Viaje a la Luna

Viaje a la Luna

Una memoria a mis antepasados, a mis vivencias...unos versos de futuro.

QUIEN NO SE OCUPA DE NACER SE OCUPA DE MORIR

viernes, 30 de agosto de 2019


"Hey Jude": el himno Beatle que nació para "Jules", un insulto grabado y 36 músicos para el "nananana"
(Por Matías Bauso, INFOBAE)

Cuando a principios de este año, Paul McCartney tocó en Buenos Aires hubo una escena que sigue emocionando cada vez que se revén los videos que la registraron. Para finalizar el set, antes de los bises, y con la multitud enardecida (y enternecida) por el Beatle septuagenario, Paul comenzó a interpretar Hey Jude. Pero lo extraordinario de la situación no fue lo que pasó con los asistentes al recital, eso era de prever. Fuera del Campo de Polo, lugar del concierto, los autos que pasaban por la ancha avenida Del Libertador se detuvieron al escuchar los primeros acordes de la canción. La gente bajó de los autos y se puso a cantar. En una ciudad que vive corriendo a toda hora, nadie tocó bocina, nadie protestó por el tránsito detenido. Todos cantaron, felices y conmovidos, mientras acompañaban con palmas, ese "na na na nana nana, nana nana" inconfundible.

Paul compuso la parte principal de Hey Jude mientras manejaba su Astor Martin, un auto como vemos apto para agentes secretos y para crear obras maestras. Iba a visitar a Cynthia Lennon y al pequeño Julian, el hijo de 5 años. John y Cynthia acababan de divorciarse y Paul pensó que llevarle una melodía a ese pequeño podría aliviar su dolor. Muchos años después Cynthia dijo que para ella la visita de Paul había sido muy importante, que se sentía muy sola y el único del "círculo Beatle" que se había interesado en su bienestar y en el de su hijo había sido McCartney: "Sus caminos habían empezado a separarse y él fue el único que desafiaba a John, esa fue una manera de afirmarse ante él", recordó la ex esposa de Lennon. Paul contó que "la separación de ellos me había dejado particularmente desolado. Pensé esa melodía para confortar a Julian. Era un mensaje esperanzador para ese chico". Julian ya de grande y después de haber gozado de un fugaz éxito en el pop de los ochenta comentó: "Es muy emocionante saber que escribió esa canción mítica porque se preocupaba por mi mamá y por mí". Hace unos años se subastaron los apuntes de las sesiones de grabación de la canción y Julian Lennon los adquirió; pagó 25 mil libras por ellos. No está mal que sea él quien los posea.

Originalmente la canción decía (en homenaje a Julian) "Hey Jules". Pero a McCartney no le gustaba cómo sonaba, con esa ese final. Lo cambió por Jude -posiblemente por el personaje interpretado por Rod Steiger en la película Oklahoma. Y así se perpetuó.


Sin embargo, John tenía otra visión sobre el origen de este asunto. Creía que la canción era sobre él y no sobre su hijo: "Cuando dice Go out and get her (salí y andá a buscarla) inconscientemente me estaba diciendo que me fuera, aunque él inconscientemente no lo quisiera. El ángel que hay en él me daba su bendición para emprender un nuevo camino. Pero a su lado diabólico eso no le gustaba, no quería perder a su compañero". Otra pérdida que estaba sufriendo Paul en esos días era la de su novia Jane Asher. La relación se había roto definitivamente.

No interesa demasiado cuál es la versión correcta, la más ajustada a los hechos. Las dos emocionan por igual. Que Paul pensara en el hijo de su amigo y en su desamparo, o que fuera una desgarrada invocación a que su compañero de aventuras y de creación se largara solo pese al dolor que eso le causaba, no modifican demasiado la ecuación.

Los Beatles siempre pensaron a Hey Jude como un simple. Fue el primer lanzamiento de Apple, el sello discográfico que crearon. Estaban en medio de las grabaciones del Álbum Blanco y deseaban sacar un simple independiente con una canción que no estuviera en el doble. John Lennon peleó para que el lado A fuera Revolution pero su postura no tuvo adeptos. La composición de Paul era evidentemente un futuro hit y nadie podía resistir la tentación de lanzarla como lado A.

Las relaciones entre los cuatro de Liverpool no pasaban por su mejor momento. Se desgastaban minuto a minuto. Las presiones, la enorme cantidad de tiempo juntos, los caminos inéditos que cada uno emprendía profesional y personalmente, los celos, los terceros que entraban al círculo con cada nuevo amor. En la grabación de Hey Jude, George Harrison se enojó con Paul por sus modos y por mostrarse renuente a cada sugerencia musical suya. Cuatro días después de lanzado el simple, Ringo abandonó el grupo. Fue el primero en hacerlo. Para continuar con las grabaciones, los otros tres Beatles tuvieron que rastrearlo por todos lados. Lo encontraron, desestresándose (y rodeado por una decena de mujeres), en el yate de Peter Sellers. Les costó pero lo convencieron de volver.

Cuando Paul, sentado al piano, les mostró el tema a los demás, expresó sus dudas respecto a una línea de la letra. Dijo que ese verso lo iba a reescribir: "The movement you need is on your shoulder". Le parecía que esa frase no tenía ningún sentido. John lo conminó a dejarla. "No se te ocurra sacar esa línea. Es genial. La mejor de la canción". Y así quedó en la versión definitiva.


 Los apuntes de “Hey Jude” (Shutterstock)


La interpretación vocal de McCartney es ejemplar. Muestra su habitual calidez y agilidad. Paul es versátil y melódico. Brilla tanto en la parte de la balada como en los gritos y alaridos, en el pico emotivo y enérgico de la segunda parte.

James Taylor, quien estuvo en el estudio mientras los Beatles grababan este tema y parte del Álbum Blanco dijo: "Paul es como un pintor impresionista. Las piezas que integran su música son elementales, pero el resultado final, la obra terminada, es de una gran sofisticación. La gente elige entre Lennon o McCartney. Yo definitivamente estoy del lado de Paul".

Cuando comenzaron a tocar en la toma que quedó como definitiva, McCartney no se dio cuenta que Ringo había pasado por detrás de él para ir al baño. Mientras tocaba el piano y cantaba las primeras estrofas, vio a Ringo regresar apurado hacia su batería, en puntas de pie, sin hacer ruido, pero con velocidad, para llegar a su lugar en el momento exacto en que le correspondía entrar. "La batería entra tarde en esa canción, su parte recién está como al minuto de iniciada. De pronto lo veo pasar a Ringo, apurado, por detrás. Y en el momento exacto en que le toca entrar escucho: 'Boom, boom, boom'. Perfecto. El timing fue absolutamente impecable. Cuando pasan estas cosas, uno piensa que esa debe ser la toma definitiva. Lo que sucedió fue magia pura" narró Paul en sus memorias.

También contaron con una orquesta de 36 músicos clásicos. Les pagaron el doble para que además del aporte con sus instrumentos, batieran palmas y cantaran (na nana nana na na) en el momento indicado. Aceptaron todos menos uno que enérgicamente expresó: "No voy a aplaudir y a cantar en la maldita canción de McCartney".

Una curiosidad más de la grabación: a los 2′ 57" de canción se puede escuchar un "Ohh" de fondo. Dos segundos después, más tenue, se filtra un insulto: "Fucking hell". Geoff Emerick, el ingeniero de grabación, en su muy buen libro dice que esas expresiones fueron de Paul en el momento de fallar una nota. Otros dicen que el insulto es de John por un ruido que se produjo en medio de la ejecución.

George Martin expresó sus dudas respecto a la duración de la canción. 7 minutos 11 segundos. Les dijo que las radios no pasaban temas tan largos. La respuesta de John fue contundente: "Si es nuestra, la van a pasar". Esa arrogancia tan típica de Lennon. O ausencia de falsa modestia. Una insoportable lucidez cuando se trataba de entender cuál era el lugar de los Beatles en el mundo. Como con lo de agitar las joyas o ser más famosos que Cristo.


Naturalmente tuvo razón Lennon. No sólo las radios la pasaron, sino que este tema lanzado exactamente hace 51 años en el Reino Unido, fue el simple de los Beatles que más semanas en el número uno del ránking. Nueve semanas.

Los Beatles grabaron un video para lanzar Hey Jude. Fraguaron una presentación en el show de David Frost (el de Frost- Nixon). Después de la presentación del anfitrión, ellos tocan la cortina del programa compuesta por George Martin, su productor. Una broma interna. Luego un primer plano de Paul al piano. Sus ojos claros y un saco de pana bordó (Ringo lleva un inconcebible traje verde agua). La música está grabada, las voces no son en playback. A los cuatro se los ve algo aburridos, hastiados. Cada uno hace lo suyo con corrección. Sin embargo a mitad del tema, alguien deja a la gente acercarse a los músicos. Por más que fuera una puesta en escena, por más que ese movimiento del público rodeándolos haya sido premeditado, en ese momento todo cobra vida. Una inusual y festiva vitalidad. Es un momento (en realidad son cuatro minutos) de perfecta alegría. Donde se olvidan los problemas, los resquemores, las tensiones y sólo disfrutan. Hey Jude es un tributo a su amistad. En el peor momento, cuando la fractura es inminente, ahí están ellos, juntos, disfrutando pese a todo.


Hey Jude en el Lado A y Revolution en el Lado B, el primer sencillo del sello Apple de los Beatles

Hey Jude con ese épico y largo tarareo (nananeo sería más preciso) es un tema ideal para ser tocado en vivo. Los Beatles cuando lo compusieron ya no se presentaban ante el público. Paul lo revive hace cinco décadas en sus recitales. Cada vez que lo interpreta es una apoteosis, por eso su lugar siempre está al final. O cierra la lista original o directamente cierra los bises.

Cada uno tiene su canción Beatle favorita. Algunos creemos que la mejor es A day in a life; otros prefieren Strawberry Fields. Están los que votan por In my life o por la sencillez y la frescura de I want to hold your hand. Son gustos. Lo que nadie (NADIE) puede negar es que Hey Jude está entre las mejores. Y que es, desde hace 51 años, un clásico indeleble, una esperanzadora obra maestra del pop.



miércoles, 28 de agosto de 2019

NOCIÓN

Ya estoy distinto
sin tiempo prohibido
suspirando un beso
como manada de Lunas
por el Sahara
hago porvenir
del susurro de tu boca
me visto de anciano feliz
con bastón de la aurora



martes, 27 de agosto de 2019

LOS ARGENTINOS QUEREMOS GOLES
(Por Ricardo Aronskind, en el blog de Horacio Verbitsky “El Cohete a la Luna”) 



Lo inocultable

La pelota tenía que elevarse, pasar por encima de la barrera de jugadores, y entrar en el ángulo del arco, en un lugar tal que el arquero no tuviera posibilidad de rozar el balón. Tenía que ser allí, porque si no, no habría gol, y el resultado del partido sería muy distinto.

Y la pelota entró exactamente allí.

Así fueron los resultados de las PASO del 11 de agosto. El macrismo había preparado un conjunto de artimañas –las que eran públicamente conocidas, y las que no— para minimizar el resultado previsto que favorecía al Frente de Todos. No sólo contaba con la dudosísima empresa SmartMatic –contratada para concretar la compulsión macrista de “electronizar” las elecciones para ponerlas a tiro de hackers contratados locales o extranjeros—, sino el muy buen manejo de tiempos y climas del que había hecho gala Cambiemos en 2017, la colaboración hiper-oficialista de los grandes medios, el visto bueno militante de las embajadas amigas, la solidaridad de la derecha global con un gobierno que consideran propio con justa razón. La trampa era viable y posible dentro de determinados límites.

Todo estaba para diluir y eventualmente falsificar el resultado electoral, pero la pelota entró en el ángulo, y el hecho político fue indisimulable: 15 puntos de diferencia en Nación, 17 en Provincia de Buenos Aires. Abrumador. En esta misma columna habíamos consignado que “los mercados”, o sea los intereses alineados con este gobierno, en consulta con los analistas políticos amigos, consideraban que 6 era el número que separaba lo manejable de lo inmanejable por parte de Cambiemos. La frontera era 6. Nunca 10, nunca 15. Y ahí estaba la pelota del voto popular clavada en el lugar de lo políticamente irreversible.

Comunicacionalmente se trataba de un acontecimiento in-ninguneable, como hubiera sido una diferencia de 5 puntos. Empezando por la prensa internacional, que por más conservadora que sea, no ha llegado aún a la degradación desinformativa de los medios locales. A partir de allí, ningún gobierno extranjero podía dejar de tomar nota, ni las grandes corporaciones, ni los bancos y los grandes fondos de inversión, de la debacle del gobierno de los mercados.

Y por lo tanto el cerco mediático local quedó inutilizado, y hasta el propio Cambiemos, campeón de la negación y la manipulación de masas, debió conceder y aceptar un resultado ominoso para su futuro.

A partir de allí florecieron los mil cactus del odio y el resentimiento interno, el clima de desbande, las reacciones que oscilaban entre redoblar el ataque furioso contra el “kirchnerismo” (que de ser una secta de corruptos y autoritarios se había ampliado hasta abarcar al 47% de la población), o encontrar formas de ir al rescate de los enojados, los confundidos, los desorientados por el pequeño detalle del hundimiento económico.


Moviéndose hacia el centro

No cabe duda que fue la decisión estratégica de Cristina Fernández la que creó este escenario. Fue también el acierto en la designación de un político mucho más articulado que el candidato del FpV de 2015. Alberto Fernández fue el puente hacia sectores del peronismo oportunistas o más conservadores, remisos a toda confrontación con nadie, y hacia sectores de la población sin definiciones políticas muy precisas. También es potable para los ex macristas superficiales.

Quien esto escribe planteó, durante el período kirchnerista, que en muchos aspectos la gestión de Cristina se ubicaba en posiciones a la izquierda de lo que era un hipotético promedio social argentino. Fue una gestión que rozó los bordes de lo tolerable por una sociedad que tiene reservas de apatía y conservadorismo importantes, en todos los sectores. De todas formas, la buena gestión de ese gobierno, sus logros sociales, su voluntad integradora, ayudaron a atraer a un nuevo electorado y crearon las bases consistentes de un movimiento que, aunque desorganizado, es masivo y tienen una clara sensibilidad popular y progresista.

Para la derecha local, muy retrógrada e ideologizada, la experiencia kirchnerista rozó el “chavismo”, cuando en realidad fue una combinación de instintos populares y soberanistas y medidas pragmáticas para resolver –sin dañar a las mayorías— diversos problemas que se fueron presentando a lo largo de 12 años.

La acción propagandística de Cambiemos, que sólo fue la prolongación de lo que ya venían haciendo los grandes multimedios, apuntó al aislamiento y a la eventual desaparición del espacio social kirchnerista. Y algo logró en cuanto a generar rechazos pre-políticos no sólo contra la figura de Cristina, sino a todo lo que fuera popular o latinoamericanista. Bajo la máscara de la República, impulsaron un pensamiento conservador e individualista.

La decisión de Cristina respondió específicamente a esa situación. Si bien importante, el kirchnerismo encabezado por su líder indiscutida, podría ser eventualmente segregado o aislado por una combinación de todas las fuerzas anti-k, por las razones que fueran.

Alberto no es Cristina, como lo ha dicho reiteradas veces, y convoca a una coalición política diferente. Los denominadores comunes son más básicos, aunque resultan indispensables luego de la arrasadora gestión macrista.

Es característico de los ciclos de derecha en Argentina, que cuando concluyen es tal el descalabro que la sociedad se debe unir en base a cuestiones mínimas y elementales: la vida, al final de la dictadura cívico-militar, la subsistencia en el derrumbe de la convertibilidad.
El vasto espacio peronista, con sus gobernadores, sus intendentes, sus sindicalistas, parece dispuesto a acompañar un intento de gobierno en base a cuestiones muy básicas, como la restitución del poder adquisitivo del salario, la reactivación del mercado interno, el acotamiento de los negocios particulares a costa del resto de la sociedad.
En un contexto normal, se diría que es una coalición de centro, que viene a administrar y encauzar una situación más que orientar el rumbo del país mediante transformaciones significativas. Pero en la Argentina, que está terminando de sobrellevar una experiencia extremista neoliberal por tercera vez, adquiere el significado de un gobierno popular y de progreso.


Macri el malo

A medida que se derrumba la imagen presidencial, la figura de Macri se vuelve electoralmente insalubre para sus propias fuerzas. Así lo testimonian las reticencias a las fotos en común, las boletas dobladas para que no se lo vea, los cambios de color y denominación en diversos parajes del país. Se ha vuelto un lastre y su reacción auténtica, agresiva y amenazante del lunes 12, no contribuyó a que su suerte se enderece.

Tampoco las escasas medidas compensatorias que se han tomado después de favorecer la estampida del dólar hacia el andarivel de los 60 $. No cabe duda del impacto contractivo de ese movimiento cambiario, malamente compensado por los modestos alivios anunciados el miércoles siguiente. El mercado interno desciende un nuevo peldaño, mientras el macrismo fantasea con un resurgimiento electoral.
Sin embargo, se trataría de un error político personalizar en Mauricio Macri al actual desbarajuste económico y social. No es que no le quepan responsabilidades: él ha sido el conductor de todo este proceso, y en algunos casos el inspirador de las peores medidas.

Pero Macri no llegó a la Rosada en un plato volador. Macri llegó aupado por una poderosísima coalición de intereses locales y extranjeros, que tenían un claro plan de negocios para hacer con la Argentina. Si bien son impresionantes las ventajas que ha propiciado el Presidente para su familia, amigos y socios a costa del patrimonio público, él está al frente del Poder Ejecutivo Nacional para que los fondos buitres, el campo, las mineras, las energéticas, ciertos proveedores del Estado y los fondos de inversión extranjeros ganen mucha plata en la Argentina. La suma de negocios privados no hacen un plan de gobierno, por más poderosos que sean quienes estén involucrados. Es precisamente la suma de negocios privados, sin ninguna tarea de compatibilización macroeconómica y social para hacerlos consistentes y sustentables, lo que ha llevado al actual desastre.

Saquemos por un segundo a Mauricio Macri del esquema. Pongamos a la Madre Teresa de Calcuta, o al más brillante de los CEOs de Wall Street: si insistieran en satisfacer las demandas desarticuladas de diversas fracciones empresariales, terminarían en igual catástrofe económica. Porque es la inconsistencia de base la que hace fracasar –y hará fracasar— cualquier experimento basado en la misma falla inicial.

Hoy, con la imagen de Mauricio Macri cayendo en picada, se corre el riesgo de que su figura se transforme en el árbol que tape el bosque. Que más y más argentinos, cada día, mascullen su nombre como sinónimo de desgracia, de impericia, de chantada, pero que no terminen de comprender que su fracaso no es exclusivo de él, sino de los sectores más encumbrados de la Argentina, que apostaron fervorosamente a un proyecto inviable e irresponsable, encandilados con la posibilidades de acceder directamente al poder estatal para gestionar negocios particulares e incrementar los beneficios sectoriales.
Macri es responsable políticamente, pero su candidatura es inexplicable sin la confluencia de sectores que deberían tener una mirada más amplia y estratégica, pero que volvieron a demostrar que carecen de ella.


Queremos goles

Le tocará ahora a Alberto Fernández y a Cristina Kirchner lidiar con el país endeudado y con gravísimos problemas de viabilidad productiva. Tienen de vuelta frente a sí a un poder económico que continúa simpatizando con Macri —que se les parece más—, y que desconfía seriamente de lo que podría hacer un gobierno de base popular.

Nos gustaría pensar que en algún encuentro reservado y recóndito algunos de los empresarios más influyentes de la Argentina pudieran preguntarse: ¿por qué apoyamos esto? ¿No hay algo que hicimos mal? ¿No tenemos algo para revisar de nuestra propia acción política y del tipo de proyectos que sostenemos? ¿O mejor hacemos como Macri, y le echamos la culpa a otros?

Está hundiéndose políticamente el proyecto económico-social de un bloque de poder tan poderoso como inepto. Bastará con hacer políticas sensatas e inteligentes para que la Argentina remonte y empiece a funcionar como necesitan las amplias mayorías.

¿Cómo se parará el futuro gobierno popular ante el conjunto de demandas sociales contradictorias que convergerán sobre la naciente administración?
¿Podrá la coalición política triunfante transformarse en una coalición social estable, a la altura de los desafíos estructurales, o recibirá los consejos estériles de los responsables del actual fracaso nacional?

Por ahora hay que seguir votando bien, y preparando respuestas creativas para el escenario pésimo que dejará la coalición macrista.



viernes, 23 de agosto de 2019


Uno de los máximos críticos de la desigualdad mundial vino al país invitado por uno de los cinco empresarios más ricos de la Argentina
(Por Marcelo Zlotogwiazda, INFOBAE)



Llama la atención que una de las personas con una fortuna de miles de millones de dólares y que es parte del pequeñísimo grupo que se ha beneficiado de la inequidad y concentración de la riqueza que impera aquí y en el mundo haya invitado a un académico con una visión de izquierda como el serbio Branko Milanovic. Lo peculiar se entiende si se tiene en cuenta que el Boletín Techint se ha caracterizado en sus 60 años de vida por publicar muy buenos ensayos y con criterio pluralista.

Además, tal vez otro de los motivos de la invitación es lo que en la presentación del seminario dijo Guillermo Hang, el director ejecutivo de la revista: "La creciente desigualdad constituye un peligro para el capitalismo democrático".

 Si los individuos se preocupan más acerca de su posición relativa en donde viven que lo que pasa en China o en el mundo entero, esa percepción acerca de la creciente desigualdad neutraliza las ventajas de la caída en la desigualdad global
La misma preocupación que en reiteradas oportunidades manifestó desde la ex titular del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, hasta los más acaudalados empresarios como Bill Gates o Warren Buffet. Incluso, como se verá más adelante, el World Economic Forum que todos los años reúne a presidentes, ministros y a lo más selecto del establishment mundial en Davos, acaba de difundir estadísticas espeluznantes sobre el nivel de concentración y desigualdad de riqueza.

Eso también explica que figuras como Milanovic o Thomas Piketty con su best seller El Capital en el Siglo XXI, suenen como candidatos a Premio Nobel.

Sorprendiendo a quien no haya leído su último libro publicado aquí, Desigualdad Mundial (está por editarse Capitalism Alone), Milanovic comenzó la conferencia mostrando que en los últimos años la desigualdad de ingresos entre las personas en el mundo entero no ha aumentado sino disminuido. La explicación es que el impresionante incremento en los ingresos de China y otros países de enorme población, como India e Indonesia, hizo emerger una gran clase media mundial. El lo denomina "el rebalanceo del mundo".

Pero de inmediato aclaró un punto central: la desigualdad mundial ha caído pero la desigualdad dentro de los países ha aumentado. Y mucho. Tanto si se mide por ingresos como por patrimonio. "Lo políticamente clave es que las personas perciben la desigualdad en sus países", dijo.

 La concentración del ingreso reforzará el poder político de los ricos, y eso hará que los cambios a favor de los pobres en política tributaria, en el financiamiento de la educación pública y en el gasto en infraestructura sea menos probable
Agregó: "Si los individuos se preocupan más acerca de su posición relativa en donde viven que lo que pasa en China o en el mundo entero, esa percepción acerca de la creciente desigualdad neutraliza las ventajas de la caída en la desigualdad global. Y eso cobra preponderancia política".

Propone que el acceso a la educación sea 'significativamente igualitario'. Eso quiere decir que no debe haber escuelas para ricos y otras para pobres, sino que cualquiera pueda elegir donde estudiar, independientemente de su condición social

Aún cuando entre los 7.500 millones de habitantes de la Tierra hay menos diferencia que antes, Milanovic aportó datos que revelan que de todas maneras la desigualdad es obscena. Medido por ingresos:

– 7 por ciento de gente en el mundo vive en condiciones promedio como hace dos siglos.
– 45 por ciento como hace un siglo
– 33 por ciento como hace 150 años
– Sólo un 15 por ciento goza del nivel de vida promedio que hoy tiene la humanidad.

En su libro se explaya sobre las causas del fenómeno, que a la vez se potenciarán si la política no introduce cambios en el capitalismo.

– "Los ingresos de capital están y seguirán estando muy concentrados".
– "Aquellos que obtengan altos ingresos de capital y del trabajo serán las mismas personas, lo que exacerbará la desigualdad".
– "Los individuos altamente especializados y ricos en capital y en trabajo tenderán a casarse entre sí".
– "La concentración del ingreso reforzará el poder político de los ricos, y eso hará que los cambios a favor de los pobres en política tributaria, en el financiamiento de la educación pública y en el gasto en infraestructura sea menos probable".

Eso se refuerza por el hecho de que los ricos se desentienden de lo público, en la medida que ellos se basan cada vez más en la educación, la salud y la seguridad privada.
Define a ese conjunto de factores como "una tormenta perfecta".
Milanovic sostiene que, más allá de que en China gobierne un partido llamado Comunista, que sea único, y que no haya democracia, en el mundo sólo ha quedado el capitalismo. Pero un capitalismo que caracteriza como "plutocrático", e incluso como una especie de "dictadura de la burguesía".

 El 46 por ciento de la riqueza total está en manos de apenas 28 millones de personas, que tienen en promedio una fortuna de casi 5 millones de dólares
Su diagnóstico crítico da paso a las propuestas de cambio. Entre ellas sobresalen algunas clásicas como por ejemplo:
– reformas drásticas en los esquemas tributarios;
– aplicación de impuesto a la herencia;
– mecanismos obligatorios de distribución de la propiedad mediante el reparto de acciones.

Pero aporta algunas ideas muy originales. Propone que el acceso a la educación sea "significativamente igualitario". Eso quiere decir que no debe haber escuelas para ricos y otras para pobres, sino que cualquiera pueda elegir donde estudiar, independientemente de su condición social.

Y aporta el concepto de "igualdad existencial", lo que se traduce en que todos deberían tener el mismo tiempo de vacaciones, trabajar la misma cantidad de horas, por ejemplo.

Para poner números al mundo que explica Milanovic, los datos que el World Economic Forum divulgó anteayer indican, sobre un total de riqueza mundial estimada en 280 billones (280.000.000.000.000) de dólares:

– 70 por ciento de la población adulta tiene menos de 10.000 dólares.
– 21,3 por ciento entre 10.000 y 100.000.
– 7,9 por ciento entre 100.000 y un millón.
– 0,7 por ciento más de 1 millón.

Eso significa que el 46 por ciento de la riqueza total está en manos de apenas 28 millones de personas, que tienen en promedio una fortuna de casi 5 millones de dólares.

 De acuerdo a cálculos de la consultora Wealth X, en el país hay algo más de mil personas con un patrimonio neto superior a los 30 millones de dólares, que disponen en conjunto de 140.000 millones

Milanovic visita un país en crisis pero en el que la desigualdad no ha sido un tema demasiado presente en la discusión política. El debate suele focalizarse sólo en la pobreza. Que es parte del asunto. Pero sólo una parte.

Y eso que la Argentina tiene niveles de desigualdad de ingresos y riqueza que se han ido pareciendo a los de América Latina, que son los más elevados del mundo.
Para medir la desigualdad de ingresos se utiliza un coeficiente llamado Gini. Toma valor cero si todos tienen el mismo ingreso, y llega a uno en el hipotético caso en que uno tenga todo. Es decir, cuánto más alto, mayor desigualdad. Según mostró en el seminario la expositora Roxana Maurizio, en 1974 el Gini de la Argentina era 0,36 y actualmente (antes del último sacudón) era de 0,46.

Una drástica y dramática suba hasta un nivel altísimo.

En cuando a la riqueza, de acuerdo a cálculos de hace un par de años elaborados por la consultora Wealth X, en el país hay algo más de mil personas con un patrimonio neto superior a los 30 millones de dólares, que disponen en conjunto de 140.000 millones.

Uno de ellos es Paolo Rocca, que ayer escuchó atentamente toda la exposición de Milanovic.


miércoles, 31 de julio de 2019


LA ECONOMÍA MACRISTA ESTA EN UN CALLEJÓN SIN SALIDA
(Por Paula Español(*), PAGINA12)


El año 2019 cerrará con los peores niveles de inversión desde la crisis internacional de 2009, con una caída que se acercará al 20 por ciento. A diferencia de dicho año, hoy las perspectivas son negativas: incluso, el FMI estima que el año que viene, de seguirse su programa, la inversión seguiría sin recuperarse. La “lluvia de inversiones” se convirtió en una más de las numerosas falsas promesas de campaña. La inversión habrá caído en tres de los cuatro años de la gestión macrista, con la única excepción de 2017. En el primer trimestre de 2019, la tasa de inversión (inversión/PBI) fue de 17,4 por ciento, y todo indica que seguirá cayendo en lo que resta del año .

En este caso, los errores de diagnóstico y las anteojeras ideológicas de los economistas del macrismo también fueron parte del problema. Se creía que un gobierno más “pro-mercado” iba a generar un mejor “clima de inversión”, que se iba a transformar, casi por arte de magia, en mayor inversión. Mientras en septiembre de 2016 se realizaba a toda pompa el “mini-Davos” en Argentina y se festejaba nuestro “regreso al mundo”, la inversión caía al 8 por ciento. De igual manera la inversión extranjera directa (IED) que debía ser parte de la “lluvia de inversiones” -que nunca ocurrió- se mantuvo estancada todos estos años: luego de caer en 2016, la IED se recuperó pero aún así, el promedio de ingreso de IED 2016-2018 alcanzó 8900 millones de dólares, frente a un promedio de  10.500 millones de dólares para los años 2012-2015.

La inversión cae por varios motivos. En primer lugar, por una cuestión básica: una economía en recesión no genera las condiciones de demanda necesarias para que un proyecto de inversión sea rentable. La constante caída del consumo privado (que explica el 70 por ciento del PIB) limita la posibilidad de hacer negocios . ¿Puede esperarse inversión en la industria manufacturera con una utilización de capacidad instalada en torno al 60 por ciento?

En tanto, el ajuste del gasto en un contexto recesivo en pos de cumplir las metas fiscales es otro factor contractivo para la inversión, tanto de manera directa (obra pública) como de manera indirecta. En efecto, por más que en campaña busquen decir lo contrario, los gastos de capital (inversión) del Estado se contrajeron 61,1 por ciento en términos reales al comparar el primer semestre de 2015 con el de 2019. Esto limita las mejoras en infraestructura que se requieren para impulsar la inversión del sector privado y mejorar por ambas vías la competitividad.

Las dificultades de acceso al crédito es otro de los principales motivos de la caída de la inversión. La eliminación de la Línea de Crédito de Inversión Productiva impulsada por el BCRA, que otorgaba fondos a tasas preferenciales para proyectos de inversión, redujo la oferta de crédito disponible. La política de contracción monetaria, por su parte, implica tasas de interés prohibitivas para proyectos de inversión.

Otra condición ausente, que este gobierno supuestamente venía a garantizar y estuvo muy lejos de cumplir, es la estabilidad y la previsibilidad. El salto de más de 100 por ciento en un año del tipo de cambio del año pasado, la inflación más alta desde 1991 y los cambios permanentes en materia de política tributaria (como por ejemplo las quitas y reimposiciones de derechos de exportación), entre otras cosas, generaron incertidumbre y retrasan las decisiones de inversión.

Si bien el gobierno logró que el FMI autorice a garantizar la calma cambiaria hasta las elecciones, el problema continúa latente. Dado que el FMI sigue atado a los manuales de la libre flotación y desregulación plena de los movimientos de capital, los movimientos bruscos del dólar podrían repetirse.

Vale mencionar que todo esto aconteció en un contexto en el cual hubo una elevada disponibilidad de créditos y divisas del exterior, que suelen ser un limitante clave para los aumentos de inversión. Es decir: existieron dólares para que la economía funcione y crezca, pero se destinaron a otros usos que lejos están de mejorar nuestra capacidad exportadora en el futuro.

Un gobierno que asumió prometiendo un crecimiento traccionado por la inversión y las exportaciones, se acerca al final del mandato con números que muestran el incumplimiento absoluto de sus objetivos. La inversión se derrumba, las exportaciones no arrancan (aún con un ajuste cambiario de casi 350 por ciento en estos 3 años) y el PIB cerrará 3 años de caída sobre 4 de gestión.

De seguir con estas políticas (ajuste permanente, tasas altas, incertidumbre macroeconómica), hasta el propio FMI admite que la inversión seguirá languideciendo. No luce nada tentador seguir por la misma vía pero más rápido. Sin dudas, la respuesta a esta crisis es cambiar el rumbo económico para volver a crecer, recuperando la demanda y poniendo el foco en la producción y en la inversión. 

(*) Directora de Radar Consultora.


lunes, 29 de julio de 2019



UNA CUBA ACOSADA POR 60 AÑOS FRENTE A LOS OJOS DE LOS "DEMÓCRATAS" DEL MUNDO ES UN VERGÜENZA PARA LA HUMANIDAD TODA

922 630 millones de dólares

son las pérdidas que ha traído el BLOQUEO de Estados Unidos a CUBA en todo este tiempo, solo porque una pequeña isla ha pedido ser tratada como SOBERANA e IGUAL en las relaciones internacionales con el poderoso del NORTE.


No digan después que no lo sabían, ahí está el numero que ha impedido a todo un pueblo desarrollarse, vivir próspero y tranquilo como SE MERECE cualquier humano sobre esta tierra.



viernes, 26 de julio de 2019

COMENZAR

Solo unos pocos pasos
de un ornitorrinco en la nieve
la magia de ser
en la cascada de la noche
donde no hay manuales
solo aguantar la respiración
y caer,
mientras,
construyes castillos en el aire
confundes como Jerónimo
malus con manzana
te haces de tus propios yerros
"Doch immer kläfft es hinterher"
muchas fake news en el abrazo
una singularidad para el destello
o una muerte lenta
con los pies fríos


...Absurdo suponer que el paraíso
es sólo la igualdad, las buenas leyes
el sueño se hace a mano y sin permiso
arando el porvenir con viejos bueyes...





Si se votara por el bolsillo, Mauricio Macri pierde seguro
(Por Marcelo Zlotogwiazda, INFOBAE)


La caída total del empleo registrado (incorporando monotributistas, autónomos y personal doméstico) fue en los últimos 12 meses hasta mayo de 217.000, y hubiera sido aún mayor si el Estado no hubiera aumentado su dotación. Y seguramente más alto si se contara con datos del empleo en negro actualizado.

El Ministerio que conduce Dante Sica también difundió datos sobre salarios, que resultaron igualmente negativos. La remuneración promedio de los trabajadores asalariados del sector privado fue en mayo de $42.200, lo que representa un 43% más que un año atrás, lo que a su vez implica una pérdida de poder de compra del 8,9% en esos doce meses. Fue el duodécimo mes consecutivo en el que la variación anual del ingreso de un empleado formal pierde contra la inflación del período.

Con menos empleo y menos poder de compra es inevitable que el consumo registre fuertes caídas. El martes el Indec había informado que las ventas en supermercados bajaron en mayo 13,5% respecto a mayo del año previo y un 1% respecto al mes anterior. Y los resultados conocidos ayer del relevamiento mensual de la consultora Kantar muestran que el consumo masivo (alimentos, bebidas, artículos de limpieza y tocador) fue en junio un 9% inferior que en junio 2018, acumulando para el semestre una caída del 8%.  El reporte reveló, además, que el consumo que más se deterioró fue el de las personas del segmento más bajo de la pirámide social.

Con estos datos a la vista, es obvio que si la gente votara en base al bolsillo el resultado de la elección presidencial estaría cantado en contra de Mauricio Macri. Es una deducción elemental, que además está avalada por estudios de renombrados académicos. Larry Bartels, un politólogo muy prestigioso de la Universidad de Vanderbilt sostiene: "Las condiciones económicas objetivas – no la propaganda política inteligente, ni la performance en los debates, ni alguna otra circunstancia efímera del día a día de la campaña- son la cuestión singular que más influye para la perspectiva de reelección de un presidente".

Las condiciones económicas objetivas – no la propaganda política inteligente, ni la performance en los debates, ni alguna otra circunstancia efímera del día a día de la campaña- son la cuestión singular que más influye para la perspectiva de reelección de un presidente (Larry Bartels, politólogo Universidad de Vanderbilt).

Bartels se refería a una elección en Estados Unidos, pero por sentido común esa máxima puede asumirse universal. Sin embargo, la Argentina es un país tan peculiar que rompe hasta con las obviedades más ostensibles. Pese a los pésimos resultados en las dos variables que más afectan el bolsillo, a 16 días de las Primarias y a dos meses de la elección general, la reelección de Mauricio Macri no está de ninguna manera descartada, y según la mayoría de los encuestadores tiene tantas chances de ganar como Alberto Fernández.

El balance de la gestión de Gobierno no sólo es altamente deficiente si se lo evalúa a través de las variables que directamente afectan al bolsillo. Gane quien gane, se encontrará con un país con más pobreza y desigualdad, mucho más endeudado, con sus crónicos problemas de sector externo agravados, con debilidades de infraestructura básica que no se corresponden con lo que muestran los spots de campaña del oficialismo, con menor integración a las cadenas de valor mundiales que la que había cuatro años atrás, y sin nada que se parezca a una estrategia capaz de conjugar crecimiento con inclusión social.
 Gane quien gane, se encontrará con un país con más pobreza y desigualdad, mucho más endeudado, con sus crónicos problemas de sector externo agravados, con debilidades de infraestructura básica.

Tan poco habían hecho en concreto en pos de una estrategia de desarrollo para aprovechar el potencial que tiene el país para ganar mercados, que ni siquiera la brusca devaluación que se desató el año pasado alcanzó para mover de manera significativa el amperímetro de las exportaciones.

Según los datos que ayer difundió el Indec, en junio las exportaciones subieron apenas 1,9% respecto a un año atrás, y acumulan en el primer semestre del año un alza de nada más que el 2,4%. Fotografía que se empaña todavía más al observar que las exportaciones de manufacturas industriales cayeron en junio 11,9% contra igual mes de 2018, y en el semestre registran una disminución del 7,5 por ciento.

La balanza comercial sí pegó una vuelta gorda, pasando de un déficit de USD 4.900 millones en la primera mitad del año pasado a un superávit de USD 5.600 en la primera mitad de 2019. Pero esa reversión fue motorizada por la peor de las alternativas para que el saldo cambie de signo: se explica casi por completo por el estrepitoso desplome de las importaciones, que bajaron de 34.900 a 25.100 millones de dólares de un primer semestre a otro, como consecuencia del aumento del dólar, y del ajuste en el consumo, la producción y la inversión.

El discurso del Gobierno sobre la Argentina del futuro incluye a Vaca Muerta, los agronegocios, la pesca, la minería, los servicios de conocimiento, el turismo y poca cosa más. Insuficiente para imaginar un país capaz de mejorar sensiblemente su escasez de dólares y hacerle lugar digno al tercio de la población que está excluido de los beneficios de la modernidad.

La inclusión de ese tercio requiere de políticas que este Gobierno no ha encarado ni por asomo con la dedicación, profundidad y rigurosidad necesaria. Un trabajo elaborado en conjunto por el Centro de Implementación de Políticas Públicas para el Crecimiento (Cippec), el Centro de Estudios Distributivos Laborales y Sociales (Cedlas) y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) da una pauta de lo dificilísimo del desafío: "Con un crecimiento del PBI per cápita del 1%, la pobreza caería a 27% en cinco años, a 24,5% en diez años y a 20% en veinte años. Una tasa de crecimiento del 3% anual permitiría reducir la pobreza de 30% a 25,8% en cinco años, a 16% en diez años y a 9% en dos décadas. Con una tasa muy alta del 5% anual la pobreza podría caer a cerca de 20% en 2023, y si esos valores se mantuvieran un lustro más, la pobreza podría caer a alrededor del 10% en 2028, y con una década adicional de crecimiento, la pobreza podría reducirse a menos del 4%. Es decir, sólo en un escenario de crecimiento sostenido a tasas altas durante dos décadas, la pobreza de ingresos quedaría reducida a un grupo poblacional pequeño".

Parecen objetivos utópicos para un país cuyo PBI per cápita es menor que el de hace varios años atrás y que ha caída bastante durante este Gobierno. Los autores señalan que "una estrategia general de reducción de la pobreza debe incluir políticas macroeconómicas que favorezcan el crecimiento con estabilidad, pero también políticas laborales, de protección social, educativas, habitacionales y de hábitat, entre otras".  Nada parecido a lo que sucedió en esta gestión.

Sin embargo, a pesar del bolsillo y de todo lo demás, la lógica de Bartels puede quedar desacreditada con un triunfo de Macri. ¿Razones? Algunas muy trilladas, como el rechazo de un sector de la sociedad al peronismo en general, al kirchnerismo en particular, y más que nada a la figura de Cristina Fernández, o el desembozado apoyo de los principales medios y del poder económico al oficialismo. A lo que podría sumarse la ventaja de profesionalidad en campañas políticas que el macrismo le saca a su adversario.

Pero también está comenzando a notarse una sensible mejoría en las expectativas. El índice de confianza del consumidor que elabora Poliarquía para la Universidad Di Tella arrojó en julio una suba de 8,9% respecto a junio, y del 21,9% en la comparación interanual con julio de 2018. En una escala 0-100 el índice se ubicó en 44,2%, muy por arriba del 32% de noviembre pasado y no muy lejos del 51% que registró en octubre de 2017 cuando el oficialismo ganó las elecciones de medio término.

La encuesta registra que hay una sensación mala sobre el presente pero expectativas mucho mejores. ¿A qué se debe? La encuesta no lo responde.

Y se ha visto que la Argentina es un país muy raro, en el que un mal gobierno puede llegar a ser reelecto.


jueves, 25 de julio de 2019


RESPIRACIÓN

Vientos alados de proa
pronunciados por tus labios
una piel de Luna transpirada
sobre el cristal
que traquetea el éter
entre dos Mundos
una oscilación arrítmica
de dos moléculas sacudidas
por la sed
el cielo, el cielo
el cielo en bocanadas



Cause you know sometimes words have two meanings...




miércoles, 24 de julio de 2019


MARXISTAS SOMOS TODOS
(Por Atilio A. Boron, en su blog https://atilioboron.wordpress.com/)


Los trogloditas de la derecha argentina quisieron descalificar a Axel Kicillof acusándolo de “marxista”. Este ataque sólo revela el primitivo nivel cultural de sus críticos, ignaros de la historia de las ideas y teorías científicas elaboradas a lo largo de los  siglos. Es obvio que en su inepcia desconocen  que Karl Marx produjo una revolución teórica de enormes alcances en la historia y las ciencias sociales, equivalente, según muchos especialistas, a las que en su tiempo produjera Copérnico en el campo de la Astronomía.  Por eso hoy, sepámoslo o no (y muchos no lo saben) todos somos copernicanos y marxistas, y quien reniegue de esta verdad se revela como un rústico  sobreviviente de siglos pasados y huéfano de las categorías intelectuales que le permiten comprender al mundo actual.

Copérnico sostuvo en su obra magna, La Revolución de las Esferas Celestes, que era el sol y no la Tierra quien ocupaba el centro del universo. Y además, contrariamente a lo que sostenía la Astronomía de Ptolomeo, comprobó que nuestro planeta no era un centro inmóvil alrededor del cual giraban todos los demás sino que ella misma se movía y giraba. Recordemos las palabras de Galileo cuando los doctores de la Inquisición le obligaron a retractarse de su adhesión a la teoría copernicana: ¡Eppur si muove! , susurró ante sus censores que seguían ensañados con Copérnico a más de un  siglo de haber formulado su teoría.  Descubrimiento revolucionario pero no sólo en el terreno de la Astronomía, toda vez ponía en cuestión cruciales creencias políticas de su tiempo. Como lo recuerda Bertolt Brecht en su espléndida obra de teatro: Galileo, la dignidad y sacralidad de tronos y potestades fue irreparablemente menoscabada por la teorización del astrónomo polaco. Si con la teoría geocéntrica de Ptolomeo el Papa y los reyes y emperadores eran excelsas figuras que se empinaban en la cumbre de una jerarquía social en un planeta que era nada menos que el centro del universo, con la revolución copernicana quedaban reducidos a la condición de frágiles reyezuelos de un minúsculo planeta, que como tantos otros, giraba en torno al sol.

Cuatro siglos después de Copérnico Marx produciría una revolución teórica de semejante envergadura al echar por tierra las concepciones dominantes sobre la sociedad y los procesos históricos. Su genial descubrimiento puede resumirse así: la forma en que las sociedades resuelven sus necesidades fundamentales: alimentarse, vestirse, abrigarse, guarecerse, promover el bienestar,  posibilitar el crecimiento espiritual de la población y garantizar la reproducción de la especie constituyen el indispensable sustento de toda la vida social. Sobre este conjunto de condiciones materiales cada sociedad construye un inmenso entramado de agentes y estructuras sociales, instituciones políticas, creencias morales y religiosas y tradiciones culturales que van variando en la medida en que el sustrato material que las sostiene se va modificando. De su análisis Marx extrajo dos grandes conclusiones: primero,  que el significado profundo del proceso histórico anida en la sucesión de formas bajo las cuales hombres y mujeres han enfrentado aquellos desafíos a lo largo de miles de años. Segundo, que estas formaciones sociales son inherentemente históricas y transitorias: surgen bajo determinadas condiciones, se expanden y consolidan, llegan a su apogeo y luego inician una irreversible decadencia. Por consiguiente, ninguna formación social puede aspirar a la eternidad y mucho menos el capitalismo habida cuenta de la densidad y velocidad con que las contradicciones que les son propias se despliegan en su seno. Malas noticias para Francis Fukuyama y sus discípulos que a fines del siglo pasado anunciaban al mundo el fin de la historia, el triunfo final del libre mercado, la globalización neoliberal y la victoria inapelable de la democracia liberal.

Al igual que ocurriera con Copérnico en la Astronomía, la revolución teórica de Marx arrojó por la borda el saber convencional que había prevalecido durante siglos. Este concebía a la historia como un caleidoscópico desfile de notables personalidades (reyes, príncipes, Papas, presidentes, diversos jefes de estado, líderes políticos, etcétera) puntuado por grandes acontecimientos (batallas, guerras, innovaciones científicas, descubrimientos geográficos).  Marx hizo a un lado todas estas apariencias y descubrió que el hilo conductor que permitía descifrar el jeroglífico del proceso histórico eran los cambios que se producían en la forma en que hombres y mujeres se alimentaban, vestían, guarecían y daban continuidad a su especie, todo lo cual lo sintetizó bajo el concepto de “modo de producción”. Estos cambios en las condiciones materiales de la vida social daban nacimiento a nuevas estructuraciones sociales, instituciones políticas, valores, creencias, tradiciones culturales a la vez que decretaban la obsolescencia de las precedentes, aunque nada había de mecánico ni de lineal en este condicionamiento “en última instancia” del sustrato material de la vida social. Con esto Marx desencadenó en la historia y las ciencias sociales una revolución teórica tan rotunda y trascendente como la de Copérnico y, casi simultáneamente, con la que brotaba de las sensacionales revelaciones de Charles Darwin. Y así como hoy se convertiría en un hazmerreir mundial quien reivindicase la concepción geocéntrica de Ptolomeo, no mejor suerte correrían quienes increpasen a alguien acusándolo de “marxista.” Porque al hacerlo negarían el papel fundamental que la vida económica desempeña en la sociedad y también en los procesos históricos (y que Marx fue el primero en colocar en el centro de la escena). Quién profiriese semejante “insulto” confesaría, para su vergüenza, su desconocimiento de los últimos dos siglos en el desarrollo del pensamiento social. Grotescos personajes como estos no sólo se vuelven pre-copernicanos sino también pre-darwinistas, pre- newtonianos y pre-freudianos. Representan, en suma, una fuga a lo más oscuro del medioevo.

Bien, pero ¿alcanza lo anterior para decir que “todos somos marxistas”? Creo que sí, y por estas razones: si algo caracteriza al pensamiento y la ideología de la sociedad capitalista es la tendencia hacia la total mercantilización de la vida social. Todo lo que toca el capital se convierte en mercancía o en un hecho económico: desde las más excelsas creencias religiosas hasta viejos derechos consagrados por una tradición multisecular; desde la salud hasta la educación; desde la seguridad social hasta las cárceles, el entretenimiento y la información. Bajo el imperio del capitalismo las naciones se degradan al rango de mercados y el bien y el mal social pasan a medirse exclusivamente por las cifras de la economía, por el PBI, por el déficit fiscal o la capacidad exportadora. Si alguna impronta ha dejado el capitalismo en su paso por la historia –transitorio, pues como sistema está condenado a desaparecer, tal como ocurriera sin excepción con todas las formas económicas que le precedieron- ha sido elevar a la economía como el parámetro supremo que distingue a la buena de la mala sociedad. El orden del capital ha erigido al Mercado como su Dios, y las únicas ofrendas que este moderno Moloch admite son las mercancías y las ganancias que produce su intercambio.  El sutil y cauteloso énfasis que Marx le otorgara a las condiciones materiales –siempre mediatizadas por componentes no económicos como la cultura, la política, la ideología- alcanza en el pensamiento burgués extremos de vulgaridad que lindan con lo obsceno. Oigamos lo que Bill Clinton le espetara a George Bush en la campaña  presidencial de 1992: “¡es la economía, estúpido!”. Y basta con leer los informes de los gobiernos, de los académicos y de los organismos internacionales para constatar que lo que distingue el bien del mal de una sociedad capitalista es la marcha de la economía. ¿Quieres saber cómo está un país? Mira cómo se cotizan sus bonos del Tesoro en Wall Street, o cuál es el índice de su “riesgo país”? O escucha lo que te dicen una y mil veces los gobernantes de la derecha cuando para justificar el holocausto social al que someten a sus pueblos por la vía de los ajustes presupuestarios afirman que “los números gobiernan al mundo”.

Personajes como estos conforman una clase especial y aberrante de “marxistas” porque redujeron el radical descubrimiento de su fundador y toda la complejidad de su aparato teórico a un grosero economicismo. El “materialismo economicista” es una versión abortada, incompleta, deformada del marxismo pero  que resulta muy conveniente para las necesidades de la burguesía y de una sociedad que sólo sabe de precios y nada de valores. Un marxismo deformado y abortado porque la burguesía y sus representantes sólo se apropiaron de una parte del argumento marxiano: aquella que subrayaba la importancia decisiva de los factores económicos en la estructuración de la vida social. Con certero instinto hicieron a un lado la otra mitad:  la que sentenciaba que la dialéctica de las contradicciones sociales –el incesante conflicto entre fuerzas productivas y relaciones de producción y  la lucha de clases resultante- conduciría inexorablemente a la abolición del capitalismo y a la construcción de un tipo histórico de sociedad pos-capitalista. Que esto no sea inminente no quiere decir que no vaya a ocurrir. En otras palabras: el “marxismo” del que se apropiaron las clases dominantes del capitalismo a través de sus intelectuales orgánicos y sus tanques e pensamiento quedó reducido a un grosero materialismo economicista.

Por eso, hoy todos somos marxistas. La mayoría marxistas aberrantes, de “cocción incompleta”, al exaltar hasta el paroxismo la importancia de los hechos económicos y ocultar a sabiendas que la dinámica social conducirá, más pronto que tarde, a una transformación revolucionaria de la sociedad actual. Este economicismo es el grado cero del marxismo, su punto de partida más no el de llegada. Es un  marxismo tronchado en su desarrollo teórico; contiene los gérmenes del materialismo histórico pero se estanca en sus primeras hipótesis y soslaya –u oculta a sabiendas- su desenlace revolucionario y la propuesta de construir una sociedad más justa, libre, democrática. Pero hay otros marxistas para quienes la revolución teórica de Marx no sólo  corrobora la transitoriedad de la sociedad actual sino que insinúa cuáles son los probables senderos de su histórica superación, sea por distintas vías revolucionarias como por la dinámica incontenible de un proceso de reformas radicalizadas. En contra de los marxistas inacabados, de “cocción incompleta”, apologistas de la sociedad burguesa, defendemos la tesis de que el modo de producción capitalista será reemplazado, en medio de fragorosos conflictos sociales (porque ninguna clase dominante abdica de su poder económico y político sin luchar hasta el fin) para finalmente dar nacimiento a una sociedad post-capitalista y, como decía Marx, poner fin a la prehistoria de la humanidad. Pero más allá de estas diferencias, unos a medias y mal, y otros por entero y bien, todos somos hijos del marxismo en el mundo de hoy; es más, no podríamos no ser marxistas así como no podríamos dejar de ser copernicanos. El capitalismo contemporáneo es mucho más “marxista” de lo que era cuando, hace casi dos siglos, Marx y Engels escribieron el Manifiesto del Partido Comunista. La diatriba contra Axel Kicillof es un exabrupto que pinta de cuerpo entero el brutal anacronismo de vastos sectores de la derecha argentina y latinoamericana, de sus representantes políticos e intelectuales, que en su escandaloso atraso recelan de los avances producidos por los grandes revolucionarios del pensamiento contemporáneo: desconfían de Darwin y Freud y creen  el marxismo es el delirio de un judío alemán. Pero, como Marx decía con socarronería, algunos son marxistas a la Monsieur Jourdain, ese curioso personaje de El Burgués Gentilhombre de Molière que hablaba en prosa sin saberlo. Balbucean un marxismo ramplón, convertido en un burdo economicismo y sin la menor consciencia del origen de esas ideas en la obra de uno de los más grandes científicos del siglo diecinueve. Y otros, en cambio, sabemos que es la teoría que nos enseña cómo funciona el capitalismo y, por ende, la que proporciona los instrumentos que nos permitirán dejar atrás ese sistema inhumano, predatorio, destructor de la naturaleza y las sociedades  y que se alimenta de guerras infinitas e interminables que amenazan con acabar con toda forma de vida en este planeta. Por eso, lejos de ser un insulto, ser marxista en el mundo de hoy, en el capitalismo de nuestro tiempo, es un timbre de honor y una mácula imborrable para quien lo profiere como un insulto.