicas de la costa oeste —Google, Apple, Microsoft—
titubeaban ante contratos militares por escrúpulos éticos o presiones de sus
empleados, Alex Karp y Peter Thiel eligieron bando hace mucho tiempo. “Palantir
solo suministra sus productos a aliados occidentales. Nunca hemos
suministrado nuestros productos a enemigos”, declaró Karp en una llamada con
inversores, con la claridad moral de quien ha leído a Carl Schmitt y entiende
que la política es, en última instancia, la distinción entre amigo y enemigo.
Palantir no ha
deconstruido el Estado; se ha convertido en su sistema operativo
Esta alineación ideológica con la
administración Trump no es casual. Peter Thiel, el cofundador de Palantir y
mentor de Karp, fue una figura clave en la transición de Trump en 2016,
llegando a tener una influencia tal que Steve Bannon describió su
enfoque como la “teoría de gobierno de Peter Thiel”: la idea de deconstruir el
estado administrativo desde dentro. Hoy, esa visión ha mutado. Palantir no ha
deconstruido el Estado; se ha convertido en su sistema operativo.
La captura de Maduro plantea interrogantes
inquietantes sobre la soberanía en el siglo XXI. La operación se sustentó
legalmente en una acusación de narcoterrorismo construida sobre terabytes de
evidencia digital: transacciones financieras, comunicaciones interceptadas y
patrones de movimiento, todo
procesado por la IA de Palantir. Es el triunfo de la jurisdicción digital sobre
la territorial. Si el algoritmo puede reconstruir tus finanzas y predecir tu
ubicación, las fronteras físicas se vuelven irrelevantes. Es la aplicación
definitiva de la “guerra legal” o lawfare,
donde la sentencia judicial es el preludio inmediato del misil.
Para China y Rusia, los valedores tradicionales
del chavismo, el mensaje es demoledor. La impunidad con la que Estados Unidos
ha operado en un entorno hostil, neutralizando las defensas de un aliado de
Moscú, demuestra una brecha tecnológica que la fuerza bruta convencional
no puede cerrar. No se trata de cuántos tanques tienes, sino de la calidad de
tu software de
gestión de batalla.
Occidente no
conquistó el mundo por la superioridad de sus ideas, sino por su superioridad
en aplicar la violencia organizada
Resulta paradójico que Alex Karp, el hombre que
en su juventud académica abominaba de la agresión inherente al lenguaje, haya
perfeccionado la gramática de la violencia estatal. En una carta reciente a sus
accionistas, Karp citaba al politólogo Samuel Huntington para
recordar que Occidente no conquistó el mundo por la superioridad de sus ideas,
sino por su superioridad en aplicar la violencia organizada.
Desde el 3 de enero de 2026, esa violencia
organizada tiene una interfaz de usuario elegante y corre sobre servidores en
la nube. Nicolás Maduro vuela hacia una celda en Estados Unidos, y Alex Karp,
el filósofo excéntrico que temía el fascismo, se ha convertido en el arquitecto
de un poder tan absoluto que haría palidecer al Leviatán de Hobbes. La
pregunta que nos queda, mientras miramos nuestras propias pantallas, es si en
este nuevo mundo transparente y predecible, queda algún lugar donde
esconderse.
