Viaje a la Luna

Viaje a la Luna

Una memoria a mis antepasados, a mis vivencias...unos versos de futuro.

QUIEN NO SE OCUPA DE NACER SE OCUPA DE MORIR

jueves, 23 de enero de 2020


INTOLERANTE

No lo puedo aceptar
y mira que estudié el tunel
la luz corpuscular
o de onda
que alguien me explicó en el MEI
pero es la Mamma,
yo quiero bendita mujer
que me dures como Uruk
porque vos estuviste
en el Estigia y a la izquierda de EL
viniste luego, para contarnoslo
no por gusto allá en Lawton,
te llamaban, la gitana Lisso,
mi brother como devoto que te cuida
lo sabe
yo de lejos,
siempre tu nimbo vi
Dame una chance que falta poco
para volverte a ver
yo quiero bendita mujer
que me dures como Uruk
un beso mas


...Мать моя, кончай рыдать,
Давай думать и гадать,
Когда меня обратно привезут!







¿CUÁNTO GANA UN SOJERO?
(Por Medardo Ávila Vázquez, en el blog “El Cohete a la Luna”)


Es la pregunta a media voz que se hacen los argentinos, entre ellos los vecinos de los 2.172 pueblos fumigados de la zona donde se cultiva soja y maíz transgénico. Porque a pesar de todas las evidencias del daño que producen los agrotóxicos a la salud, los productores siguen aferrados al modelo de la agricultura tóxica. Y la misma pregunta se hacen los que observan azorados cómo se comienzan a reproducir los tractorazos del campo tóxico con la excusa de que el nuevo gobierno actualizó el valor de las retenciones que impulsó el gobierno de Macri.

Entre las respuestas a la pregunta se encuentra el análisis del economista cordobés Fernando Oviedo, que se llega a la conclusión de que un productor dueño de un campo de 200 hectáreas en la zona núcleo alcanzaría este año una renta mensual de 480.000 pesos por mes (7.620 dólares por mes). Esta cifra se alcanza considerando que como el rendimiento por hectárea es de 4,5 toneladas (45 quintales), ese campo produce 900 toneladas de soja, lo que multiplicado por $ 14.330 (227 dólares en ese momento) de la cotización de la tonelada de soja en la Bolsa de Comercio de Rosario (cotización en ascenso en el último mes), se genera un ingreso bruto de $12.897.000. Si a esa cifra le restamos las retenciones que le descuenta el acopiador/exportador, $ 3.869.100 (equivalentes al 30% de $12.897.000), le restamos gastos de estructura por $ 1.512.000 ($ 7.560 por hectárea), le restamos los gastos de cosecha por $ 756.000 ($ 3.780 por hectárea) y le restamos $1.008.000 de gastos de comercialización ($5.040 por hectárea), nos da un margen de $ 5.751.900 por cosecha de soja. Suponiendo que no haga nada más en el campo y que trabaje solo esos 4 meses, estamos hablando de un resultado neto mensual para todo el año de $479.325, habiendo ya detraído impuestos nacionales, provinciales y tasas municipales (incluidos todos en los gastos de estructura).


Sin embargo en estos días crece una campaña del agronegocio, argumentando que los productores sojeros con las retenciones actuales pierden plata. Todo se sustenta en un análisis de Néstor Roulet, un ex funcionario de Macri y el principal vocero de los piquetes sojeros del 2008 en la provincia de Córdoba. Según Roulet, los productores sojeros van a perdida en esta campaña 2019-2020 y por hectárea perderán 32 dólares, o sea que en el caso del ejemplo de un campo de 200 hectáreas su propietario no tendrá ninguna ganancia y perderá $ 403.200 al terminar de comercializar su cosecha, mientras para el economista Fernando Oviedo tendrá una ganancia de $ 5.751.900 ($ 479.000 para los doce meses).
Nestor Roulet es muy conocido en Córdoba. Fue candidato a Vicegobernador del Milico Aguad, es un productor originario de Canals, en el sureste cordobés. Un pueblo que tiene la desgracia de contar con la mayor cantidad de muertos de cáncer por año. Un estudio de epidemiologia comunitaria supervisado por la Red de Médicos de Pueblos Fumigados demostró que entre todos los vecinos de Canals difuntos entre abril de 2017 y marzo de 2018, el 55% murió a causa de un cáncer, cuando en todo el país solo mueren de cáncer el 20% de las personas. Los Roulet también han participado del gobierno de la municipalidad de Canals, municipalidad administrada desde hace 16 años por intendentes y concejales sojeros que fumigan masivamente su propio pueblo. Todos los años Roulet publica informes en el portal Agrositio donde supuestamente demuestra cómo los sojeros tienen márgenes de ganancia sumamente exiguos, algo que parece contradecir los niveles de consumo de esos grupos.

Parece que hay dos análisis con resultados muy diferentes, pero recientemente (el 27/12/19) el periódico vocero del agronegocio cordobés AgroVoz publicó un estudio del economista Carlos Ghida Dazza del Inta de Marcos Juárez, demostrando que los márgenes del agro se triplicaron en los últimos 40 años, en los que según sus cálculos, el resultado operativo (lo que le queda al productor después de pagar todos los gastos fijos, como alquileres, siembra, fumigaciones y cosecha; y los de estructura, como impuestos y recursos humanos) de los productores de la zona núcleo cordobesa es de 331,7 dólares por hectárea en la última década. Si tomamos el ejemplo de las 200 hectáreas del productor de Fernando Oviedo, su renta mensual es de $ 347.550. Un poco menos pero aun muchísimo dinero, en este cálculo el productor tiene sumado el costo del alquiler de la tierra.

Tal vez alguien pueda pensar que esta es la situación solo de los empresarios sojeros cordobeses y no se podría generaliza. Pero el INTA de Pergamino (Provincia de Buenos Aires) publicó en mayo del pasado año su estudio del margen bruto de rentabilidad agrícola en su zona. Ese estudio económico para la campaña 2019-2020, calculaba para soja de 1º considerando un campo de 200 hectáreas como en el análisis de Fernando Oviedo y descontando los impuestos, una renta de 4.700.000 pesos lo que es igual a 391.000 pesos por mes. Muy lejos de los cálculos de Roulet, que enviaban a pérdidas a los productores sojeros de todo el país.

Ya no hay dudas. Un sojero pequeño en esta campaña podría aspirar a una renta de entre 347.000 pesos a 479.000 pesos mensuales.

¿Cuanto trabaja un sojero?

Cualquiera podría pensar que el trabajo humano que implica generar tan interesante renta demandaría enormes esfuerzos en numerosas e intensas jornadas de trabajo. Sin embargo no es así. El ingeniero agrónomo Mario Bragachini, quien fuera el responsable del área de Eficiencia de Cosecha, Postcosecha y Agroindustria del INTA EEA Manfredi, afirma que “hoy solo se necesitan 1,6 horas hombre/hectárea/año para producir una hectárea de soja”. Para el ejemplo que utilizó el economista Fernando Oviedo en que 200 hectáreas rinden 478.000 pesos mensuales, se necesitan 320 horas de trabajo por año. En jornadas de 8 horas serían solo 40 días de trabajo al año. Claramente es un solo operario para 200 hectáreas.


¿Qué se hace en esos 40 días de trabajo en un predio de 200 hectáreas de soja transgénica?  Generalmente se dedica un día para sembrar, otro para cosechar y 36 días para fumigar (antes de sembrar en barbecho químico, en pre-emergencia, en post-emergencia y en control de plagas) y dos días para silaje y trasporte. Relevando pueblos del sur cordobés, un grupo del CONICET de la Universidad de Rio Cuarto también llego al dato de que las jornadas de aplicaciones al año son 18, pudiendo variar de 12 a 32 por 100 hectáreas de lote.

Los pools de siembra hasta pueden utilizar menos hora, asegura Bragachini. Un grupo familiar que explote sus 200 hectáreas podría necesitar hasta 3 horas/ hectarea/año, es decir, más de un trabajador del grupo familiar. (Padre e hijo, podrían ser).

¿Quienes producen soja en Argentina?

¿Son muchas las personas que pueden trabajar tan poco en el campo y producir tanta diferencia? ¿Son muchos los sojeros de 200 hectáreas, o mejor aun, quienes producen la soja y el maíz transgénico en Argentina? Son preguntas que casi nadie sabe responder. La respuesta queda encerrada en esa zona gris que llaman “el campo”.

El INDEC publicó los datos del Censo Nacional Agropecuario 2018. Allí se dice que sólo quedan 211.000 productores rurales en el país y que estos establecimientos ocupan más de 86 millones de hectáreas. Pero la soja y el maíz transgénico (la soja algunos años se rota con maíz en el mismo lote) ocupan 24 de esos 86 millones de hectáreas y también se sabe fehacientemente que solo 75.000 productores llevan adelante estos cultivos tóxicos y muy redituables. El 50% de la producción sojera la generan 1400 productores con muchos miles de hectáreas explotadas. Parece que el campo no somos todos.

Siguiendo con el último informe del INDEC (firmado por Jorge Todesca), los productores de 100-200 hectáreas son 25.000, los que tienen o explotan 200-500 hectáreas son 32.000 y los que tienen establecimientos de más de 500 hectáreas son 18.000. Y aquí se evidencia otro fenómeno y es que la tierra no es de quien la trabaja.

El 19% de la superficie de los establecimientos rurales es arrendada. Pero este fenómeno es muchísimo más frecuente en el agronegocio y allí podría superar el 70%. Los reyes de la soja —grandes pools como Los Grobo, MSU, El Tejar, La Redención, Sofro, Cresud y Adecoagro— no tienen tierra propia o su extensión es ínfima, y se puede decir que toda la tierra que trabajan es arrendada, Otros, como Olmedo Agropecuaria del bolsonarista diputado Alfredo Olmedo, cuentan con más de 110.000 hectáreas propias en el NOA, muchas apropiadas porque se las otorgó el Estado salteño, incluso de territorios wichis.

Miles de ex productores ahora son propietarios rentistas que alquilan sus campos a otros productores vecinos o a pools de siembra que los explotan por su cuenta y les pagan por ello. ¿Cuánto les pagan? Según la Bolsa de Cereales de Córdoba, el costo de arrendamientos 2019 es de 10 quintales por hectárea (una tonelada de soja), es decir 244 dólares. 100 hectáreas alquiladas generan 24.400 dólares o al cambio oficial 1.573.200 pesos, que significan 128.100 pesos por mes al año. Si sólo tiene para arrendar 50 hectáreas, estas le generan 64.050 $ por mes sin moverse de la casa y sin ningún riesgo ni actividad. De pronto decenas de miles de familias que antes eran agricultoras, son ahora también socias directas del agronegocio y amparan las fumigaciones con agrotóxicos porque viven parasitariamente de la agricutura tóxica y defienden sus intereses. Tiempo atrás la mayoria de sus abuelos y padres fueron productores de la FAA hoy aliada a la Sociedad Rural y a los monopolios de los agrovenenos y el comercio exterior.

El agronegocio es una práctica extractivista que sobreexplota los bienes naturales y genera apropiación de la renta, desigualdad e injusticia ambiental, en forma muy similar a  las otras prácticas extractivistas de nuestro país como la megamineria y el fracking, pero a diferencia de estas dos que son encabezadas y representadas socialmente por empresas enormes como Barrick o Chevron, el agronegocio tiene como representantes y actores a los productores sojeros de todos los tamaños con un relato que nos intenta hacer creer que ese campo es de todos.


miércoles, 22 de enero de 2020





UNA HIPÓTESIS SOBRE EL FUTURO POLÍTICO
(Por Mempo Giardinelli, en PAGINA12)

Otra semana roja. Bien argentina. Y no de trapo rojo, como desde hace décadas gustan apostrofar los fachos criollos, sino de aguas rojas en las fuentes de Plaza de Mayo teñidas por grupetes del vulgo macrista reaccionario. Y rojo sangre, también, como la del chico que en Villa Gesell fue víctima de la renovada brutalidad de jóvenes energúmenos que, en manada de chetitos, lo asesinó cobardemente a golpes y patadas.

Semana brava, se diría, además, porque la vida nacional exige en estos días y hora a hora los esfuerzos y la imaginación constantes del Presidente, de su gabinete y del pueblo todo para contrarrestar, aminorar y neutralizar la ringlera de incendios y canalladas que dejó el macrismo ­–el hambre y la salud en primer lugar– y los cuales no cesan de mostrar signos que amenazan la recuperación y sobre todo la estabilidad institucional.

Por un lado la cuestión agraria, que mostró los dientes desde el minuto uno del nuevo gobierno, y que desde entonces no deja de mentirle a la población en base a "datos" y macaneos de los grandes diarios que insisten en presentar a la oligarquía agropecuaria como "pobres y esforzados campesinos", que es precisamente lo que no son.

Y por otro lado hay que anotar el absurdo odio antiperonista de los sectores más retardatarios de las burguesías urbanas (la porteña en particular), que confunden e inficionan a tantos necios e ignorantes que se tragan todas las afirmaciones y prédicas engañosas amplificadas mentimediáticamente.

Pero además hay otros asuntos que, igual o más inquietantes, están llamados a fijar las agendas políticas del futuro inmediato. Sobre todo la cuestión ambiental, que no es comprendida por las clases dirigentes. Y no, no lo es aunque algunos discursos aparenten que sí, y aunque se noten los esfuerzos de algunos políticos por actualizar sus pronunciamientos. Lo que puede no estar mal pero es pura cosmética, y se les nota, porque discurso no significa comprensión.

Y es que el problema fundamental del mundo de hoy, y obvio que de nuestro país, es el desastre ambiental.

Días atrás, en amable charla circunstancial con un ascendente político con aspiraciones presidenciales para próximos turnos electorales, fue evidente su sorpresa ante la afirmación de que las dos grandes mutaciones de la sociedad argentina de la última década –sin cuya comprensión será imposible gobernar en el futuro– son el feminismo y la cuestión de género que llegaron para quedarse, es decir para revolucionar todos los comportamientos sociales y políticos, por un lado; y la urgente y sobre todo sincera conciencia ambiental por el otro. Y a su vez ambas revoluciones –que lo son y lo serán de modo irrefrenable– indisolublemente vinculadas a la educación, que ahora empieza a enderezarse de la mano del ministro Nicolás Trotta y de la secretaria de educación Adriana Puiggrós, cuya autoridad es reconocida mundialmente, quienes ya están reorganizando la educación argentina en los tres niveles clásicos que destruyó el macrismo: inicial, primario y secundario.

Ese tripié conceptual (feminismo-ambientalismo-educación) es la base misma de la recuperación moral y espiritual que se necesita para cambiar la política en esta república, debió escuchar el aludido dirigente, quien como cualquiera de sus colegas es de esperar que desarrolle una sincera conciencia, convicción y práctica tanto en materia de género como ambiental, y no pour la galerie. Porque de lo contrario a él y a cualquier otr@ dirigente, en el futuro inmediato y de ahora en más, les será absolutamente imposible gobernar en democracia.

Así, y acaso por lo mismo, mientras el pueblo argentino sigue pagando las ominosas consecuencias del mafioso gobierno macrista, las dirigencias en general empiezan a toparse con despertares populares que, si no los atienden con sinceridad y verdad, van a terminar por arrasarlos. Ahí está como prueba la impactante pueblada mendocina de hace un par de semanas. No eran peronistas ni radicales, ni burgueses ni de izquierdas l@s que se plantaron ante todos los poderes políticos para defender el agua y oponerse a la bestialidad antinatural de la minería a cielo abierto.

Ahí está ya en marcha una nueva conciencia nacional en contra de todo delirio macroeconómico que no respete el medio ambiente, es decir el aire y el agua que son la fuente de vida de los pueblos.

Y ahí están también, ya en alerta amarilla y no amenazantes pero sí en actitud de clara advertencia popular, los movimientos contra el fracking que desde Vaca Muerta y otros emprendimientos y delirios hiperempresariales ya pervierten la naturaleza patagónica, como en todo el país crecen la resistencia al glifosato y a la sarta de venenos agrotóxicos que desde el menemismo tienen las puertas abiertas en la Argentina, y sin control.

Y es que los pueblos pueden equivocarse al votar, como pueden amar lo que los daña o aplaudir a sus verdugos económicos, pero es absolutamente improbable que acepten respirar o beber veneno.

Seguramente l@s polític@s que no se den cuenta de esto, verán enterrarse sus sueños. Y a quienes alcancen el poder les será imposible gobernar en paz las sociedades venideras, si no se ponen, ell@s mismos, a la cabeza de sus pueblos en cuestiones de género y ambientales, pero con sinceridad y convicciones.







Evo Morales ya definió la fórmula presidencial del MAS
(en “EL DESTAPE”)


El ex mandatario de Bolivia Evo Morales proclamó hoy a sus antiguos ministros Luis Arce y David Choquehuanca como los candidatos a presidente y vice del Movimiento al Socialismo (MAS) para las elecciones del 3 de mayo próximo.

Lo anunció esta tarde (19 de Enero de 2020) en conferencia de prensa en el hotel Bauen, en el centro de Buenos Aires, después de debatir desde ayer, allí mismo, con decenas de dirigentes partidarios.

La fórmula expresa un consenso entre el sector que sigue a Morales y la disidencia concentrada en el parlamento y en varias organizaciones sociales.
Arce, un economista de 56 años que fue ministro de Economía durante prácticamente todo el gobierno de Morales (2006-17 y 2019), era uno de los candidatos preferidos por el ex presidente para integrar la fórmula, junto al ex canciller Diego Pary.

En cambio, el también ex canciller Choquehuanca, junto al joven dirigente cocalero Andrónico Rodríguez, expresaban la preferencia de los sectores reacios a seguir el liderazgo de Morales.

Al anunciarlo como el primer término de la fórmula, Morales aseguró que Arce "garantiza la economía nacional".

Arce, Choquehuanca y Pary firmaron el viernes pasado un "acuerdo por la unidad y el fortalecimiento" del MAS, con el objeto de evitar una ruptura.

Rodríguez no pudo viajar desde Bolivia a Buenos Aires pero envió a Morales una nota en la que explicó que su ausencia se debió a "situaciones ajenas" a su voluntad y sostuvo que "la unidad será el arma letal para lograr grandes victorias".
Mientras tanto, en Bolivia comenzó ayer el empadronamiento para las elecciones del 3 de mayo, que continuará hasta el domingo próximo, según determinó la justicia electoral.

El Tribunal Supremo Electoral (TSE) informó que quienes figuraban en el padrón de las anuladas elecciones del 20 de octubre pasado están habilitados para votar en mayo y no necesitan registrarse nuevamente.



BOCHORNO
( en CUBADEBATE)

Las 2 153 personas más ricas del mundo disponen de más dinero que 4 600 millones de los más pobres juntos

La labor no remunerada de las mujeres sumó en 2019 al menos 10,8 billones de dólares al año en valor a la economía mundial.


En el recién concluido año 2019, las 2 153 personas más ricas del mundo dispusieron de más dinero que 4 600 millones de los más pobres juntos, informó hoy el Comité de Oxford para el Alivio de la Hambruna (Oxfam).

De acuerdo con el documento de Oxfam, el trabajo no remunerado o infrapagado de mujeres y niñas, anualmente aporta tres veces más a la economía global que la industria de la tecnología.

La confederación internacional de ayuda, con base en Nairobi, dijo en un reporte divulgado antes del Foro Económico Mundial en Davos, que a nivel mundial las mujeres trabajan todos los días 12 mil 500 millones de horas sin sueldo ni reconocimiento.

Por su parte, en el informe que publica Oxfam, esta organización calcula que la labor impaga de las mujeres sumó al menos 10,8 billones de dólares al año (un billón equivale a un millón de millones) en valor a la economía mundial.

Amitabh Behar, presidente ejecutivo de Oxfam India, dijo que para ellos es importante resaltar el motor escondido de la economía, traducido en la labor no remunerada de las mujeres. Para subrayar el nivel de inequidad en la economía global, Behar citó el caso de Buchu Devi, mujer india que pasa entre 16 a 17 horas diarias buscando agua tras recorrer tres kilómetros, cocinando, preparando a sus niños para la escuela, y trabaja en un empleo de sueldo precario.

Oxfam es una confederación internacional formada por 17 organizaciones no gubernamentales nacionales que realizan labores humanitarias en 90 países. Su lema es: Trabajar con otros para combatir la pobreza y el sufrimiento. Es una organización benéfica muy conocida por sus campañas para recaudar fondos, su trabajo de ayuda al Tercer Mundo y en la promoción el uso de tecnología básica y recursos locales.


lunes, 20 de enero de 2020


NADIE ENCENDÍA LAS LÁMPARAS
(Por Felisberto Hernández, de su libro “Cuentos Reunidos”)

Hace mucho tiempo leía yo un cuento en una sala antigua. Al principio entraba por una de las persianas un poco de sol. Después se iba echando lentamente encima de algunas personas hasta alcanzar una mesa que tenía retratos de muertos queridos. A mí me costaba sacar las palabras del cuerpo como de un instrumento de fuelles rotos. En las primeras sillas estaban dos viudas dueñas de casa; tenían mucha edad, pero todavía les abultaba bastante el pelo de los moños. Yo leía con desgano y levantaba a menudo la cabeza del papel; pero tenía que cuidar de no mirar siempre a una misma persona; ya mis ojos se habían acostumbrado a ir a cada momento a la región pálida que quedaba entre el vestido y el moño de una de las viudas. Era una cara quieta que todavía seguiría recordando por algún tiempo un mismo pasado. En algunos instantes sus ojos parecían vidrios ahumados detrás de los cuales no había nadie. De pronto yo pensaba en la importancia de algunos concurrentes y me esforzaba por entrar en la vida del cuento. Una de las veces que me distraje vi a través de las persianas moverse palomas encima de una estatua. Después vi, en el fondo de la sala, una mujer joven que había recostado la cabeza contra la pared; su melena ondulada estaba muy esparcida y yo pasaba los ojos por ella como si viera una planta que hubiera crecido contra el muro de una casa abandonada. A mí me daba pereza tener que comprender de nuevo aquel cuento y transmitir su significado; pero a veces las palabras solas y la costumbre de decirlas producían efecto sin que yo interviniera y me sorprendía la risa de los oyentes. Ya había vuelto a pasar los ojos por la cabeza que estaba recostada en la pared y pensé que la mujer acaso se hubiera dado cuenta; entonces, para no ser indiscreto, miré hacia la estatua. Aunque seguía leyendo, pensaba en la inocencia con que la estatua tenía que representar un personaje que ella misma no comprendería. Tal vez ella se entendería mejor con las palomas: parecía consentir que ellas dieran vueltas en su cabeza y se posaran en el cilindro que el personaje tenía recostado al cuerpo. De pronto me encontré con que había vuelto a mirar la cabeza que estaba recostada contra la pared y que en ese instante ella había cerrado los ojos. Después hice el esfuerzo de recordar el entusiasmo que yo tenía las primeras veces que había leído aquel cuento; en él había una mujer que todos los días iba a un puente con la esperanza de poder suicidarse. Pero todos los días surgían obstáculos. Mis oyentes se rieron cuando en una de las noches alguien le hizo una proposición y la mujer, asustada, se había ido corriendo para su casa.

La mujer de la pared también se reía y daba vuelta la cabeza en el muro como si estuviera recostada en una almohada. Yo ya me había acostumbrado a sacar la vista de aquella cabeza y ponerla en la estatua. Quise pensar en el personaje que la estatua representaba; pero no se me ocurría nada serio; tal vez el alma del personaje también habría perdido la seriedad que tuvo en vida y ahora andaría jugando con las palomas. Me sorprendí cuando algunas de mis palabras volvieron a causar gracia; miré a las viudas y vi que alguien se había asomado a los ojos ahumados de la que parecía más triste. En una de las oportunidades que saqué la vista de la cabeza recostada en la pared, no miré la estatua sino a otra habitación en la que creí ver llamas encima de una mesa; algunas personas siguieron mi movimiento; pero encima de la mesa sólo había una jarra con flores rojas y amarillas sobre las que daba un poco de sol.

Al terminar mi cuento se encendió el barullo y la gente me rodeó; hacían comentarios y un señor empezó a contarme un cuento de otra mujer que se había suicidado. Él quería expresarse bien pero tardaba en encontrar las palabras; y además hacía rodeos y digresiones. Yo miré a los demás y vi que escuchaban impacientes; todos estábamos parados y no sabíamos qué hacer con las manos. Se había acercado la mujer que usaba esparcidas las ondas del pelo. Después de mirarla a ella, miré la estatua. Yo no quería el cuento porque me hacía sufrir el esfuerzo de aquel hombre persiguiendo palabras: era como si la estatua se hubiera puesto a manotear las palomas.

La gente que me rodeaba no podía dejar de oír al señor del cuento; él lo hacía con empecinamiento torpe y como si quisiera decir: "soy un político, sé improvisar un discurso y también contar un cuento que tenga su interés".

Entre los que oíamos había un joven que tenía algo extraño en la frente: era una franja oscura en el lugar donde aparece el pelo; y ese mismo color -como el de una barba tupida que ha sido recién afeitada y cubierta de polvos- le hacía grandes entradas en la frente. Miré a la mujer del pelo esparcido y vi con sorpresa que ella también me miraba el pelo a mí. Y fue entonces cuando el político terminó el cuento y todos aplaudieron. Yo no me animé a felicitarlo y una de las viudas dijo: "siéntense, por favor" Todos lo hicimos y se sintió un suspiro bastante general; pero yo me tuve que levantar de nuevo porque una de las viudas me presentó a la joven del pelo ondeado: resultó ser sobrina de ella. Me invitaron a sentarme en un gran sofá para tres; de un lado se puso la sobrina y del otro el joven de la frente pelada. Iba a hablar la sobrina, pero el joven la interrumpió. Había levantado una mano con los dedos hacia arriba -como el esqueleto de un paraguas que el viento hubiera doblado- y dijo:

-Adivino en usted un personaje solitario que se conformaría con la amistad de un árbol.
Yo pensé que se había afeitado así para que la frente fuera más amplia, y sentí maldad de contestarle:
-No crea; a un árbol, no podría invitarlo a pasear.
Los tres nos reímos. Él echó hacia atrás su frente pelada y siguió:
-Es verdad; el árbol es el amigo que siempre se queda.

Las viudas llamaron a la sobrina. Ella se levantó haciendo un gesto de desagrado; yo la miraba mientras se iba, y sólo entonces me di cuenta que era fornida y violenta. Al volver la cabeza me encontré con un joven que me fue presentado por el de la frente pelada. Estaba recién peinado y tenía gotas de agua en las puntas del pelo. Una vez yo me peiné así, cuando era niño, y mi abuela me dijo: "Parece que te hubieran lambido las vacas." El recién llegado se sentó en el lugar de la sobrina y se puso a hablar.
-¡Ah, Dios mío, ese señor del cuento, tan recalcitrante!
De buena gana yo le hubiera dicho: "¿Y usted?, ¿tan femenino?" Pero le pregunté:
-¿Cómo se llama?
-¿Quién?
-El señor... recalcitrante.
-Ah, no recuerdo. Tiene un nombre patricio. Es un político y siempre lo ponen de miembro en los certámenes literarios.
Yo miré al de la frente pelada y él me hizo un gesto como diciendo: "'¡Y qué le vamos a hacer!"
Cuando vino la sobrina de las viudas sacó del sofá al "femenino" sacudiéndolo de un brazo y haciéndole caer gotas de agua en el saco. Y enseguida dijo:
-No estoy de acuerdo con ustedes.
-¿Por qué?
-...y me extraña que ustedes no sepan cómo hace el árbol para pasear con nosotros.
-¿Cómo?
-Se repite a largos pasos.
Le elogiamos la idea y ella se entusiasmó:
-Se repite en una avenida indicándonos el camino; después todos se juntan a lo lejos y se asoman para vernos; y a medida que nos acercamos se separan y nos dejan pasar.
Ella dijo todo esto con cierta afectación de broma y como disimulando una idea romántica. El pudor y el placer la hicieron enrojecer. Aquel encanto fue interrumpido por el femenino:
-Sin embargo, cuando es la noche en el bosque, los árboles nos asaltan por todas partes; algunos se inclinan como para dar un paso y echársenos encima; y todavía nos interrumpen el camino y nos asustan abriendo y cerrando las ramas.
La sobrina de las viudas no se pudo contener.
-¡Jesús, pareces Blancanieves!

Y mientras nos reíamos, ella me dijo que deseaba hacerme una pregunta y fuimos a la habitación donde estaba la jarra con flores. Ella se recostó en la mesa hasta hundirse la tabla en el cuerpo; y mientras se metía las manos entre el pelo, me preguntó:
-Dígame la verdad: ¿por qué se suicidó la mujer de su cuento?
-¡Oh!, habría que preguntárselo a ella.
-Y usted, ¿no lo podría hacer?
-Sería tan imposible como preguntarle algo a la imagen de un sueño.

Ella sonrió y bajó los ojos. Entonces yo pude mirarle toda la boca, que era muy grande. El movimiento de los labios, estirándose hacia los costados, parecía que no terminaría más; pero mis ojos recorrían con gusto toda aquella distancia de rojo húmedo. Tal vez ella viera a través de los párpados; o pensara que en aquel silencio yo no estuviera haciendo nada bueno, porque bajó mucho la cabeza y escondió la cara. Ahora mostraba toda la masa del pelo; en un remolino de las ondas se le veía un poco de la piel, y yo recordé a una gallina que el viento le había revuelto las plumas y se le veía la carne. Yo sentía placer en imaginar que aquella cabeza era una gallina humana, grande y caliente; su calor sería muy delicado y el pelo era una manera muy fina de las plumas.

Vino una de las tías -la que no tenía los ojos ahumados- a traernos copitas de licor. La sobrina levantó la cabeza y la tía le dijo:
-Hay que tener cuidado con éste; mira que tiene ojos de zorro.
Volví a pensar en la gallina y le contesté:
-¡Señora! ¡No estamos en un gallinero!
Cuando nos volvimos a quedar solos y mientras yo probaba el licor -era demasiado dulce y me daba náuseas-, ella me preguntó:
-¿Usted nunca tuvo curiosidad por el porvenir?
Había encogido la boca como si la quisiera guardar dentro de la copita.
-No, tengo más curiosidad por saber lo que le ocurre en este mismo instante a otra persona; o en saber qué haría yo ahora si estuviera en otra parte.
-Dígame, ¿qué haría usted ahora si yo no estuviera aquí?
-Casualmente lo sé: volcaría este licor en la jarra de las flores.

Me pidieron que tocara el piano. Al volver a la sala la viuda de los ojos ahumados estaba con la cabeza baja y recibía en el oído lo que la hermana le decía con insistencia. El piano era pequeño, viejo y desafinado. Yo no sabía qué hacer; pero apenas empecé a probarlo la viuda de los ojos ahumados soltó el llanto y todos nos callamos. La hermana y la sobrina la llevaron para adentro; y al ratito vino la sobrina y nos dijo que su tía no quería oír música desde la muerte de su esposo -se habían amado hasta llegar a la inocencia.

Los invitados empezaron a irse. Y los que quedamos hablábamos en voz cada vez más baja a medida que la luz se iba. Nadie encendía las lámparas.

Yo me iba entre los últimos, tropezando con los muebles, cuando la sobrina me detuvo:
-Tengo que hacerle un encargo.

Pero no me dijo nada: recostó la cabeza en la pared del zaguán y me tomó la manga del saco.



SOLO UNA RENDIJA

Apenas un espacio
una minúscula rendija
para verte en el firmamento
Ya sé de tus protuberancias
y mis años, que largos pasaron la cruz.
Fui pastor del fantasma del amor
aunque la caricia fue negada
por un no sé que
el ego de la publicidad
de una crema antiage
de una iglesia que predicaba
mi ombligo primero
después también
Por suerte
ahora apenas un espacio
una minúscula rendija
para respirar junto a tu hombro
cuando crees que duermo
en tu madrugada lunar



...Welcome to my life
Mother's tried to tell me
But now I'm so so sorry
And I ain't all those things that are wrong with my life
I'm a conspiracy








viernes, 17 de enero de 2020


ME BRILLA EL SOL

Me brilla el Sol
con mameluco del Medioevo
busco ese, tu grial, anoche
también esta mañana,
¡por Dios!

Escribo con luz
dádiva de la piel morena
que sigue tu querer
veo una delicia en tu flor
me apuro atrapado en tu razón

Me brilla el Sol
poco me deja atrás ver
vivo con tus espasmos
pegado al cielo de la boca
susurrando un ¡volvé!

Hado el Sol
azar de un corazón rendido
a tus pies
busco ese, tu grial, anoche
también esta mañana,
¡por Dios!.

Y si acaso no brillara el sol...




(Por Leonardo Padura en su libro “Aquello estaba deseando ocurrir”)

1
Siempre había oído decir que llamar a las desgracias acaba por traerlas. Y el Jornal de Angola anunciaba otra vez una inminente invasión sudafricana. Cada semana se repetía aquella información, con certezas y evidencias consideradas irrebatibles, con datos logísticos y declaraciones gubernamentales, y aunque en los últimos veintitrés meses los bóers habían atravesado varias veces la frontera de Namibia con algún que otro avión amenazante y unos tanques innegables, la anunciada invasión no se concretaba. Pero leer esa noticia siempre le producía el mismo escalofrío. Era un miedo oscuro y tangible que nacía en el estómago y le debilitaba las piernas y le hacía rogar a lo que fuera que lo inminente esperara hasta después de febrero, cuando él ya estuviera bien lejos de todo aquello y sus dos años de misión en Angola se hubieran convertido en más pasado irreversible.
Sólo que aquel miedo sí podía tener efectos inmediatos. Apenas había leído el titular y unas líneas del primer párrafo y debió abandonar la cama y andar deprisa hacia el baño, con el periódico bajo el brazo, mientras desabotonaba su pantalón. Al cabo de tantos meses ya conocía las causas y efectos de aquel sentimiento incontrolable que había adquirido en Angola y, de algún modo ambiguo hasta para sí mismo, lo disfrutaba con la tranquila convicción de que su miedo no era precisamente cobardía. Por eso, sentado en la taza, se dedicó a rasgar con esmero la parte de la primera plana que desataba sus angustias, dispuesto a vengarse del modo más escatológico y simbólico que conocía: se limpiaría el culo con la noticia, y mientras esperaba el fin de aquel reflejo incondicionado, volteó el pedazo de periódico y descubrió una breve cuña con un título de apenas diez puntos que advertía: «TODO VELÁZQUEZ», y luego reseñaba que entre el 23 de enero y el 30 de marzo estaría abierta en el Museo del Prado la llamada exposición del siglo, donde se reunían, por primera y única vez desde que fueron pintadas, setenta y nueve obras maestras del artista sevillano, llegadas desde todas partes del mundo para sumarse a los fondos del gran museo español.
Mientras se aplicaba concienzudamente a limpiarse con la página deportiva del periódico, se dedicó a pensar en otra de sus obsesiones predilectas: «El mundo es una mierda», se dijo, «yo cagándome en Angola y la gente en Madrid preparándose para ver, justamente, una irrepetible exposición de Diego Velázquez». Desde que había salido de Cuba, hacía ya casi dos años, ni un solo instante había dejado de pensar de ese modo. Lo pensaba cuando, dos veces por semana, le escribía a su mujer aquellas cartas interminables y desgarradas en las que volcaba su desesperación; lo pensaba en las tardes, cuando se asomaba a la ventana de su cuarto y se ponía a estudiar la vida en el campamento que varias familias habían instalado en un almacén abandonado por los portugueses en 1976, y veía cómo los hombres, acuclillados y mascando unas hierbas, veían a su vez a aquellas mujeres marchitas que hervían la yuca y el pescado para el funche en un fogón de leña, mientras les daban de mamar a unos niños mocosos y lentos que quizás nunca sabrían ni de la existencia de la palabra felicidad. También lo pensaba caminando por las calles de Luanda, esquivando los basureros de cada esquina, volteando la cara al paso de los incontables mutilados de una guerra real e interminable, cuando solía preguntarse por qué carajos había gentes condenadas a vivir así, mientras él, precisamente él, deambulaba sin expectativas ni hambre, por aquella ciudad enferma y ajena que no se le entregaba ni se dejaba comprender y cuyo destino final tampoco lograba imaginar.
Cada amanecer, desde entonces, era una cruz en los tres almanaques pegados sobre su cama, el último de los cuales terminaba abruptamente: era apenas el mes de enero de 1990 y ahora le faltaban sólo ocho números por tachar.
—Pero ¿con qué la ligaste, compadre, ron, marihuana y qué más? Porque esa nota no puede ser normal, por mi madre que no. —Y el director del periódico parecía tan convencido que negó además con la cabeza, y sonrió. Habitualmente, casi todo le daba risa, aunque de cierta forma ahora tenía razón, se dijo, pero insistió.
—Mira, Alcides, tú sabes que yo no soy bobo. Aquí hay una pila de gente que se va por Berlín o por Madrid, y si tú empujas yo me puedo ir por Madrid.
—¿Y qué digo, que quieres ver unos cuadros en España? Mira, Mauricio, si digo eso lo menos que me pasa es que me interrumpen la misión por comemierda.
Afuera se levantó una brisa inesperada y el director tuvo que lanzar sus brazos para evitar que se le volaran los papeles del buró. Parecía que por segunda vez en todo aquel verano llovería sobre Luanda, y Mauricio deseó que cayera un aguacero asolador.
—¿Por qué?, porque van a pensar que yo lo que quiero es quedarme en España, ¿no? Esto es del carajo, Alcides. Aunque hayas estado dos años «aruñando» en Angola, y te hayas quedado cegato con la cloroquina y se te hayan jodido hasta las tripas de comer carne en lata, siempre hay algún cabrón que va a pensar que te quieres quedar. Eso me parece encantador…
El director terminó de acomodar los papeles y encendió un cigarro. Había dejado de reírse y se pasó una mano por la cara, como si tratara de borrar con el gesto todo el cansancio y las arrugas que había acumulado en los últimos meses. En Cuba era apenas subdirector de un periódico provincial, pero era también un cuadro confiable y lo mandaron entonces a dirigir el semanario de los colaboradores en Angola, donde hacía su trabajo con la mayor seriedad. De todas formas, era un hombre afable y hasta inteligente.
—Mira, Mauricio, yo creo que te conozco —dijo al fin sin sonreír—. Yo creo que aquí en el Africón se conoce mejor a la gente, pero no quieras que los demás piensen como yo. Tú tienes un mojón en el expediente y eso lo sabe aquí hasta el loco que anda en cueros por la plaza Kinaxixi. Y si te quedas en España no serías el primero, y tú lo sabes. Además, está el lío del pasaje…
—Entonces me van a seguir sacando eso, ¿no? Lo jodido es que para otra gente no hay líos. Por lo menos para los que se han quedado.
El director volvió a sonreír, apenas sin deseos de hacerlo, y desde su asiento lanzó el cigarro por la ventana.
—No me chantajees, cabrón… Así que una exposición de Velázquez… Está bien, voy a ver qué te resuelvo, pero acuérdate que si haces una locura a mí me cortan los cojones.
—Sería un buen pretexto —dijo Mauricio, y pensó que a veces la vida no era sólo una mierda.
Para Velázquez, al menos, la vida no fue una mierda. Algo así trataba de demostrar Emma Micheletti en el librito sobre el pintor que Mauricio había encontrado en una de las tres librerías de Luanda durante sus primeros meses de misión, cuando todavía visitaba los museos y las librerías. El tomito Velázquez estaba empolvado y manchado, en un estante del fondo y junto a otros libros insólitos —La República, de Platón, en alemán; las Obras escogidas, de Erasmo, en italiano; y unos folletos sobre fútbol soccer en portugués—, y aunque lo vendían como nuevo, el libro ya había tenido un dueño: María Fernanda, quien además de firmarlo y fecharlo (9-7-1974), había subrayado varios párrafos y oraciones que le parecieron notables por diversas razones —o quizás por una única—. Tal vez por su misma incapacidad para ver más allá de lo anecdótico o por su total inhabilidad para marcar dos trazos, Mauricio nunca había sido un conocedor profundo de la pintura, pero desde que descubrió las marcas de María Fernanda, aquel volumen n.º 26 de la colección «Los diamantes del arte», publicado por Ediciones Toray, de Barcelona, en 1973, se convirtió en una amable incógnita para él. El hecho de que aquel libro estuviera en venta era el primer enigma, y la persona de la tal María Fernanda fue el segundo y más provocador misterio. Al principio se dijo que debía de ser uno de los portugueses que en 1975 y 1976 huyeron de Angola dejando atrás negocios, casas y hasta perros y libros; pero cuando rastreó sus huellas y obsesiones y la conoció mejor, decidió que tal vez María Fernanda había sido una incontrolable enamorada a la que siempre se le había negado el amor.
Dos subrayados del libro lo indujeron hacia este poético convencimiento: en la página cinco, en el extremo superior y señalado por dos barras paralelas en cada margen de la hoja, la dueña original había marcado con un bolígrafo azul: «En 1624 se establece en Madrid con su familia, en la calle de la Concepción. Su relación con el rey sólo terminará con la muerte del pintor y, si alguna vez esta condición disminuyó su libertad, en cambio le ofreció la posibilidad de una vida tranquila, libre de preocupaciones financieras y, por otra parte, el soberano nunca le oprimió exageradamente con obligaciones ni condiciones».
Tres páginas después, al comenzar el epígrafe «La obra», la presunta amante desafortunada había subrayado todo el primer párrafo, ahora con tinta roja, y al final había abierto una desconsolada admiración. «La existencia de Velázquez», decía Emma Micheletti para el agrado o preocupación de María Fernanda, «fue decididamente feliz y, al observar algunos de sus elementos, es casi instintivo considerarla paralela a la de Rubens, quien, como hemos visto, se hizo amigo suyo. Nacidos los dos en junio, parecen extraer ambos de este nacimiento en el luminoso mes estival los auspicios para una vida acomodada y feliz y para una afirmación artística precoz, segura y gloriosa. Ambos estuvieron al servicio de soberanos comprensivos y generosos a los que sirvieron con fidelidad y con amor; ambos murieron en edad todavía vigorosa, apenas superados los sesenta años, alcanzada ya la meta ideal de su vida artística, cuando verdaderamente poco habrían podido añadir a su estilo y su técnica más perfeccionados. Diferentes, tal vez, fueron en cuanto a su espíritu, en cuanto a su fuerza expresiva y emotiva; en cuanto al carácter, Rubens era violentamente vital, inmediato y extravertido; Velázquez calmoso, reflexivo y observador atento.» (!)
Sólo un espíritu sensible y enamorado, con cierta inclinación al suicidio, se preocupa tanto por la felicidad y la seguridad, se dijo Mauricio, y lo persuadió definitivamente en su idea la huella más insólita dejada por María Fernanda en aquel libro que tanto debió de haber querido. Eran dos puntos, apenas perceptibles, en el borde inferior de las ilustraciones sesenta y tres y sesenta y cuatro del catálogo de obras de Velázquez que ocupaba la segunda mitad de la obra. Mauricio descubrió los puntos porque a él también lo habían atraído aquellas dos pinturas, menos célebres que Los borrachos, Las Meninas, La Venus del espejo o La túnica de José, pero singulares y magnéticas por su tema y concepción. En la referencia a las obras se leía: «63. VISTA DEL JARDÍN DE LA VILLA MÉDICIS. Sobre tela, 48 × 42 cm. Madrid, Prado. Se lo conoce como La tarde. Con su pareja, llamado El mediodía, fue realizado probablemente en 1650. Los dos cuadros son una verdadera excepción en la producción del maestro. Figuraban ya en los inventarios del Alcázar en 1666 y están en El Prado desde 1819».
Desde entonces, Mauricio soñó con María Fernanda y con visitar El Prado para ver aquel díptico deslumbrante en el que Velázquez abandonaba los espacios cerrados, los reyes, papas, príncipes y bufones y anunciaba displicentemente, aunque con dos siglos de adelanto, a Corot, y también a Van Gogh, Renoir, Monet y el impresionismo del XIX. Sobre todo en La tarde: aquellos árboles que Mauricio decretó que debían ser cipreses, aunque nunca había visto un ciprés en su vida, de hojas difuminadas sobre los arcos de una galería renacentista, y la luz imprecisa y tibia, pero resuelta, que borraba los contornos de los dos personajes prestos a conversar en un primer plano y del hombre de la capa que, al fondo, disfruta de espaldas al espectador del paisaje de pinos y sauces que se pierden en la distancia. Aquella tarde magnífica en el jardín de los Médicis daba deseos de vivir y transmitía el júbilo que debió de sentir el artista mientras dejaba correr, libre y sin compromisos con reyes más o menos comprensivos y generosos, sus mejores pinceladas de hombre apacible.
Al cabo de un tiempo, Mauricio no tuvo ya ninguna duda: Diego Rodríguez de Silva y Velázquez había sido feliz al menos una tarde de su vida y María Fernanda era una mujer etérea y encantadora, que andaba por el mundo con aquel libro que la volvía loca de envidia por no haberse sentido feliz siquiera un mediodía. María Fernanda había comprendido que la felicidad es un privilegio demasiado esquivo para los que no son reyes y quizás se había perdido en la selva africana buscando su propio reinado en la soledad.
—Dale, compra una botella de ron, que me la debes —le dijo Alcides y, por supuesto, sonrió. Pero Mauricio lo miró serio, incrédulo y esperanzado.
—No me jodas, Alcides.
—Te vas el día tres por Madrid. Llegas allá a las cuatro de la tarde y sales el cuatro a las diez de la mañana para La Habana. Te da tiempo, ¿no?
Mauricio fue al cuarto y buscó las siete mil kwanzas. Aquello bien merecía el ron que el director le exigía y bajó hasta el cuarto piso. Ortelio, el del almacén central, siempre tenía, para él y para sus amigos, era el eslogan de su negocio, para los amigos a siete mil kwanzas la botella de Havana Club tres años, y algunas otras menudencias más o menos apetecibles: cartones de cigarros, por ejemplo.
Sentados en el balcón del apartamento descorcharon el litro y Mauricio no pudo evitar que se le ocurriera un brindis.
—Por Velázquez.
—Por mí, qué carajos —dijo Alcides y rozó el vaso de su subordinado—, porque si no es por mí, se jode Velázquez.
Y bebieron. Bebieron varios tragos hablando del calor, del tiempo que le faltaba a Alcides y de las cosas que haría Mauricio al llegar a La Habana: templarse diez veces seguidas a su mujer, pasarse una semana en la playa, comerse una pizza en La Rampa y no hacerse una paja más nunca en su vida, porque se le había puesto el tubo que parecía un manubrio de bicicleta: tenía los cuatro dedos marcados. Y sobre todo caminar por las calles en la noche, sin que nadie se lo prohibiera ni en la oscuridad lo esperara un enemigo invisible.
—¿Y qué vas a hacer en el periódico?
Mauricio terminó su quinto trago antes de responder.
—No sé, espero que después de estos dos años me quiten el pie de arriba y me dejen escribir otra vez de cultura.
Alcides lanzó la colilla a la calle.
—Te llevaron recio, ¿no?
—Recio y pico. Primero me pusieron a reescribirles los trabajos a los corresponsales de provincia y después me mandaron para acá, para probarme.
—A mí me pusieron la cabeza así contigo. Me advirtieron que te vigilara y todo.
—¿Y me lo dices ahora, cabrón?
Alcides encendió otro cigarro y bebió más ron.
—¿Qué tú querías, que me tirara de barriga contigo sin saber quién coño tú eras? No jodas, Mauricio.
Mauricio sonrió y vio cómo el sol se perdía detrás del Hotel Trópico.
—Pero me alegro de haberte conocido bien. Tú eres el mejor periodista que ha trabajado conmigo.
—Gracias por el cumplido, jefe.
—Ojalá que las cosas te salgan bien y que no te quedes en España. No por mí, sino por los que te jodieron. No les des la razón.
—Parece que voy a pasarme la vida a prueba, como el Challenger.
—Dame más ron. Parece que va a llover otra vez.
—Te imaginas que voy a ver la exposición del siglo, compadre. Que voy a ver por fin la Vista del jardín de la Villa Médicis…
Y otra vez Alcides sonrió y bebió otro sorbo de ron.
—Tú terminas loco o metiéndote a maricón. Me la juego que sí. —Pero esta vez no sonrió. Miró a los ojos de Mauricio y le dijo—: ¿Tú crees que en Cuba nos volvamos a ver?
El ron y la noticia de su viaje a Madrid le habían provocado cierta euforia ligera y Mauricio pensó hacer un chiste, pero se contuvo.
—¿Tú crees que después que salgamos de aquí sigamos siendo amigos?
—Me gustaría que sí —suspiró Alcides y parecía triste. Generalmente el alcohol le ponía a flote sus más íntimas nostalgias—. Porque creo que te voy a extrañar. Son como quince meses viéndote la cara todos los días.
—Ojalá pudiéramos seguir siendo amigos. Cualquier guerra es demasiado jodida para que al final uno se quede sin las cosas más importantes, ¿no?
—Te voy a visitar un día y yo voy a llevar el ron. De verdad que me gustaría.
Mauricio miró hacia la calle, que se oscurecía con las nubes cada vez más bajas, y lamentó la desconfianza que durante varios meses sintió por aquel hombre. En Cuba tal vez Alcides nunca hubiera sido su amigo, quizás ni siquiera habrían conversado jamás, pero allí, entre tantas nostalgias, miedos y soledades, todo podía ser distinto y definitivamente indeleble: sí, se alegraría al verlo otra vez, con sus tres bolígrafos en la guayabera, su sonrisa insoportable y sus manías de hombre atinado y demasiado responsable.
—Espero por el ron —dijo al fin.
—Hasta tengo ganas de abrazarte —dijo el otro.
—Tú también terminas loco o maricón —dijo Mauricio y trató de imitar la sonrisa perenne del director.
Todavía le parecía mentira. La cadena de contingencias que lo habían puesto en Madrid, aquel 3 de febrero de 1990, era demasiado compleja para ser posible y mucho menos real. Pensó cuánto le hubiera gustado contarle todo eso a María Fernanda: desde sus problemas en el periódico hasta el hallazgo de su libro, y pedirle que lo guiara hacia El Prado para ver juntos las setenta y nueve pinturas del sevillano y convencerse al fin de que la dueña del libro era precisamente esa mujer que lo había buscado toda la vida sin imaginar siquiera que él vivía en un barrio polvoriento y pendenciero de La Habana, que hasta dos años antes jamás imaginó cuánto lo podría añorar… Cuando era muy joven y leía biografías de hombres notables, Mauricio se aficionó a desentrañar los vericuetos que van haciendo las vidas de las gentes: un encuentro casual, una decisión inesperada, un acto fortuito: ¿por qué en su propia vida no habría nada de eso? Él mismo se consideraba una equivocación y su existencia le parecía una sucesión de frustraciones y errores que lo habían llevado a perder todas las ambiciones, todos los sueños. Si él no era un aficionado a la pintura y jamás en su vida se había detenido a observar una reproducción de Velázquez, ¿por qué se había encontrado sólo aquel libro y no a la mujer que lo había marcado con sus desvelos? Últimamente había empezado a imaginar el físico de María Fernanda. Al principio era sólo espíritu, voz y misterio, pero ahora se le aparecía como una mujer pálida y apacible, de ojos grandes y muy húmedos, que sonreiría a través de un espejo al verlo llegar. Así la encontró en la ilustración sesenta y siete del libro, tendida y desnuda. Pero ella nunca lo vería llegar. Por ahora debía conformarse con la Venus de Velázquez.
—Por favor, ¿hasta qué hora está abierto el Museo del Prado?
El guardia de inmigración miró la foto del pasaporte y entonces levantó la vista.
—La verdad, señor… —respondió y alzó los hombros, desamparado y confundido.
—No importa —dijo Mauricio y recogió sus papeles. Pasó al salón de equipajes y no pudo evitarlo: la brillante limpieza del aeropuerto lo deslumbró. Dos años caminando por calles que sólo limpiaban el viento y los muy esporádicos aguaceros de Luanda y viviendo en un apartamento con otros tres hombres que se turnaban para no barrer, bastaban para que aquel piso sin polvo ni colillas lograra encantarlo.
Miró su reloj y suspiró: las cuatro y veinticinco. Nadie a su alrededor tenía cara como de saber a qué hora cerraba el museo. Había calculado que estaría abierto hasta las nueve. Que saldría del aeropuerto a las cinco, pasaría por el hotel a dejar las maletas y a más tardar a las seis estaría en El Prado, con tiempo suficiente para emborracharse de Velázquez.
Fue al baño y mientras orinaba miró de nuevo el reloj: «Sí, estoy en Madrid», se dijo, a las cuatro y media de la tarde, y al salir comprendió que era feliz pues su maleta corría por el río mecánico de los equipajes. Secó el sudor de sus manos y se prohibió mirar otra vez el reloj.
El autobús lo dejó en la Puerta del Sol. Su compañero de asiento en el viaje desde el Hotel Diana le había explicado cómo tenía que hacer: una de las calles que desembocan en la Puerta del Sol es Alcalá. Tomas todo Alcalá y cuando llegues al Banco de España ya estás en Paseo del Prado, tuerces a la derecha en la fuente de Cibeles y ahí está el museo, macho, le dijo y le confirmó lo más importante: Está abierto hasta las nueve.
Atravesó la plaza y resistió todas las tentaciones: los cafés, las tiendas, los candongueros africanos devenidos vendedores callejeros de gafas, aretes y otras baratijas de contrabando. Ahora sufría un imprevisto ataque de nostalgia: desde que su compañero de autobús le habló del Paseo del Prado, dos leones de bronce, traídos desde el Prado habanero, se habían instalado en su memoria y le reavivaron los deseos de estar al fin en su casa, con la mujer, los perros y los libros que tanta falta le hacían para vivir.
El frío de Madrid era soportable: una pizarra digital, junto a un semáforo, marcaba la temperatura y la hora: trece grados y las 5:39 de la tarde. Y Mauricio sintió deseos de correr. La gente caminaba deprisa, conversaban sin parar y fumaban como condenados. Entraban y salían de los bares acomodándose sus abrigos de piel o de lana. Miraban los escaparates de las tiendas y calculaban si era cierto lo de las rebajas de fin de temporada. Corrían hacia la boca del metro con un desenfreno capaz de llevarse por delante cualquier obstáculo humano. A Mauricio le agradaba pensar que ninguna de aquellas gentes, sin embargo, podría tener la más mínima idea de quién era él y qué hacía en Madrid, con deseos de correr y eufórico como hacía mucho tiempo no llegaba a sentirse. Las manos ya no le sudaban y sólo quería detenerse para tomarse un café, pero no se permitió ese lujo. Toda su fortuna eran dieciséis dólares y ya había tomado bastante café en Angola.
El Paseo del Prado lo sorprendió: estaba ahí, frente a él, inconfundible aunque sin leones de bronce, y se colocó entre los que esperaban el cambio de luz. Sin darse tiempo para contemplar la celebridad de la Cibeles, atravesó la calle y dobló a la derecha en el corredor central de la avenida, poblado de árboles, tal vez cipreses, desnudos y oscuros. Estaba a menos de doscientos metros del museo y al fin le pareció que sí, que era verdad, y por un momento se acordó de Alcides. En el recuerdo, Alcides sonreía. Y entonces empezó a correr hacia el apacible atardecer en la Villa de los Médicis.
Cuando el celador del museo le explicó que la instalación cerraba los lunes y abría los martes a las nueve de la mañana, y que le daba pena que hubiera venido desde Angola, eso queda por el Congo, ¿no?, y se fuera al día siguiente, pero que él no podía hacer nada, que estaba cerrado-cerrado, señor, Mauricio se convenció de que la vida era una mierda, aunque uno estuviera un 3 de febrero ante las puertas del Prado, a sólo una pared de distancia de setenta y nueve obras maestras del afable Diego Velázquez. Sobre todo si era lunes.
Un lunes había muerto su madre, recordó. Un lunes la UNITA había atacado la caravana donde iba su socio Marquitos, el fotógrafo, que fue el único muerto en la escaramuza; un lunes lo habían llamado a la dirección del periódico para halarle las orejas y hasta la vida. También se había casado un lunes, y se dijo que no tenía constancia ni para la mala suerte.
La fuente de Cibeles lanzaba sus chorros de agua sobre la carroza de mármol y Mauricio tuvo que sonreír ante el detalle que podían gastarse los europeos: un pequeño cartel advertía que los tulipanes rojos, amarillos y púrpuras, sembrados alrededor del monumento, eran un obsequio de la alcaldía de Ámsterdam al Ayuntamiento de Madrid. Se detuvo en el nacimiento de aquel Paseo del Prado desprovisto de leones y se sintió vacío y extenuado. Pensó en regresar al hotel, taparse la cabeza y dormir hasta olvidarse de todo, pero una señal en la calle y una canción lo obligaron a cambiar el rumbo: PUERTA DE ALCALÁ, decía, y una flecha indicaba hacia la derecha, cuando empezó a cantar aquella melodía que dos años antes había llegado a odiar, cuando su hermano copió el casete de Ana Belén y los moradores de la casa estaban condenados a oír, a todo volumen y unas diez veces al día, «Mírala, mírala, mírala, \ la Puerta de Alcalá, \ mírala, mírala, mírala…». Al carajo: la miraría.
Mirándola, Mauricio comprobó que hubo suficientes tulipanes holandeses para engalanar también la Puerta de Alcalá, la monumental entrada al viejo Madrid, que Carlos III ordenó construir a Sabatini en su propio honor de rey ilustrado y victorioso. Bajo aquellos cinco arcos triunfales, ahora vedados a los transeúntes por los canteros de tulipanes, corrieron durante muchos años los mejores toros de lidia destinados a morir en la arena y pasaron reyes y ejércitos, aguadores y mendigos. Tal vez su inefable María Fernanda miró también alguna vez aquel monumento estricto después de recrearse en El Prado con las luces y colores tan delicados de Velázquez y comprar en la boutique del museo el librito que el destino llevaría años después hasta las manos de un oscuro y sancionado periodista cubano, acusado de no poseer la suficiente firmeza ideológica para ser un orientador de las masas, según constaba en su expediente… ¿Qué tendría ella en su mente mientras la miraba? Mauricio quiso imaginar lo que pensaba María Fernanda, pero terminó volviendo a sí mismo: ¿tendría una segunda oportunidad en su vida para estar en Madrid y atravesar por fin las puertas de El Prado? ¿Qué haría con sus escuálidos dieciséis dólares: intentaba emborracharse y rendir su particular triunfo a Baco, o se comía un cocido madrileño, o le compraba a su mujer los ajustadores que le había encargado? ¿Qué sucedería cuando regresara al periódico, purificado y redimido al fin por su abnegada estancia en Angola, evaluada de excepcionalmente positiva, laboral, ideológica, militar y políticamente por Alcides y refrendada por el núcleo del Partido y la jefatura de la Misión? Pensando y mirando la Puerta de Alcalá, Mauricio hasta se olvidó de la canción y de Velázquez, y se decidió por el cocido madrileño cuando vio al hombre vestido con un elegante traje gris que, en la otra punta de la calle de Alcalá, justamente en la línea que sus ojos tendían bajo el arco principal de la puerta, miraba concentrado las figuras que coronaban el monumento. Entonces el hombre bajó la vista y su mirada hizo el mismo recorrido, pero en sentido inverso, al trazado por la mirada de Mauricio: sobre los tulipanes, a través de la puerta, sorteando el tráfico de la calle, y también lo vio. No puede ser, dijeron Mauricio y el hombre del traje gris en el mismo instante, cada uno en su lado de la Puerta de Alcalá.
2
Faltaban apenas tres meses para graduarse, Mauricio de filólogo y Frankie de arquitecto, cuando Charo, la novia de Frankie, llamó a Mauricio y le dijo: «Frankie se fue por el Mariel. Fue a la oficina que abrieron en el Cuatro Ruedas y dijo que era maricón y le dieron la salida. Te dejó dos libros».
Los libros eran los dos tomos de la Historia de la arquitectura moderna, de Leonardo Benevolo, que Mauricio siempre había querido tener y, sin embargo, jamás volvió a leer desde que fueron suyos.
Se habían conocido cuando comenzaron el décimo grado en una secundaria de La Víbora y fueron compañeros de aula hasta terminar el pre. Los cinco años de la carrera los distanciaron un poco, se veían alguna noche para ir al estadio si los Industriales estaban en buena racha o los sábados para oír discos de Chicago y los Creedence y tomarse unos tragos de ron, pero Mauricio siempre lo consideró un buen amigo. Además, tenían otros gustos en común —Marilyn Monroe (como excepción) y las mujeres trigueñas (como patrón), las novelas de Raymond Chandler, el bar del Hotel Colina con su mural de perritos bebedores y los blue-jeans y las sandalias sin medias— y sentían lástima por los perros callejeros y cierta inquina indefinible por los maricones. Y como Frankie era católico y Mauricio ateo maldiciente, nunca hablaban de religión: preferían soñar qué serían en el futuro. Claro: un gran arquitecto y un escritor famoso.
Mucho tiempo después, cuando era el redactor joven más solicitado del periódico y lo llamaban de la dirección para encargarle ciertos trabajos especiales, Mauricio escribió un laureado reportaje sobre la inmigración china a Cuba y tuvo por primera vez una idea cabal del drama del desarraigo. Entonces pensó en su antiguo compañero de aula y aficiones, y recordó que una tarde, caminando por el barrio chino, habían hablado algo sobre aquel tema.
«¿No te da lástima? A mí me parten la vida estos chinos, la soledad se los está comiendo por una pata y ya no tienen base para donde virarse», había dicho Frankie al ver a un chino viejísimo, sucio y escuálido, que se sacaba las legañas de los ojos y luego las observaba en la punta de sus dedos, con los párpados casi cerrados.
Por eso, cuando Charo lo llamó y le dijo lo que había hecho Frankie —dijo que era maricón—, Mauricio se negó a creerlo. Jamás habían pensado en la posibilidad de que su amigo se fuera de Cuba; y aunque en los últimos dos meses, enfrascados en sus tesis de grado, sólo habían hablado por teléfono, Mauricio pensó que nadie decide en ese poco tiempo algo tan definitivo e irreversible. Y entonces buscó sin éxito una nota entre las páginas de los libros de arquitectura, conversó con Charo y la muchacha le juró que tampoco sabía nada, habló con los padres de Frankie y sólo consiguió hacerlos llorar. Frankie lo había hecho todo en silencio, como alguien que huye. ¿Por qué dos personas casi iguales pueden hacer cosas tan distintas?, se preguntó y nunca encontró una respuesta convincente, ni recibió jamás una carta con un intento de explicación. Era el fin de algo.
Habían bordeado la rotonda que envuelve a la Puerta de Alcalá y se encontraron con una sonrisa. Frankie parecía saludable y satisfecho: su traje gris era sobrio y preciso y el pullover de lana que llevaba bajo el saco se veía cálido y protector. Mauricio no pudo evitarlo: se sintió en desventaja, aunque más consecuente. Su blue-jean, medio desteñido, era un signo de su fidelidad a una querida costumbre, y su jacket soviético, de guata y nailon, amortiguó el abrazo que le brindó aquel hombre venido del pasado y la memoria. Se miraron unos instantes sin hablar, hasta que Frankie propuso el tono:
—Cojones, Mauricio, cómo te han salido canas.
—Las pajas y la cloroquina… Vengo de estar dos años en Angola —y rio.
Algunas veces, Mauricio había imaginado aquel encuentro: pensaba que Frankie volvía a La Habana por unos días para ver a sus padres, y lo llamaba por teléfono. Lo difícil era concebir la conversación: ¿Frankie se justificaba? ¿Venía triunfante y le ofrecía dinero para lo que quisiera? ¿Estaba deshecho y jodido como un chino de Zanja? Pero Frankie nunca había vuelto.
—¿Y qué tú haces aquí si estabas en Angola?
—Ni te lo imaginas… ¿Y tú?
—Vine a un congreso de arquitectura y me voy mañana por la mañana.
—¿Te va bien?
—Creo que sí. ¿Y tú cómo estás?
—Jodido pero contento —dijo Mauricio, empleando la frase con que solía responder el padre de Frankie al devolver el saludo.
—Pero esto es increíble. ¿Qué coño me iba a imaginar yo esto? ¿Y tu gente, cómo andan?
Frankie parecía ávido y conmovido. Quería saberlo todo y lamentó lo de la exposición de Velázquez. Coño, y que yo la vi ayer, compadre, dijo, mientras caminaban sin rumbo aparente alejándose de la Puerta de Alcalá.
—Oye, Mauricio, ¿y qué tienes que hacer ahora? —preguntó a la altura de la Cibeles, y Mauricio respondió:
—Esperar a que sea mañana para irme pal carajo.
—Bueno, vamos, te invito a un café. Ahí está el Café Gijón, el de los escritores. ¿Ya has escrito algún libro?
—Qué memoria tienes.
—Y dilo. Vamos, es allí enfrente.
—Oye, ¿no te perjudica estar aquí, hablando conmigo?
Mauricio estudiaba el ambiente agradable del viejo café madrileño, propicio a las tertulias, y tuvo que mirar a Frankie.
—A lo mejor sí, pero no te preocupes. Yo soy un internacionalista y tú uno que te fuiste, pero la verdad es que me alegro de verte. Hace diez años que me dejaste con una pregunta en el directo.
—Dos cafés y dos jotabé —pidió Frankie—. ¿Con hielo el tuyo? Mire, los dos sin hielo, por favor, en copa de coñac.
—Estás distinto.
—Y tú estás igualito. Más jodido que contento… Yo también me alegro de verte. Nunca me atreví a mandarte una carta aunque te escribí como diez. Sobre todo al principio.
—¿Y qué decías en esas cartas?
—Todo. Creo que todo. Que te quería con cojones, más que a mis hermanas, y que siempre iba a querer ir contigo al estadio. Oye, man —dijo y sonrió—, compadre, ya no voy nunca a la pelota.
El camarero regresó con el pedido y lo acomodó sobre la mesa de mármol. Frankie sacó una cajetilla de cigarros Kaiser y una fosforera dorada. Encendió un cigarro y probó el café.
—Vivo como Dios, como les gusta decir a los españoles. Bien con cojones. Empecé trabajando en un banco y me matriculé en la universidad por la noche y terminé la carrera en tres años. Conseguí una buena pincha, hacía años que no decía eso, pincha, y gano buena plata y puedo venir de vacaciones a España todos los veranos. New Jersey es terrible en julio y agosto.
—Y me vas a decir ahora que aunque tienes carro, casa, televisión por cable y una cuenta en el banco te falta lo más importante. No me vengas con ese cuento que me lo sé de memoria. ¿Te acuerdas cómo es La Habana en julio y agosto? Lo jodido es que no hay otro lugar adonde ir…
Frankie sonrió y terminó su whisky de un golpe.
—Salud —dijo Mauricio al levantar el suyo y también lo acabó de un trago.
—Dos más —pidió Frankie y aplastó el cigarro en el cenicero.
—La vida es una mierda —dijo Mauricio y por primera vez en muchos días sintió verdaderos deseos de reír—. Mañana por la noche estoy otra vez en La Habana —dijo al beber la segunda copa de whisky—. Y en vez de haber visto a Velázquez te he visto a ti. ¿Has vuelto a saber de Charo?
—No, ni quiero que me cuentes. Tengo que protegerme y decidí cortar con todo.
—También conmigo.
—No jodas, Mauricio. Mira, hace como tres años, leyéndome a Proust me acordaba de ti, ¿te acuerdas que tú fuiste el único en el pre que se leyó Un amor de Swann? Y hay una parte, creo que en A la sombra de las muchachas en flor, en que el cabrón dice que, más o menos así, une más la consanguinidad de espíritu que la identidad de pensamiento…
—Proust tenía serios problemas ideológicos. En mi periódico no duraba una semana…
—¿Vas a seguir jodiendo?
—Yo también tengo que protegerme, ¿no? Pide más whisky, anda. Te va a salir cara la nostalgia.
—Dos más y aceitunas verdes. Las negras saben a mierda. Oye, Mauricio, ¿y de verdad no has escrito nada?
Mauricio se quitó el abrigo para darse tiempo. Se echó una aceituna en la boca y acomodó su copa frente a él.
—Antes de ir para Angola todavía hacía el intento a cada rato. Publiqué como tres cuentos, pero son una mierda, no es lo que quiero. Eran cosas demasiado evidentes. Ahora a lo mejor escribo algo sobre una mujer que se llama María Fernanda y se pierde en la selva, y de un periodista que se enamora de ella y trata de imaginar qué le pasó.
—¿Y esa descarga, man?
—Nada, me gusta María Fernanda. Y tú, ¿cuántas casas has hecho?
—Ninguna, trabajo en una compañía especializada en las demoliciones. ¿Qué te parece?
—Demoledor —dijo y ambos rieron. Y Mauricio se preguntó si al fin y al cabo Proust no tendría razón. Sentía que aquel hombre mundano de traje gris y zapatos italianos hechos a mano con piel argentina, seguía siendo su amigo y que nada que hiciera podía cambiar esa condición. Pero le dijo—: No sé, creo que ya no te conozco. ¿No sabías que mi mamá se murió hace cuatro años?
La historia debía ser muy simple, pero de una simplicidad conmovedora. Sería, en verdad, la historia de un desencuentro a través de Europa y África, de dos personas que en realidad habían nacido para fundirse. El personaje se llamaría María Fernanda, no podía imaginar otro nombre más adecuado, y debía evitar cualquier influencia hemingwayana.
Algo de aquella ficción ya estaba completamente decidido: la prosa tendría los colores de Velázquez y el físico de María Fernanda sería el de La Venus del espejo, aquel imprevisible desnudo que inauguraba el género en la pintura española, tan atrevido, humano y tangible. Esta decisión, en puridad, no tenía un origen estético sino esencialmente cerebral: uno de los días que hojeaba —y ojeaba— el libro de María Fernanda sobre Velázquez se había detenido más tiempo de previsible en la figura 66-67 (La Venus del espejo. Sobre tela, 124 × 180 cm. Londres, National Gallery) y el culo de la diosa mitológica, entregado al espectador en un primer plano que se convertía en centro focal del dibujo, le provocó a Mauricio una inesperada erección que concluyó en una satisfactoria y abundante masturbación. Desde ese día pensó que María Fernanda se debía parecer a Venus y que, si se encontraban alguna vez, ella lo esperaría, desnuda y tendida, y lo miraría a través del espejo de Velázquez.
Lo más difícil de trabajar, sin embargo, era el personaje masculino. Mauricio sabía que iba a escribir en primera persona, aunque le molestaba la cercanía entre autor y narrador-protagonista que le impondría aquella perspectiva y, sobre todo, la carga autobiográfica que llevaría el personaje: aunque él nunca se había lanzado por el mundo en busca de una mujer, sus expectativas, deseos y desalientos iban a estar flotando sobre aquella criatura y, definitivamente, terminaría pareciéndose a él. Y aquello era injusto tratándose de una persona que no desea parecerse a sí misma, pensaba, que no quiere ser como ha sido, pensaba, que nunca tuvo valor para aceptar los riesgos que están más allá de una supuesta comodidad y piensa, no obstante, que su vida es una mierda. ¿Cómo congeniar a aquel tipo con la vitalidad romántica y existencial que debía tener María Fernanda?
Al final, Mauricio sabía que nunca podría escribir aquella historia, por más que se lo propusiera. Sencillamente lo desbordaba, pero lo complacía pensar en la aventura de María Fernanda porque era la única demostración tangible, al cabo de tantos meses en Angola, de que no estaba seco para siempre. Entonces observaba otra vez La Venus del espejo y admiraba la valentía de Velázquez, y su sentido de la libertad artística que ningún rey le pudo arrebatar del todo. ¿Quién fuiste, quién eres en realidad, María Fernanda?, se preguntaba tratando de robarle a la penumbra del espejo el rostro creado por el pintor, y soñaba.
Mauricio aceptó: Frankie conocía un excelente restaurant argentino cerca de la Castellana donde, aunque el vino no era de primera, servían los mejores filetes de todo Madrid. Traen la carne desde Buenos Aires, dijo, seguramente recordaba que Mauricio nunca podía negarse ante un buen bistec. Y aquello era más que un buen bistec: Mauricio calculó que su churrasco pesaba cerca de una libra y lo acompañó con otra libra de papas fritas y media botella de vino tinto de Mendoza y remató el banquete con unos crepes en almíbar y un buen pedazo de turrón de Alicante.
—Eso era hambre vieja, man —sonrió Frankie mientras encendía su cigarrillo.
—Nunca como en los aviones, me da ganas de vomitar. Y ya estaba herido.
—¿Cómo están las cosas allá?
Mauricio sintió deseos de fumar. Hacía cinco años que había dejado el cigarro y logró superar la crisis de los primeros meses en Angola sin volver al vicio. Recordó que había sido precisamente él quien indujera a Frankie a probar su primer cigarro, hacía ya veinte años, y él había desertado. Encendió el cigarrillo, comprobó que era excelente.
—Creo que peor. Las cosas no andan bien —dijo, sin deseos de ofrecer más explicaciones.
—¿Y no has pensado irte?
—No voy a irme. A pesar de todo, no voy a irme. ¿Tú sabes que me tronaron hace tres años y mi misión en Angola fue parte del castigo? Pero no puedo irme. Y lo peor es que no sé por qué…
—Eso mismo pensaba yo, y me fui, y mírame aquí: sí pude.
—Felicidades.
—No jodas, Mauricio, tú no te imaginas cómo me siento ahora mismo. Hacía diez años que no te veía y no sé cuántos voy a estar sin ver a mis viejos. Tu madre se murió hace cuatro años y yo ni lo sabía. Para irme tuve que decir que era maricón, y por suerte otro mariconcito que estaba en la oficina dijo que sí, que yo era un gallo tapao, pero que él me había visto con mis amigas en Coppelia.
—Fue tu decisión, ¿no?
—Sí, fue mi decisión, y no me arrepiento. ¿Y tú, cómo la pasaste en Angola? He leído que aquello es terrible.
Entonces Mauricio pensó decirle que la había pasado bastante bien y que no era tan terrible con decían. Pero recordó a Alcides, sentado tras su buró del periódico, terminando la carta que él debía entregarle a su mujer: No le digas que me estoy poniendo viejo y que me sube la presión, y menos todavía que me estoy volviendo un alcohólico de mierda, le pidió Alcides mientras cerraba el sobre.
—La verdad es que siempre tuve miedo. Pero aguanté y me alegro de haber resistido a pesar del miedo.
Frankie sonrió y extendió una mano por sobre la mesa, como si quisiera apoderarse de aquel instante con sólo tocar la mano de su amigo, pero se detuvo sobre los cigarros.
—Dice Fellini que el personaje que más odia es a Aquiles, porque nunca tuvo miedo de nada. Me acordé de eso porque no se me olvida el día que me dijiste que Amarcord era la mejor película del mundo.
—Ahora pienso que es Amadeus. Diez años no pasan por gusto.
Frankie miró a su alrededor, como si temiera que alguien los estuviera escuchando. Mauricio sabía que iba a decirle algo que le parecía importante.
—¿Vas a decirle a alguien que nos vimos?
—Aunque no te hubiera visto pensaba ir a ver a los viejos tuyos. Claro que les voy a contar. No me has dicho si tienes mujer.
—No, ahora no tengo. No es tan fácil como en Cuba. Y a veces me siento más solo que el carajo.
—Como un chino de Zanja… Yo también me siento solo a veces, así que no te preocupes demasiado. Lo de Angola no fue fácil. De verdad que estuve con miedo desde que llegué, con miedo a morirme sin volver, con miedo a que Graciela me estuviera pegando los tarros, con miedo a quedarme seco para siempre y no poder escribir más nunca. Todo tiene su precio y cada cual lo paga como puede. Yo no tengo carro, ni televisor en colores y a mi mujer le hacen falta unos ajustadores y no tenemos muchachos porque tendríamos que ponerlos a dormir arriba de nosotros. Pero esa es mi decisión o mi falta de decisión. No obstante, muchas veces me pregunto si todo eso está bien, si es inevitable que viva así. No lo sé, la verdad. Lo jodido es que la vida de uno es un proyecto irrepetible y, si estás equivocado, nunca vas a tener tiempo de arreglar lo que ya pasó.
—Pero tú puedes cambiar ese proyecto…
—Mentira. No me vengas con cuentos. ¿Tú estás seguro de que no te equivocaste, eh, dime?
Frankie tomó de su café y encendió otro cigarro.
—No. Todos los días pienso eso. Y sé que me va a costar mucho trabajo volver a ser feliz.
—Así que feliz, ¿no? ¿Viste en la exposición de Velázquez los dos cuadros de la Vista del jardín de los Médicis?
Frankie pensó un instante, antes de responder.
—¿Los que parecen impresionistas?
—Esos mismos. Esa es la felicidad más completa que conozco. Creo que si un día yo pudiera escribir algo así, o sentirme como si estuviera allí, creo que sería feliz.
—Te estás volviendo loco pal carajo.
—Más bien di que ya estoy loco: pero sé lo que te estoy diciendo. Uno no puede pasarse la vida ni demoliendo edificios ni pensando que todo es una mierda. Alguna vez tienes que hacer algo así, aunque no seas un genio como Velázquez…
El silencio cayó de golpe sobre la mesa. Frankie y Mauricio se miraron a los ojos. Mauricio vio cómo una lágrima se formaba en las pupilas de su antiguo compañero y amigo, y bajó la vista para no verlo llorar.
—¿Te has dado cuenta de que a lo mejor nos estamos viendo por última vez en la vida? —preguntó Frankie y Mauricio asintió, sin valor para mirarlo.
—Dale tú gracias a Dios que nos hayamos visto otra vez. Yo se lo voy a agradecer a Velázquez y a María Fernanda.
—Y no sé si es bueno o no haberte visto otra vez. Había cosas en las que ya ni pensaba, y ahora…
—Tú siempre fuiste más sentimental que yo, por eso nunca me pude explicar lo que habías hecho. Pero me alegro de haberte visto y de haberme comido este bistec. Pide más vino, anda —dijo Mauricio y, sin pensarlo, sacó el último cigarro del paquete y lo encendió tranquilamente—. Cada uno con su propia cruz, ¿no? Por cierto, ¿viste qué culo tiene la Venus de Velázquez?
Ahora hacía frío en Madrid. El termómetro callejero marcaba siete grados y, aunque la carne y el vino amortiguaban la frialdad, Mauricio lamentó no haberse tomado el aguardiente de orujo que pidió Frankie con el último café. Le gustaba, sin embargo, caminar por aquella ciudad gélida y semidesierta a esa hora. Durante sus dos años en Luanda tuvo totalmente prohibido andar por la ciudad después de las seis de la tarde, y vagar otra vez, en plena madrugada, le hacía recuperar uno de sus hábitos más entrañables. Se imaginó entonces que recorría Madrid junto a María Fernanda: la había encontrado en El Prado, de pie y embrujada por la felicidad de Velázquez y la quietud de las Vistas del jardín de los Médicis, y la reconocía de inmediato. Él le decía: «Tú eres María Fernanda y yo vengo a devolverte tu libro», y los dos descubrían por fin que se habían estado buscando durante muchos años…
—No quiero despedirme de ti —dijo entonces Frankie y se detuvo en la acera—. Sé que va a ser irreversible. Por qué no damos una vuelta por ahí…
—Ya es irreversible, man —dijo Mauricio y sonrió. Enseguida comprendió que era un mal chiste y lo lamentó—. Vamos a la Puerta de Alcalá, dale, para un taxi.
Viajaron en silencio. Algunos termómetros marcaban hasta cinco grados y Mauricio sentía otra vez deseos de fumar. El taxi los dejó en la esquina donde se habían encontrado y Frankie pagó.
—Oye, compadre —dijo entonces Mauricio—, regálame tu caja de cigarros.
Frankie sonrió y le entregó la cajetilla de Kaiser, en la que apenas faltaban dos cigarrillos.
—¿Vas a volver a fumar?
—Creo que sí. Vaya, te regalo uno.
Encendieron los cigarros y sonrieron.
—Mauricio, ¿quieres dinero para comprarte algo, los ajustadores de tu mujer, cualquier cosa?
—No, creo que los ajustadores cuestan menos de dieciséis dólares y no sé si me va a dar tiempo a comprarlos.
—Llévate el dinero, mira, para que te compres una botella de whisky en el aeropuerto.
—No jodas más, Frankie. Hay cosas que son, como tú dices, irreversibles… Regálame la fosforera.
Con cierta prisa Frankie buscó el encendedor dorado en su bolsillo y se lo entregó a su amigo. Mauricio lo miró y dijo:
—Gracias —y lo guardó en el mismo bolsillo del que sacó el libro. Miró un instante la portada donde, bajo el título y el crédito de Emma Micheletti, se reproducía un detalle de Las hilanderas. Con la luz ámbar de los faroles el dibujo parecía resplandecer. Mauricio hojeó el libro y se detuvo en la página veintitrés, miró a Frankie, y entonces leyó—: «Al volver a Roma, Velázquez visitó de nuevo la Villa de los Médicis y sintió, intensamente, la dulce poesía del lugar y de las horas. Todo lo que él pinta casi parece el eco de un momento lejano en el tiempo, vuelto a encontrar y revivido en una sensibilidad más completa y madura…». Esto lo marcó María Fernanda. Por algo le pareció importante, sabe Dios por qué. Es bueno pensar que alguna vez vamos a visitar otra vez el jardín de los Médicis. Toma, te lo regalo. —Y le extendió el libro a Frankie—. Por mí y por María Fernanda —agregó y lanzó el cigarro a la calle.
—Gracias —dijo Frankie, después de leer otra vez el párrafo marcado con tinta roja.
—Hasta luego, man —dijo Mauricio y comenzó a alejarse.
Sentía que le ardía la garganta y sabía que no era el frío ni el regreso del cigarro, sino algo mucho más profundo y, justamente, irreversible. Bordeó la rotonda de la Puerta de Alcalá y se detuvo en el lugar desde donde la había mirado esa tarde. Allí estaban frescos y galantes los tulipanes holandeses, la carroza triunfal de Carlos III, los arcos simétricos y perfectos que daban entrada y salida a Madrid, y, al mirar a través del arco central, vio al otro extremo de la calle a un hombre elegante, vestido de gris y con un libro en la mano, desdibujándose en la niebla y la luz de oro que derramaban las farolas. Parecía una visión irreal, salida de un momento lejano en el tiempo, vuelta a encontrar y revivida en una sensibilidad más madura y completa. Por fin lloró.
1991