Viaje a la Luna

Viaje a la Luna

Una memoria a mis antepasados, a mis vivencias...unos versos de futuro.

QUIEN NO SE OCUPA DE NACER SE OCUPA DE MORIR

viernes, 10 de julio de 2020


DOS GRANDES, UNA PASIÓN: La guitarra



Leo Brouwer, Cuba


Jimmy Page, Inglaterra








CREAR ALTERNATIVAS AL CAPITALISMO
(Por Frei Betto, en CUBADEBATE)

Manifestantes marchan pidiendo justicia en el caso de Michael Brown, en Clayton, Misuri, Estados Unidos.

En el mundo no faltan los recursos, lo que falta es justicia y, sobre todo, compartir. El PIB mundial –la suma de los bienes y servicios producidos en un año— es de 85 billones de reales. Si se dividiera ese valor entre la población mundial, daría para asegurarle a cada familia de cuatro personas ingresos mensuales de 15 mil reales. Por tanto, surge la pregunta: ¿con qué objetivo se produce? ¿Atender a las necesidades de la población u obtener ganancias?

La desigualdad mundial es escandalosa. El 1% de la población mundial detenta más riquezas que el 99% restante. Y 26 familias acumulan una fortuna igual a la suma de las riquezas de la mitad de la población mundial, o sea, 3,800 millones de personas. En Brasil, según el economista Ladislau Dowbor, seis familias acumulan más riquezas que los 105 millones de brasileños que se encuentran en la base de la pirámide social.

Hoy los paraísos fiscales guardan en sus cofres 20 billones de dólares provenientes de la evasión fiscal, la corrupción y el lavado de dinero. Esa cifra equivale a 200 veces los 100 mil millones de dólares que se decidió destinar a políticas ambientales en la Conferencia de París celebrada en 2015.

Por tanto, es necesario avanzar hacia la democracia económica. No basta la democracia política en la que, teóricamente, todos participan en la elección de sus gobernantes. Todos deberíamos disfrutar de los bienes de la Tierra y los frutos del trabajo humano. Y habría que garantizarle una renta básica universal a cada familia. Todas ellas merecen tener acceso gratuito a los derechos humanos básicos, como la alimentación, la salud y la educación. Se engaña quien piensa que eso representa costos. Se trata de inversiones que mejoran significativamente el nivel de desarrollo de la sociedad y la calidad de vida de la población.

Hoy el desafío consiste en perfeccionar la democracia. Hacerla avanzar de mera delegación a una democracia de participación en la que los ciudadanos decidan el destino de los recursos del Estado mediante sistemas de transparencia de la gestión de dichos recursos, lo que se ve posibilitado por las nuevas tecnologías.

La tributación debería recaer sobre los flujos financieros a fin de contener el capital especulativo. Desde 1995, Brasil exime a los más ricos de pagar impuestos sobre las ganancias y los dividendos, lo que constituye una escandalosa injusticia. Una profunda reforma del sistema financiero tendría que dar por resultado el estímulo a los bancos públicos y comunitarios, las cooperativas de crédito y las monedas virtuales.
Sería necesario planificar el desarrollo local integrado, de modo que cada municipio pueda encargarse del manejo sustentables de los recursos naturales y alcanzar así el equilibrio económico, social y ambiental.

Establecer una economía del conocimiento que, hoy por hoy, es el principal factor de productividad. Toda la sociedad debe tener acceso a los avances tecnológicos. Es necesario revisar las políticas de patentes, derechos de autor, royalties, para destrabar el avance. Y democratizar los medios de comunicación, combatir los oligopolios, hacer que la sociedad esté bien informada.

Según Joseph Stiglitz, “en las últimas cuatro décadas, la doctrina prevaleciente en los Estados Unidos ha sido la de que las corporaciones deben potenciar los valores para sus accionistas –esto es, aumentar las ganancias y los precios delas acciones— aquí y ahora, sin importar lo que ocurra, sin preocuparse por las consecuencias para los trabajadores, los clientes, los abastecedores y las comunidades”.

Es esa lógica denunciada por Stiglitz la que genera la desigualdad social y, en consecuencia, todo aquello que significa exclusión y sufrimiento para la mayoría de la población mundial.





INCONSISTENCIAS
(Por Horacio Rovelli, en el blog “El Cohete a la Luna”)

James Ensor, 1902


Existe en la Administración Nacional un nivel de inconsistencia fiscal y monetaria que no se puede extender en el tiempo por el incumplimiento de los pagos, por una parte y, una manifiesta lentitud en liquidar las exportaciones por otro lado, conformando una combinación perversa y en contra del pueblo argentino.

Por un lado, el déficit fiscal es de más del 1% del PIB por mes, para abril y para mayo y se puede inferir que también en junio, pese a que la recaudación tributaria descendió pero no tanto como en abril y mayo, dados los gastos ocasionados por la atención de Covid-19 y la asistencia de todo tipo a la población. Por otra parte, el crédito a las empresas es de 6% del PIB, que sumado a los créditos personales de un 5% del PIB, araña el 11% del Producto. El BCRA tiene que inmovilizar (pagando intereses) una suma que es incluso mayor a la Base Monetaria [1] en LELIQs (Letras de Liquidez del BCRA) por $ 1.683.302 millones y pases pasivos (que los bancos le prestan al BCRA a menos de siete días) por otros $ 666.090 millones. Esas inmovilizaciones totalizan una suma de $ 2.349 billones (cuando la Base Monetaria al 26 de junio de 2020 fue de $ 2.171 billones).

Déficit fiscal e inmovilizaciones monetarias (pagas, el BCRA le abona a los bancos intereses por las mismas por encima de la inflación) que reflejan el grado de desequilibrio de las cuentas públicas internas que solo financió el BCRA, a costa de expandir el déficit cuasi fiscal.

El BCRA debería tomar cartas en el asunto y utilizar el exceso de liquidez del sistema financiero reorientándolo desde la especulación hacia la inversión y el trabajo. Tener un mapa de qué sectores se quiere impulsar y obligar a las entidades financieras a prestar a ese sector y si no, que dejen de ser bancos: su función es canalizar el ahorro de parte de la población para financiar la producción, no para que especulen o le presten al BCRA para que este a su vez inmovilice esos fondos. El crédito al sector privado es insignificante (11% del PIB) y lo poco que hay en su mayor parte va dirigido al mismo grupo económico, cuando se rompen día a día las cadenas de pago y se acumulan los cheques rechazados.

Hay cientos de actividades que no funcionan por falta de crédito, incluso sin necesidad de importar nada, como es el caso de la construcción, que además es fuerte demandante de mano de obra.

Paralelamente la liquidación de las exportaciones de productos agropecuarios y de manufacturas de origen agropecuario se retrasa todo lo que los exportadores pueden. Habiendo sido la cosecha 2019/20 récord de 127 millones de toneladas de grano, según lo informado por las cámaras exportadoras de aceite y de cereales CIARA-CEC, la liquidación acumulada del primer semestre 2020 es de 9.307,2 millones de dólares, un 15,16% menor que en igual lapso del año pasado que fue de 10.718,6 millones, cuando en la cosecha 2018/19 hubo una fuerte sequía.

Las principales cuatro empresas exportadoras (COFCO, Cargill, ADM y Bunge Ceval) concentran el 48% de las ventas externas totales de Argentina, en tanto que las principales 10 (AGD, Vicentin [2], Glencore, LDC, ACA y Molinos Río de la Plata) representaron el 91% del total de negocios de exportación de granos y productos derivados de origen argentino. Como se explicó aquí, entre los años 2016 y 2019, amparándose en la normativa del gobierno de Cambiemos, no liquidaron más de 19.000 millones de dólares. Es claro y evidente que no liquidan esperando y propiciando una devaluación de nuestra moneda, lo cual explica la diferencia entre el valor del dólar oficial y todos los paralelos.

La devaluación haría volar por el aire el delicado equilibrio en que nos encontramos, subiría aún más el precio de los alimentos y demás insumos que requiere nuestro pueblo, empujando a fracciones cada vez mayores a la pobreza, a la indigencia  y a la desesperación, a la par que se caería más el PIB por el menor consumo interno que no puede ser compensado porque las exportaciones no representan más del 25% del total de lo que se produce. Y es peor, porque en lugar de que esos mayores ingresos incrementen las inversiones terminan engrosando la fuga de capitales. Nuestro país ostenta un triste privilegio: su burguesía tiene más recursos afuera de la Argentina que adentro.

Esto esclarece por qué no les interesa tanto preservar el mercado interno, mientras coinciden grandes empresarios del agro y de la industria, banqueros y comerciantes en asegurar y expandir sus activos en el exterior.

Es más, desde el Rodrigazo y de menor a mayor, nuestra burguesía se somete al capital financiero internacional y a su moneda, el dólar, prefiriendo vender los activos en el país por saberse débil e incompetente para lidiar con el capital extranjero. Lo refleja clara y terminantemente el caso Vicentin, sexto exportador de granos y manufacturas de origen agropecuario, que monta un escenario de fraude y fuga para rendirse sin luchar.

Igual podríamos decir de todos los hijos y nietos de esos industriales que supo tener este país del confín del mundo, que poseen más activos financieros que reales, más activos afuera de la Argentina que en el país, porque han preferido vender sus empresas a la competencia extranjera.

La paradoja cierra cuando se entiende que parte de esos activos líquidos la administra Larry Fink, Presidente de BlackRock, y otros fondos de cobertura como Franklin Templeton, que supo poner a su representante en la Argentina, Gustavo Cañonero, como Vicepresidente del BCRA cuando el ex jefe de la Mesa de Dinero del JP Morgan y el Deustche Bank, Luis Caputo, fue nombrado Presidente y continuó en funciones cuando Caputo renunció presionado por el FMI, hasta el 9 de diciembre de 2019.
Nuestra burguesía en general (puede haber excepciones) espera que el gobierno le pague lo más que pueda a los acreedores y no por actuar de buena fe, sino para no perder tanto como han perdido con el macrismo, que sus acciones valen la mitad o menos que en diciembre de 2015 y, por otra parte, como seguramente compraron títulos públicos y no pudieron salir de los mismos (y no por patriotas), están engrampados en esa doble Nelson que los hace menos ricos.

Lo peor es que creen que con esas pérdidas ya contribuyeron con el país (como si hubieran comprado títulos de deuda por amor a la patria), sin comprender que eran ellos los que querían que cese el gobierno de los Kirchner y propusieron reemplazarlo por un gobierno de CEOs. Así les fue y así nos va.  Son ineptos y quieren que toda la sociedad argentina pague sus errores, cuando debería ser exactamente al revés, que sea el pueblo de este país el que les reclame por su egoísmo, su supina ignorancia y su falta de inteligencia.


La alternativa

El economista Aldo Ferrer se equivocaba cuando ponía la esperanza en la burguesía que tenemos, ya que nuestros empresarios actuales no son los que él había visto en 1968 o aquellos liderados por José Gelbard hasta octubre de 1974. La dictadura militar y el modelo de valorización financiera de capital la diezmó y la que queda es una burguesía de rapiña, apátrida y tonta, a la que sólo le importa acumular dólares en el exterior aún a costa de que sus empresas valgan cada vez menos, como lo demostró la gestión de Cambiemos.

Por ejemplo las empresas del grupo Techint, cuyos directivos y funcionarios están entre las que fugaron dólares y, sin embargo, desde que se privatizó SOMISA en el gobierno de Carlos Menem y paso a llamarse Ternium Siderar, vende la chapa en el país un 30% más cara que cuando la exporta, encareciendo toda la industria argentina que utiliza ese insumo reduciendo las condiciones de competitividad respecto de sus pares extranjeros. Ese grupo económico que con el apoyo del gobierno de Cambiemos armó una filial en Texas con una inversión de 2.000 millones de dólares y generó 1.500 puestos de trabajo en esa Nación, en plena pandemia despidió 1.450 trabajadores en la Argentina.

Con esa burguesía se torna necesario repensar el país y plantear a qué nos vamos a dedicar en los próximos años. Qué vamos a producir, con quién, de qué manera, para quién, que rol debe jugar el Estado, etc., preguntas que son un desafío para el actual gobierno y para todos sus habitantes.

En la Argentina las inconsistencias fiscal, monetaria y de comercio exterior tienen nombre y apellido y están relacionadas entre sí.


[1] Que es la cantidad de billetes y monedas emitidas y puestas en circulación por el BCRA.
[2] Vicentin SAIC con un 9% del total de ventas externas agroindustriales, empresa que atravesó en el 2019 una situación de stress financiero que la llevó a paralizar sus actividades.






MI ZAHIR

Quizá yo acabe por gastar
mi vida
a fuerza de pensarla y repensarla
a diferencia de Isidoro
detrás de ella
no soy optimista
de encontrar a Dios
sería como agraciada
la sentencia para mi



…Prende y se apaga sola
Sale después de hora
Hay tanta gente sola
Hoy tanta gente llora







jueves, 9 de julio de 2020


“Cerro del Jaguar” del Códice Zouche-Nuttall

LA ESCRITURA DEL DIOS
(Jorge Luis Borges, en “El Aleph” 1949)

La cárcel es profunda y de piedra; su forma, la de un hemisferio casi perfecto, si bien el piso (que también es de piedra) es algo menor que un círculo máximo, hecho que agrava de algún modo los sentimientos de opresión y de vastedad. Un muro medianero la corta; éste, aunque altísimo, no toca la parte superior de la bóveda; de un lado estoy yo, Tzinacán, mago de la pirámide de Qaholom, que Pedro de Alvarado incendió; del otro hay un jaguar, que mide con secretos pasos iguales el tiempo y el espacio del cautiverio. A ras del suelo, una larga ventana con barrotes corta el muro central. En la hora sin sombra se abre una trampa en lo alto,, y un carcelero que han ido borrando los años maniobra una roldana de hierro, y nos baja en la punta de un cordel, cántaros con agua y trozos de carne. La luz entra en la bóveda; en ese instante puedo ver al jaguar.

He perdido la cifra de los años que yazgo en la tiniebla; yo, que alguna vez era joven y podía caminar por esta prisión, no hago otra cosa que aguardar, en la postura de mi muerte, el fin que me destinan los dioses. Con el hondo cuchillo de pedernal he abierto el pecho de las víctimas, y ahora no podría, sin magia, levantarme del polvo.

La víspera del incendio de la pirámide, los hombres que bajaron de altos caballos me castigaron con metales ardientes para que revelara el lugar de un tesoro escondido. Abatieron, delante de mis ojos, el ídolo del dios; pero éste no me abandonó y me mantuvo silencioso entre los tormentos. Me laceraron, me rompieron, me deformaron, y luego desperté en esta cárcel, que ya no dejaré en mi vida mortal.

Urgido por la fatalidad de hacer algo, de poblar de algún modo el tiempo, quise recordar, en mi sombra, todo lo que sabía. Noches enteras malgasté en recordar el orden y el número de unas sierpes de piedra o la forma de un árbol medicinal. Así fui revelando los años, así fui entrando en posesión de lo que ya era mío. Una noche sentí que me acercaba a un recuerdo preciso; antes de ver el mar, el viajero siente una agitación en la sangre. Horas después empecé a avistar el recuerdo: era una de las tradiciones del dios. Éste, previendo que en el fin de los tiempos ocurrirían muchas desventuras y ruinas, escribió el primer día de la Creación una sentencia mágica, apta para conjurar esos males. La escribió de manera que llegara a las más apartadas generaciones y que no la tocara el azar. Nadie sabe en qué punto la escribió, ni con qué caracteres; pero nos consta que perdura, secreta, y que la leerá un elegido. Consideré que estábamos, como siempre, en el fin de los tiempos y que mi destino de último sacerdote del dios me daría acceso al privilegio de intuir esa escritura. El hecho de que me rodeara una cárcel no me vedaba esa esperanza; acaso yo había visto miles de veces la inscripción de Qaholom y sólo me faltaba entenderla.

Esta reflexión me animó, y luego me infundió una especie de vértigo. En el ámbito de la tierra hay formas antiguas, formas incorruptibles y eternas; cualquiera de ellas podía ser el símbolo buscado. Una montaña podía ser la palabra del dios, o un río o el imperio o la configuración de los astros. Pero en el curso de los siglos las montañas se allanan y el camino de un río suele desviarse y los imperios conocen mutaciones y estragos y la figura de los astros varía. En el firmamento hay mudanza. La montaña y la estrella son individuos, y los individuos caducan. Busqué algo más tenaz, más invulnerable. Pensé en las generaciones de los cereales, de los pastos, de los pájaros, de los hombres. Quizá en mi cara estuviera escrita la magia, quizá yo mismo fuera el fin de mi busca. En ese afán estaba cuando recordé que el jaguar era uno de los atributos del dios.

Entonces mi alma se llenó de piedad. Imaginé la primera mañana del tiempo, imaginé a mi dios confiando el mensaje a la piel viva de los jaguares, que se amarían y se engendrarían sin fin, en cavernas, en cañaverales, en islas, para que los últimos hombres lo recibieran. Imaginé esa red de tigres, ese caliente laberinto de tigres, dando horror a los prados y a los rebaños para conservar un dibujo. En la otra celda había un jaguar; en su vecindad percibí una confirmación de mi conjetura y un secreto favor.

Dediqué largos años a aprender el orden y la configuración de las manchas. Cada ciega jornada me concedía un instante de luz, y así pude fijar en la mente las negras formas que tachaban el pelaje amarillo. Algunas incluían puntos; otras formaban rayas trasversales en la cara interior de las piernas; otras, anulares, se repetían. Acaso eran un mismo sonido o una misma palabra. Muchas tenían bordes rojos.

No diré las fatigas de mi labor. Más de una vez grité a la bóveda que era imposible descifrar aquel testo. Gradualmente, el enigma concreto que me atareaba me inquietó menos que el enigma genérico de una sentencia escrita por un dios. ¿Qué tipo de sentencia (me pregunté) construirá una mente absoluta? Consideré que aun en los lenguajes humanos no hay proposición que no implique el universo entero; decir el tigre es decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el pasto de que se alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que dio luz a la tierra. Consideré que en el lenguaje de un dios toda palabra enunciaría esa infinita concatenación de los hechos, y no de un modo implícito, sino explícito, y no de un modo progresivo, sino inmediato. Con el tiempo, la noción de una sentencia divina parecióme pueril o blasfematoria. Un dios, reflexioné, sólo debe decir una palabra, y en esa palabra la plenitud. Ninguna voz articulada por él puede ser inferior al universo o menos que la suma del tiempo. Sombras o simulacros de esa voz que equivale a un lenguaje y a cuanto puede comprender un lenguaje son las ambiciosas y pobres voces humanas, todo, mundo, universo.

Un día o una noche —entre mis días y mis noches ¿qué diferencia cabe?— soñé que en el piso de la cárcel había un grano de arena. Volví a dormir; soñé que los granos de arena eran tres. Fueron, así, multiplicándose hasta colmar la cárdel, y yo moría bajo ese hemisferio de arena. Comprendí que estaba soñando: con un vasto esfuerzo me desperté. El despertar fue inútil: la innumerable arena me sofocaba. Alguien me dijo: No has despertado a la vigilia, sino a un sueño anterior. Ese sueño está dentro de otro, y así hasta lo infinito, que es el número de los granos de arena. El camino que habrás de desandar es interminable, y morirás antes de haber despertado realmente.

Me sentí perdido. La arena me rompía la boca, pero grité: Ni una arena soñada puede matarme, ni hay sueños que estén dentro de sueños. Un resplandor me despertó. En la tiniebla superior se cernía un círculo de luz. Vi la cara y las manos del carcelero, la roldana, el cordel, la carne y los cántaros.

Un hombre se confunde, gradualmente, con la forma de su destino; un hombre es, a la larga, sus circunstancias. Más que un descifrador o un vengador, más que un sacerdote del dios, yo era un encarcelado. Del incansable laberinto de sueños yo regresé como a mi casa a la dura prisión. Bendije su humedad, bendije su tigre, bendije el agujero de luz, bendije mi viejo cuerpo doliente, bendije la tiniebla y la piedra.

Entonces ocurrió lo que no puedo olvidar ni comunicar. Ocurrió la unión con la divinidad, con el universo (no sé si estas palabras difieren). El éxtasis no repite sus símbolos: hay quien ha visto a Dios en un resplandor, hay quien lo ha percibido en una espada o en los círculos de una rosa. Yo vi una Rueda altísima, que no estaba delante de mis ojos, ni detrás, ni a los lados, sino en todas partes, a un tiempo. Esa Rueda estaba hecha de agua, pero también de fuego, y era (aunque se veía el borde) infinita. Entretejidas, la formaban todas las cosas que serán, que son y que fueron, y yo era una de las hebras de esa trama total, y Pedro de Alvarado, que me dio tormento, era otra. Ahí estaban las causas y los efectos, y me bastaba ver esa Rueda para entenderlo todo, sin fin. ¡Oh dicha de entender, mayor que la de imaginar o la de sentir! Vi el universo y vi los íntimos designios del universo. Vi los orígenes que narra el Libro del Común. Vi las montañas que surgieron del agua, vi los primeros hombres de palo, vi las tinajas que se volvieron contra los hombres, vi los perros que les destrozaron las caras. Vi el dios sin cara que hay detrás de los dioses. Vi infinitos procesos que formaban una sola felicidad, y, entendiéndolo todo, alcancé también a entender la escriturad del tigre.

Es una fórmula de catorce palabras casuales (que parecen casuales), y me bastaría decirla en voz alta para ser todopoderoso. Me bastaría decirla para abolir esta cárcel de piedra, para que el día entrara en mi noche, para ser joven, para ser inmortal, para que el tigre destrozara a Alvarado, para sumir el santo cuchillo en pechos españoles, para reconstruir la pirámide, para reconstruir el imperio. Cuarenta sílabas, catorce palabras, y yo, Tzinacán, regiría las tierras que rigió Moctezuma. Pero yo sé que nunca diré esas palabras, porque ya no me acuerdo de Tzinacán.

Que muera conmigo el misterio que está escrito en los tigres. Quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto los ardientes designios del universo, no puede pensar en un hombre, en sus triviales dichas o desventuras, aunque ese hombre sea él. Ese hombre ha sido él, y ahora no le importa. Qué le importa la suerte de aquel otro, qué le importa la nación de aquel otro, si él, ahora, es nadie. Por eso no pronuncio la fórmula, por eso dejo que me olviden los días, acostado en la oscuridad.

 A Emma Risso Platero


lunes, 6 de julio de 2020


PEROGRULLADA

No lo tengo muy claro
una obviedad sin embargo
podría ser el camino
para relacionarnos como humanos
qué sentido tendría
si al final todo queda ahí
el final
tan proletario
tan de olvido



...(sin respuesta)...







SOBRE LA VANIDAD
(Por Alfonso Fernández Tresguerres, en “Nódulo Materialista”)

De lo vano del mundo a la vanidad del carácter
1
Puede la vanidad ser entendida (o mejor, lo ha sido de hecho) en un doble sentido: como forma de ser o carácter, por supuesto, mas también como concepto que es emblema y resumen de una particular concepción del mundo y de la vida, de una filosofía, o acaso más ajustado sería decir de una metafísica del vivir y del hacer humanos.

Sin duda alguna, la segunda de tales acepciones encuentra su mejor y más logrado exponente (no hay por qué caer en la extravagancia a fuer de buscar la originalidad) en el vanitas vanitatum proclamado por el autor del Eclesiastés: «¡vanidad de vanidades, todo es vanidad!». Cualquier empresa es fútil y vacía; cualquier deseo y anhelo un simple espejismo, mera «caza de viento».

Ciertamente, todo es fugaz y pasajero; todo vano (que de vano viene vanidad); todo huero e inútil; todo estéril. Y, entre otras cosas (cabe suponer), también lo es escribir el Eclesiastés y darnos consejos, como lo es el que yo escriba sobre él y sobre su darnos consejos. Si a eso vamos: «Acaso no haya vanidad mayor que la de escribir vanamente», como decía Montaigne. Y advierto que no lo digo por el autor del libro bíblico del que hablo, sino por mí mismo. Si es ya mucho dar en vida con un puñado de lectores, qué no será pensar que, desaparecido su autor, cuando ya, periódicamente, no nos importune con uno de sus bodrios, recordándonos de ese modo (una nueva vanidad) su existencia, alguien se ocupe de leer aquellos engendros que un día nacieron de su magín. Mas si esto que digo vale para mí, vale igualmente para muchos como yo; y hasta, a lo que entiendo, alguno hay al que le viene más al caso.

Pero yo (y esto me ayuda) soy poco dado al melodrama, o al menos procuro, siquiera, huir de él; de manera que si no soy melodramático por temperamento, lo soy, desde luego, por convicción. Después de todo, la realidad es como es, y rasgarse las vestiduras o posar de llorón a la vista de la fragilidad de la vida o del fracaso y el olvido al que se hallan condenados los más de los propósitos y obras humanas, resulta no sólo inútil, sino también extremadamente ridículo y cursi; y no es sino otra forma de vanidad: la de quien aspira a convencernos de que es poseedor de una extremada sensibilidad, o de una inteligencia tan aguda que viene, al cabo, a dar en dolorosa. Bien está que se sienta y se muestre angustiado (víctima, pues, de esa angustia vital tan kierkegaardiana) el adolescente que, paradójicamente, ni lo está ni podría estarlo aunque quisiera (y aunque él no lo sepa), máxime si su vanidad del sufrir se despliega por una causa noble, como lo es pretender impresionar a otras adolescentes particularmente impresionables y perfectas receptoras de los efluvios de su desesperación. (Pero no se me haga mucho caso, porque creo que estas cosas ya no están de moda.) Y es que a los diecisiete años uno tiene que aspirar a ser todo (incluso filósofo existencialista), porque de lo contrario, pasados los cuarenta, ya no le quedarán fuerzas para ser nada. Pero mal parece en el individuo maduro que nos aburra con sus pesares y sufrimientos metafísicos; y colmo de la vanidad son esos exhibicionistas del dolor, que, diríase, dan por supuesto que a alguien importa o que a alguien tendría que importar lo mal que se sienten o lo que opinen sobre la crueldad del vivir, sin caer en la cuenta de que con las opiniones sucede lo mismo que con los culos: cada cual tiene el suyo y no hay por qué enseñarlo cada dos por tres.

Mas, en último término, si nada tiene demasiada importancia, entonces también es verdad que tampoco la tiene el que nada sea importante, y vea cada cual lo que hace con el tiempo, más corto o más largo, que le ha sido otorgado hasta que le acontezca el único hecho definitivo y completo del vivir, que no es otro que el morir mismo. Punto final de todo anhelo y de todo pesar, la muerte nos cura, además, de toda vanidad, y lo hace de golpe y para siempre, como no suceda que seamos lo bastante estúpidos para desear, con James Dean, ser un bonito cadáver; vanidad que, obviamente, continúa estando del lado de la vida, no de la muerte (los muertos, como es sabido, no se preocupan en exceso por su aspecto), y que consiste en suponer que incluso cuando ya no podamos vernos ni admirarnos, todavía habrá alguien que nos vea y nos admire. Yo no sé si la vanidad del ser humano puede ir aún más lejos, pero es seguro que no puede hacerlo su estupidez. Pero no le demos vueltas, porque supongo que, a fin de cuentas, se trata de una aspiración como otra cualquiera: si no por algo más, que se nos recuerde siquiera por haber sido un muerto guapo. Aspiración efímera también, porque aunque se puede ser feo toda la vida, no se puede ser guapo toda la muerte, y andando el tiempo ya no existe ninguna diferencia entre el polvo de un hermoso cadáver y el de un cadáver horrendo.

Pero hasta entonces, hasta llegado el momento de no ser más que cadáver o polvo, algo hay que hacer, y así, si al cabo todo ha de ser vanidad, yo no quisiera tener otra que la de vivir con un cierta complacencia y obtener alguna satisfacción de lo que hago, porque

«observé que el único bien del hombre es disfrutar de lo que hace»;

con lo que, en este punto, vengo a declararme, finalmente, humilde discípulo del Eclesiastés (y ello aun cuando con tales palabras, tal vez quien lo escribió no otra cosa quiso decir sino que también eso es vanidad). No se es feliz, en efecto, con lo que se tiene, sino con lo que se hace. Y si de disfrutar de lo que se hace se trata, yo añadiré que tengo por cierto que la dicha que no podamos obtener de un puñado de libros y de las divagaciones a las que nos empuja una cabeza ociosa, no podremos hallarla jamás en parte ni en cosa alguna. Y es que seguramente ningún gozo es comparable al que se deriva del hacernos preguntas y buscar respuestas, esto es, al goce de saber o tratar de hacerlo. Y vuelva de nuevo alguien, si así lo desea, a recordarnos, con el autor del Eclesiastés,

«que la sabiduría y el saber son locura y necedad [...] también eso es caza de viento, pues a más sabiduría más pesadumbre, y aumentando el saber se aumenta el sufrir»,

que entonces no sé yo que más hay que decir sino que lo que constituye auténtica locura y necedad, y, de añadido, vanidad excesiva y ridícula, es imaginar que uno pueda llegar a hacerse tan sabio y tan lúcido que la vida misma se le haga insoportable. Acaso tales peligros sean reales para alguien que, como él, se encuentre en posesión de una lucidez y una sabiduría que me sobrepasan con mucho, mas creo que ningún riesgo existe de que acechen a las mías.

2
Mas si ahora desplazamos nuestra atención desde este sentido casi cósmico o metafísico de la vanidad, a la vanidad entendida como carácter, es obvio, que, desde la perspectiva del autor del Eclesiastés, el vanidoso no es únicamente un individuo dominado por un determinado vicio, sino uno de los más excelsos y sublimes representantes de la estupidez humana. Y seguramente es verdad; y lo es hasta tal punto, que algunos, como si se negaran a creer que pueda alcanzarse un grado de necedad tal, dan en pensar que el vanidoso no se encuentra realmente convencido de poseer aquello de lo que presume, es decir, que es, en último término, un embustero. De este parecer es Adam Smith:

«El hombre vanidoso –asegura– no es sincero, y en el fondo de su corazón está raras veces convencido de la superioridad que ambiciona que usted le atribuya [...] Es culpable de vanidad quien desea la alabanza por algo que sin duda lo merece, pero que él sabe perfectamente que no posee».

Entiendo que esta interpretación es en exceso benévola. Es cierto que la vanidad se halla siempre referida a objetos dignos de encomio, y lo es también que no suele poseerlos el vanidoso, o, al menos, que la cantidad de tal posesión no se corresponde con el grado de alarde que se hace de ellos, pero que él lo sepa, lo encuentro más discutible. No es tanto, me parece a mí, que, como sostiene Smith, el vanidoso se vea a sí mismo no como él sabe que es, sino tal como supone que, después de haberlos engañado, lo ven los demás; al contrario, lo que en realidad sucede es que desea que los demás le vean tal como él se ve. No se mira con los ojos de los otros, sino que anhela, y hasta reclama, que los otros le miren con los suyos. No estamos ante un taimado mentiroso, sino ante un tonto sincero. Lo primero sería ya estupidez notable, desde el momento en que supondría acabar por creer el propio embuste, pero lo segundo es la memez elevada a la categoría de obra de arte, porque indica que el vanidoso se cree en verdad excelente y perfecto en su género; convicción que sólo puede alcanzarse mediante la habilidad de ser capaz de engañarse a cada instante a uno mismo y de vivir con y en ese engaño. Y esto únicamente con la asistencia de una necedad sin límites puede ser logrado.

Sólo cuando uno repara en su propia insignificancia y en lo nimio e imperfecto de cualesquiera obras de las que sea autor, o lo que es igual, sólo cuando uno no es lo bastante serio como para permanecer ciego a los aspectos ridículos y risibles que él también, como los demás, posee, puede alejarse de la vanidad. Y por eso seguramente está en lo cierto Bergson cuando observa que «la única cura contra la vanidad es la risa». Mas siempre, habría que puntualizar, que lo entendamos en el sentido de que la risa es lo único que puede curarnos de ella, mas no que con el reír podamos curar al vanidoso de su vicio, porque nuestra burla, que entenderá de inmediato nacida de la envidia, no hará que se tambalee en lo más mínimo la profunda admiración que experimenta por su persona, sino que, antes bien, le servirá de confirmación de su alta valía (¿por qué si no habríamos de envidiarle?). Y confiar en que con la risa se cure él, es pensar lo impensable, porque ser vanidoso implica, sin excepción alguna, tomarse muy en serio a uno mismo: quien es capaz de lo contrario y de reírse de sí, no necesita curarse de la vanidad, porque ni es ni puede ser vanidoso.

Mas, siguiendo con Bergson, no estará de más recordar que también él, como A. Smith, parece conceder alguna fuerza a la hipótesis según la cual la vanidad está «fundada en la admiración que se cree inspirar en los demás». Ya me he referido a esto, y aprovecharé ahora para añadir que, en efecto, tiene razón el filósofo francés, pero es preciso matizar que esa admiración que el vanidoso cree suscitar en los otros nace siempre de la admiración que tiene por sí mismo. Desde su perspectiva, los demás no realizan sino un acto de justicia al reconocer lo que no es más que un hecho: que él es un ser excelso y admirable; y esto con independencia de que el creerse reconocido y admirado como tal, sea combustible que contribuya a mantener avivado el fuego de su vanidad.

Pero tan importante o aun más que ésta, es, o así lo entiendo yo, otra confusión que suele darse en el asunto éste de la vanidad, y es la frecuencia con que se la ha equiparada a la ambición. Sucede así, de una forma explícita, en Alfred Adler, quien en su Conocimiento del hombre parece inclinarse a considerar ambos términos sencillamente como sinónimos e intercambiables:

«Tan pronto como el afán de hacerse valer prevalece –escribe–, provoca en la vida del alma un aumento de tensión que hace que el hombre perciba más claramente el objetivo de poder y superioridad, y trate de aproximarse a él con movimientos reforzados, siendo entonces su vida como la esperanza de un gran triunfo. Un individuo tal pierde el contacto y la relación directa con la vida práctica, porque está siempre ocupado en saber qué impresión produce y qué piensan de él los demás. Esto constituye un gran obstáculo para su libertad de acción, apareciendo el rasgo de carácter más frecuente en tales casos: la vanidad»;

pero que tal definición pudiera servir para retratar igualmente (y aun mejor) al ambicioso, no tiene para Adler nada de particular, porque (como digo) ambos constituyen, en su opinión, un único y mismo carácter: ocurre, sencillamente, que la vanidad es considerada disposición más vergonzosa, y por eso «se suele encubrir esta cualidad, sustituyendo su nombre con el más bello de la ambición».
Mas también en Aristóteles, según creo, encontramos una asimilación pareja entre ambos afectos. La vanidad constituye, según él, el extremo vicioso por exceso de la magnanimidad: cualidad de aquél «que siendo merecedor de grandes bienes, se cree él mismo digno de ellos», según leemos en la Ética a Eudemo, y es vicio –se prosigue diciendo en dicha obra– que

«inclina a considerarse uno mismo merecedor de grandes bienes, siendo indigno de ellos (llamamos, en efecto, vanidosos a aquéllos que piensan ser merecedores de grandes bienes sin serlo)»;

y en cuanto al otro exceso, ahora por defecto, de la magnanimidad, esto es, la pequeñez de espíritu,

«se refiere al que, siendo merecedor de ellos, no se considera a sí mismo digno de grandes cosas (parece, en efecto, ser pequeño de espíritu el que, habiendo en él cosas por las que justamente puede ser estimado, no se considera a sí mismo merecedor de nada grande), de modo –concluye Aristóteles– que necesariamente la magnanimidad tiene que ser un medio entre la vanidad y la pequeñez de espíritu».

En la Ética a Nicómaco hallamos idéntica caracterización de estos tres tipos humanos, pero con la peculiaridad de que a ella viene a añadirse ahora el juicio moral sobre ellos. Y ocurre que si, como es obvio, el magnánimo es virtuoso, lo cierto es que vanidoso y pusilánime (o pequeño de espíritu), aunque no virtuosos, al menos hay que reconocer que tampoco son malvados:

«tampoco a éstos –escribe Aristóteles– se los considera malos (pues no perjudican a nadie), sino equivocados. En efecto, el pusilánime, siendo digno de cosas buenas, se priva a sí mismo de lo que merece, y parece tener algún vicio por el hecho de que no se cree a sí mismo digno de esos bienes y parece no conocerse a sí mismo; pues desearía aquello de que es digno, por ser cosa buena. Ésos no parecen necios, sino, más bien, tímidos [...] Por otro lado, los vanidosos son necios e ignorantes de sí mismos, y esto es manifiesto. Pues sin ser dignos emprenden empresas honrosas y después quedan mal».

Es cierto, sin duda, que el pusilánime es tímido y el vanidoso necio, y lo es aun en el supuesto de que ocasionalmente pudieran, con su actitud, causar algún perjuicio a alguien, y no sólo a sí mismos. Pero, en cualquier caso, conviene reparar en que lo que propiamente está retratando Aristóteles en su análisis no es tanto la vanidad como la ambición (con lo que, si no me equivoco, venimos así a incurrir en un error similar al que mucho más tarde repetirá Adler). Y de hecho, cuando a reglón seguido Aristóteles se ocupa de ésta, se ha quedado prácticamente sin nada que decir, y se conformará con entenderla referida a los honores, caracterizándose, en consecuencia, el ambicioso por «aspirar al honor más de lo debido», aunque (de nuevo como sucede en Adler) se admite una dimensión loable de tal pasión, y así, dirá Aristóteles:

«A veces, al contrario, alabamos al ambicioso por considerarlo viril y amante de lo que es noble».

Y esto también es verdad, porque tiene, ciertamente, la ambición su término medio y justo que, si no virtuoso, en sentido estricto, al menos tampoco puede considerarse culpable y merecedor de censura. Como lo tiene, por otra parte, la vanidad misma, porque para huir de ella no es preciso caer en el rebajamiento y la autohumillación: nada malo hay en que, ocasional y razonablemente, podamos alguna vez sentirnos satisfechos con nosotros y con aquellas obras o acciones de las que somos autores. Es más: seguramente es de todo punto necesario que así sea. Quien se adora, es un necio; pero quien jamás halla en sí motivo alguno de contento, es un pobre desgraciado, dominado (como seguramente diría Freud) por un super-yo tan cruel que mejor le fuera poder extirpar.

Pero en lo que debemos poner mucho cuidado (y en eso estábamos) es en no confundir ambos temperamentos. Yo creo que la raíz de tal confusión se encuentra, precisamente, en esa acepción noble que el término «ambición» conlleva, en tanto que afán de perfeccionamiento o superación; y como quiera que a la vanidad, como tal, ninguna dimensión positiva cabe detectarle, lo que ha sucedido en el caso de Aristóteles, me parece a mí, es que todo lo negativo asociado a ambas pasiones lo ha cargado en la cuenta de la última, dejando la primera limitada a un aspiración desmedida de honores. Mas no se entiende por qué no se podría decir justo lo contrario. ¿O es que resulta tan obvio que debemos llamar «ambicioso» al que anhela honores, en tanto que es «vanidoso» quien ambiciona todo lo demás? Cierto que no es fácil establecer un delimitación nítida y rotunda entre ambos caracteres, porque es verdad que el vanidoso se halla dominado, al menos, por la ambición de ser admirado, y, al mismo tiempo, entre los objetivos anhelados por un ambicioso suele encontrarse también la admiración. Creo, sin embargo, que la ambición comprende objetos múltiples y distintos, en tanto que el de la vanidad es único, y éste, es, justamente, la admiración. Así, pues, entiendo que mejor haremos invirtiendo la caracterización aristotélica, y decir que quien aspira a cosas grandes (sean cuales fueren) sin merecerlas es ambicioso (si las merece, también, desde luego, pero estaríamos ahora ante la dimensión positiva de la ambición), en tanto que es vanidoso quien se admira y busca ser admirado.

Pero otros aspectos no menos significativos distinguen ambas pasiones; y en ellos no parece, una vez más, que haya reparado Aristóteles, y, por supuesto, tampoco Adler, e incluso diríase no haberlo hecho plenamente Teofrasto, cuya concepción de la vanidad como «un deseo mezquino de ostentación» es, no obstante, pese a su concisión y brevedad (o tal vez precisamente por ello), una de las definiciones más logradas que conozco, mas a la que le sobra, no obstante (o, cuanto menos, habría de ser afinado), lo del «deseo», porque el vanidoso no sólo desea presumir, sino que lo hace de hecho (aunque, por supuesto, desea poder continuar haciéndolo y teniendo, o creyendo tener, razones y motivos de ostentación). Quiero decir con esto que en tanto que la ambición es afecto proyectado fundamentalmente al futuro, la vanidad, por el contrario (y sin que sea menester negarle por completo dicha proyección), se halla primordialmente centrada en el presente, y acaso también en el pasado. Sólo puede ambicionarse, como es lógico, aquello que no se es o no se tiene; en cambio, no se hace ostentación sino de lo que se es o se tiene (o de lo que se cree ser o tener), y tal vez, asimismo, de que ello haya sido así (o se crea que haya sido así) en el pasado, aunque no lo sea en la actualidad. Todo lo cual no obsta, sin embargo, para que pueda pensarse que quien ambiciona lo hace para poder ostentar, al tiempo que el vanidoso ambiciona continuar ostentando. Y con ello no hacemos más que arribar de nuevo a la confirmación de los importantes elementos en común que presentan ambos afectos, el más destacado de los cuales consiste (según se ha sugerido ya) en el hecho de que la vanidad puede ser vista como una forma de ambición (seguramente la más inofensiva, pero sin duda también la más ridícula de sus modalidades), en tanto que la ambición se halla con frecuencia acompañada por la vanidad. Pero (como digo) no debemos dejar que las semejanzas nos tornen invisibles las diferencias, que las hay, y muy notorias y significativas, porque a las ya señaladas debemos añadir ahora una más.

La ambición, en efecto, es vicio que empuja a correr riesgos y a lanzarse a empresas que, con harta frecuencia, suelen desembocar en el más estrepitoso de los fracasos y en el más estruendoso de los ridículos; la vanidad, en cambio, es, por su propia esencia, pasión fundamentalmente conservadora. Quien ambiciona algo, no tiene más remedio que arriesgarse; pero lo que ante todo desea el vanidoso es poder admirarse y ser admirado (o convencerse, al menos, de que lo es); su única ambición (podemos nuevamente volver a decirlo así) es que se mantenga inalterable aquel estado de cosas que le hacen sentirse admirable y digno de admiración; aquel estado de cosas que le permiten, en suma, presumir y ostentar (aunque todo ello no sea más que una simple quimera nacida de su memez), y de ahí que acaso nada esté más lejos de su intención que embarcarse en proyectos que pongan en peligro aquello por lo que se ve francamente encomiable, y que conlleven la posibilidad del fracaso, puesto que con él, resulta inevitable el riesgo de que de un plumazo se venga al suelo, hecha añicos, su imagen gloriosa y largamente labrada.

Pero, al cabo, y aunque puede discutirse si cualquiera de dichas pasiones pueden satisfacerse (o intentar satisfacerse) sin incurrir en múltiples faltas de carácter ético o moral (como el engaño, la maledicencia o la traición), probablemente tiene razón Aristóteles cuando afirma que ni uno ni otro son malos, es decir (así lo entiendo yo), que no son, en general, siempre y en sí mismos, malvados (aunque subsidiariamente puedan serlo determinadas acciones a las que sus respectivos caracteres les empujen), sino sólo estúpidos (lo que no es, obviamente, un desorden menor, mas sí un desorden de otro tipo). Ambición y vanidad son, pues miembros natos, de la familia de la estupidez, porque sólo un necio puede presumir de lo que posee (que, por mucho que sea, siempre será nada), y no digamos de lo que no posee; y, por otra parte, ambicionar no ya lo que no se merece, en sentido aristotélico o moral, sino lo que no se puede tener (y un ambicioso siempre acabará por desear algo que no le es posible alcanzar), no es maldad, sino tontería.

3
Queda por determinar si es verdad, como algunos suponen, que todos, en mayor o menor medida, somos vanidosos. Tal es la opinión de Pascal:
«La vanidad está tan aferrada en el corazón del hombre –dice–, que un soldado, un escudero, un cocinero, una ganapán, se jacta y quiere tener sus admiradores; y los filósofos mismos lo desean, y los que escriben en contra quieren tener la gloria de haber escrito bien; y los que los leen quieren tener la gloria de haberlo leído; y yo, que escribo esto, tengo quizás este afán; y acaso los que hayan de leer...»;
e idéntica es la posición de Mandeville, para quien nada hacemos si no es buscando la alabanza y el elogio, o, lo que es lo mismo, si no es movidos por el egoísmo y la vanidad; algo que, después de todo, no deja de tener su lado positivo, como es el desarrollo de las artes, las ciencias, &c. Y La Rochefoucauld, quien merece, acaso más que ningún otro, el título de maestro de la sospecha, no dejará, por su parte, de observar que:

«Lo que nos hace insoportable la vanidad de los demás es que hiere la nuestra»;
idea que Nietzsche, no digo yo que culpable de plagio, mas víctima, seguramente, de un honrado fenómeno de criptoamnesia, repite casi al pie de la letra:
«La vanidad de los demás –escribe– repugna a nuestro gusto tan sólo cuando repugna a nuestra vanidad».

A mí me parece que todos ellos generalizan en exceso (les reconozco, sin embargo, la atenuante de que una buena máxima sólo puede ser contundente). Yo creo que nos encontramos de nuevo muy próximos a la perspectiva del Eclesiastés: afirmaciones tales, únicamente pueden sostenerse si hacemos un uso tan extenso y (me atrevería a decir) tan abusivo del término «vanidad», de tal manera que todo (absolutamente todo), incluida la misma aspiración a seguir vivos pueda ser vista como una pretensión vanidosa (y es que, ¿de dónde ese afán de imponer al mundo nuestra presencia?). Pero si el concepto del que hablamos nos limitamos a usarlo reducido a sus justos límites, entiendo que tal generalización resulta inadmisible.

Uno puede inventar o crear por mero juego y por la mera satisfacción que al hacerlo se alcanza, con plena independencia de que lo que hace vaya algún día seguido del aplauso o el reconocimiento; y puede desear saber empujado por su curiosidad y por el puro placer que obtiene en colmarla. Y aun cuando de ello se derive un cierto contento con uno mismo y con la labor realizada, ninguna vanidad entraña tal bienestar, porque, como ya hemos dicho, para huir del mar de la vanidad no es preciso desembarcar en la playas del automenosprecio, y porque ningún vicio conlleva el que lo que hacemos nos haga alguna vez dichosos La vanidad, en sentido estricto (también la ambición), es (según hemos señalado) algo muy distinto a esa forma tan difusa y amplia de entenderla, tal coma la encontramos en Pascal o en Mandeville. Se trata de una satisfacción grotesca con uno mismo (y a veces no tanto por lo que se es, sino por lo que se cree ser), acompañada del convencimiento de que conocernos ha de ser una experiencia emocional inolvidable para cualquier otro ser humano. Dejémoslo ahí. No hay razón alguna para ir más allá, a menos que optemos por un completo nihilismo, en virtud del cual aboguemos incluso por la extinción de la especie (lo que, viendo a más de uno, no resulta desmesurada ocurrencia), porque, ¿a qué esa vana pretensión de reproducirnos y de castigar al universo con la propagación de nuestros genes?

Y puede resultarnos insoportable y repugnante un vanidoso estúpido (la expresión es redundante), por la simple razón de ser insoportable y repugnante, sin que haya motivo alguno para suponer, a priori, que la desazón que sentimos brote de nuestra vanidad resentida al ser lastimada por la suya.

Yo no quisiera incurrir aquí en esa peculiar forma de vanidad que consiste en presumir de encontrarse libre de ella, como aquél que, según Plutarco, llamaba a voces a su criada para decirle con gran estrépito y aspaviento notable: «Mira, Dionisia, he dejado de ser vanidoso». Creo, sin embargo, que puedo decir de mí (y no pretenderé que se me crea) que, teniendo seguramente muchos vicios, de éste, a lo que entiendo, no me hallo colmado en exceso. Caso similar me sucede con la envidia. Y si, como alguna vez he dicho, el no ser envidioso no nace en mí de adecuada proporción de bondad, sino, seguramente, por exceso de orgullo (lo que acaso viene a significar que no es en mí la virtud la que vence tal vicio, sino otro vicio más fuerte, que lo domina), creo que igualmente puedo decir que me encuentro libre de la vanidad no por virtuoso, sino por realista: ni tengo nada de lo que alardear ni motivo alguno para envanecerme. Acaso de tenerlo, fuera el más vanidoso del orbe entero, pero como no es así, no tengo más remedio que no serlo. De manera que si la ausencia de vanidad es virtud, yo soy, en este aspecto, virtuoso a la fuerza. Créaseme si se quiere (a mí nada me va en ello); o adviértaseme, incluso, con Pascal, que decirlo no es sino una forma de vanidad; como vanidad es dejarlo escrito; y vanidad esperar que sea leído; y... (pascalianos puntos suspensivos).


viernes, 3 de julio de 2020


PIRATAS FUERON, PIRATAS SON



Ayer todos los portales escribieron lo siguiente “El Tribunal Superior británico dictaminó este jueves que la Administración ad hoc del líder opositor venezolano Juan Guaidó y no la del dictador Nicolás Maduro puede acceder legalmente a las reservas de oro de Venezuela depositadas en el Banco de Inglaterra”.

Era de esperar un fallo así, como le vas a dar al Lobo que cuide de tus ovejas, no aprendemos más, acá el pueblo venezolano ¿Dónde está?, bien gracias.

El Banco de Inglaterra tiene una historia, la banca en general en Inglaterra tiene sus orígenes en los orfebres de a principio del 1600, en ellos confiaron sus dineros los comerciantes de la época a un interés cercano a cero, y estos orfebres ni lento ni perezosos, se dieron a la tarea de prestar entonces ese dinero “ajeno” a tasas usureras, lo que hizo que en poco años sus ganancias fueran siderales, y cambiaran su nombre por los de “banqueros”, nada, “ladrones” hubiera sido más acorde, pero el malo siempre ha disfrazado sus intensiones con otras palabras. Cualquier semejanza con el mundo actual, es pura “coincidencia”.

Para mantener su armada, que conquistaba el Mundo, el Rey Charles II, que reino después del mandato republicano “Commonwealth of England” de Oliver Cromwell
(desde 1649 al 1660), pidió en cantidades exorbitantes dinero a los nuevos banqueros, con intereses que llegaron hasta el 12%, en aquella época eran considerados “usura”, hoy cuando prestan al Tercer Mundo, se llama “ayuda”. La deuda del Rey Charles II, se hizo insostenible, y se cree que fue la causa de la firma del tratado secreto Dover con el Rey Luis XIV de Francia en 1870, que entre otras cosas estipulaba que Francia debería ayudar a Inglaterra a volver al catolicismo, mientras que Inglaterra apoyaría a Francia en su campaña para conquistar las Provincias Unidas de los Países Bajos, verdaderamente Inglaterra recibió apoyo “financiero” de la Francia de aquella época para mantener su armada. Sin embargo esto no vasto, y el Charles II siguió endeudándose internamente, con lo cual al no pagar sus deudas hizo que quebraran muchos comerciantes que habían prestado su dinero a aquellos “orfebres-banqueros” que prestaban al insaciable Charles II (ya en esa época Macri existía, no tengan la menor duda, solo que con otro nombre).

La anterior situación más otras de índole comercial y política, entre las que se encontraban, la necesidad que demandaban los comerciantes de que se regulará de alguna manera el tipo de interés de los prestamos, además de contar con una moneda en papel respaldada por los bancos, sumado a los impuestos impopulares que se aplicaba por la corona para recaudar y mantener su armada, hizo que se planteará la conveniencia de tener un Banco Central.

Después de la llamada “Revolución Gloriosa” de 1688-1689, que derroco al Rey Jacobo II, que estaba en la corona desde febrero de 1685, el Parlamento de Inglaterra, tomaría por las astas al toro y desplazaría al Monarca para siempre en tres cosas fundamentales suspender las leyes, crear impuestos, o mantener un ejército permanente durante tiempos de paz sin el permiso del Parlamento.

Con la restauración de un nuevo monarca en 1689, Guillermo III necesitaba mejorar la situación financiera de la corona, pero además estaban latentes los pedidos de los comerciantes que se incrementaban en la Inglaterra de la época, con lo cual escucharon atentamente al banquero William Paterson que propuso junto a otros la creación del Banco al Rey. El Banco de Inglaterra se fundó en 1694 bajo el nombre Governor and Company of the Bank of England. Siendo de carácter privado hasta su nacionalización como Banco Central de Inglaterra en 1946. Paterson fue el primer director del banco con un sueldo de 2000 libras.

En los años siguientes cuando se lee sobre la historia del Banco de Inglaterra, este siempre estuvo directamente ligado a financiar las campañas de guerras del Imperio, o a financiar el monopolio del transporte de esclavos en América del Sur y América Central. La casualidad no es casual, cuando se estudia la “Edad de Oro” de la piratería esta se enmarca desde el 1620 al 1795, los Bucaneros que se desarrollaron entre el 1620 y 1683 eran marineros anglo-franceses que con base en Jamaica o en Isla de la Tortuga atacaban a la embarcaciones españolas y también asaltaban a muchas de las colonias de España en el Caribe (Ahora usan leyes para quedarse con tu oro, pequeño detalle).  

Las reservas de oro de Venezuela en bancos internacionales no son de ahora, son de larga data. Teniendo en cuenta que Venezuela es un gran productor de petróleo a nivel Mundial, el petróleo es casi el 90% de lo que exporta Venezuela a pesar del ingente esfuerzo por diversificar su exportación en los últimos 20 años. Una recorrida histórica por sus reservas en oro indican que por allá por la Segunda Guerra Mundial había obtenido unas 180 toneladas de oro por un intercambio de petróleo con Estados Unidos, que había pagado de sus reservas y ya para 1948 poseía unas 248 toneladas, lo que se convertía en el quinto país del Mundo con mayores reservas del “vil metal” y el mayor de América Latina.

Para 1957, el Banco Central de Venezuela también había comprado grandes cantidades de lingotes de oro al Fondo Monetario Internacional, alcanzado su récord histórico y situando sus reservas de oro en cerca de 640 toneladas.

Bajo la Presidencia del médico pediatra Jaime Lusinchi (1984-1989) se adoptaron nuevas políticas respecto al oro en 1886, mostrándose mucho más activos en la gestión pro-activa del oro monetario en el mercado internacional. Así, una parte importante del oro almacenado en Venezuela se trasladó a las bóvedas del Banco Central de Inglaterra para su posterior comercio en el mercado del oro de Londres a través de operaciones swaps y depósitos de oro. Por cierto ese mismo año la empresa Logoven S.A., filial de Petróleos de Venezuela, que operó los negocios de exploración, producción, refinación y comercialización de petróleo y derivados en Venezuela durante 22 años, desde 1976 hasta diciembre de 1997, anunciaba en febrero de 1986 el descubrimiento de los yacimientos Furrial II con unas reservas por 1000 millones de barriles.

El presidente Lusinchi recibió de su predecesor Campins una situación complicada con la deuda externa, inexplicable después de menos de 10 años de nacionalizado el petróleo venezolano, que había ocurrido con el primer gobierno de Carlos Andres Pérez en 1975, lo que indicaba a todas luces que habían defalcado al Estado Venezolano. De ahí su “activismo” con el oro venezolano y por supuesto unos piratas ingleses, dispuestos a “cuidarlo” con esmero. El gobierno de Lusinchi fue tan corrupto que su predecesor, para que se tenga una idea en diciembre de 1985 las reservas del Banco Central de Venezuela eran de 10 500 millones de dólares, a finales de 1988 esta llegaban apenas a 3000 millones.

Transcurridos 6 años, en 1992, las 356 toneladas de oro venezolanas se repartían de la siguiente manera, el 14,7% de esta misma cantidad 356 toneladas de oro se encontraba todavía en el Banco de la Reserva Federal de Nueva York, el 43,3% se guardaba en el Banco Central de Venezuela en Caracas, el 28,5% se había trasladado al Banco de Inglaterra y el restante 13.5 % estaba depositado en el Banco de Pagos Internacionales de Basilea-BPI.

Es decir como vemos el movimiento del oro venezolano al Banco de Inglaterra no se hizo inicialmente con la llegada de Chávez al poder en 1998.

En 1989 asume la presidencia después de Lusinchi,  Carlos Andres Pérez, en un segundo mandato, el anterior había sido con la bonanza de los petrodólares en el periodo de 1974-1979, la nacionalización del petróleo en Venezuela y el boicot de los países árabes que decidieron no vender más petróleo a Estados Unidos y Europa Occidental por que apoyaban a Israel en su guerra contra Siria y Egipto.

Este segundo periodo (1989-1993) de Carlos Andres Pérez fue fatal para Venezuela, se enfrento a una deuda dejada por Lusinchi de 6500 millones de dolares que debía pagar en julio de 1989, sus ideas neoliberales que estaban de moda en la década de los 90 y que todavía padecemos, hizo privatizar un montón de empresas públicas y de ahí el concebido “me quedo con el vuelto”, lo que conllevo a su destitución en mayo de 1993 por malversación de los fondos públicos y fraude a la nación. En todo ese tiempo como sabemos, el oro en el Banco de Inglaterra seguía estando “resguardado” y “sin incautación moral” a los principios de la “república”.

En 2011 las Reservas se situaba en 372.9 toneladas. ​

El 8 de agosto de 2011 el presidente de la República, Hugo Chávez, ordenó trasladar al Banco Central de Venezuela 211,35 toneladas de oro desde los bancos europeos y estadounidenses hacía otras entidades bancarias situadas en Rusia, China y Brasil y que el oro monetario venezolano, que estuviera en el extranjero, fuera repatriado a las bóvedas del BCV en Venezuela, Este oro venezolano en el extranjero se clasifica en dos apartados: “Depositado” (128,48 toneladas) y “A plazo” (82,87 toneladas), que hace referencia al oro que se presta a otras instituciones y por lo cual se produce un rendimiento en forma de interés. en las bóvedas del BCV existían en ese momento 154,47 toneladas​. A finales de enero del 2012 se completó el traslado.

En octubre de 2012, el Financial Times informó que “según los últimos datos del FMI, Venezuela vendió 10 toneladas de oro por lo cual las reservas de oro quedan en 362 Tm". ​El informe de diciembre del Consejo Mundial del oro informa que Venezuela ocupa el lugar 15 y sus reservas están en 365.8 Tm.

Como sabemos Chávez murió el 5 de marzo de 2013 y Maduro asumió como Presidente encargado hasta que el 14 de Abril de ese mismo año se efectuaron elecciones libres en Venezuela y Maduro gano en apretada justa por el 50,61% de los votos contra un Capriles que llego a los 49,12%. Desde ese mismo día la oposición en Venezuela no reconoció su derrota y ha hecho ingentes esfuerzos por derrotar por cualquier medio al Presidente constitucionalmente elegido, esto ha incluido desde la sublevación en las calles, sublevación de militares, atentados, hasta en los últimos tiempo la aparición de un monigote de Washington con el nombre de Juan Guaidó , que de tan patriota que es ha pedido la invasión de Estados Unidos  a Venezuela, además del concebido bloqueo económico y comercial que se le ha implantado ya no a Maduro sino al pueblo venezolano todo.

Ni Inglaterra ni Estado Unidos, están interesados en el bienestar del pueblo venezolano, ni de ningún pueblo de este planeta tierra, jamás en su historia se preocuparon por el “devenir democrático” de Venezuela, cuando desfilaban dictaduras y gobiernos corruptos que mantenía en la pobreza más extrema a casi el 60% de los venezolanos. Venezuela tiene un recurso que todos quieren, el petróleo. Las invasiones yanqui en el medio Oriente, su “preocupación” por la “democracia” en esa región que se vio reflejada en su apoyo “singular” a las  llamadas Primaveras Árabes en Túnez, Siria, Libia, Egipto y Yemen, no ha sido con ninguna otra intensión que los “nuevos” gobiernos dejen que las empresas yanqui, inglesas y de otras potencias se instalen en esos países para acaparar el petróleo. La verdad aflora a la larga, así de destruidos y masacrados han quedado esos países después de aquellos días y meses del 2010.

Como he dicho en otras ocasiones los imperiales de este Mundo, tienen “sus leyes” que los apañan, están hechas a su semejanza para poder operar en este Mundo contra cualquiera que se digne a desafiarlos. Los ingleses fueron piratas en el pasado, sobre la usurpación de otras tierras crearon su nación, ahí está todavía La Malvinas, que son Argentinas y todo el mundo lo sabe, como monumento a que siguen siendo lo que fueron, piratas, hoy le ha tocado a Venezuela que arrebaten su oro.