Viaje a la Luna

Viaje a la Luna

Una memoria a mis antepasados, a mis vivencias...unos versos de futuro.

QUIEN NO SE OCUPA DE NACER SE OCUPA DE MORIR

sábado, 11 de julio de 2020

Vale la pena la pregunta, vale la pena verla reflejada de otra manera, humana siempre.







Qué es la cultura de la cancelación, la tendencia que puede destruir a alguien en pocos minutos
(Por Joaquín Sánchez Mariño, en INFOBAE) 

Samanta Casais, la ganadora de Bake Off, que fue expuesta y "cancelada" en redes sociales, y Telefé la descalificó del programa.

Boicots a perfiles de Instagram. Censura colectiva a cuentas de Twitter. Piedrazos a un móvil de televisión solo por estar ahí. Incluso, en los casos más extremos, deseos de muerte emitidas livianamente a diestra y siniestra.

Todo eso, que pasa cada día y cada día más, es parte es un fenómeno que algunos resumen llamando “cultura de la cancelación”.

Según su definición de Wikipedia "es el fenómeno extendido de retirar el apoyo moral, financiero, digital y social a personas o entidades mediáticas consideradas inaceptables, generalmente como consecuencia de determinados comentarios o acciones, o por transgredir ciertas expectativas". Que en muchos casos genera "una llamada a boicotear a alguien -usualmente una celebridad- que ha compartido una opinión cuestionable o impopular en los medios sociales".

Uno de los memes de burla hacia Samanta Casais. La imagen representa lo que pasa con la cancelación: gran parte de la sociedad se pone en tu contra.


En la Argentina lo vimos muchas veces. La más reciente quizás se pueda rastrear en el inaudito suceso que sucedió alrededor del reality show Bake Off. Una persona descubrió una irregularidad de parte de la ganadora, la escrachó en las redes sociales, y todo el país clamó por justicia. Una justicia, claro, menor, doméstica, habida cuenta de que otra justicia en el país no se impone. De pronto, Twitter estalló de personas pidiendo un castigo. Ya vimos muchas veces estas ejecuciones públicas por causas que podrían considerarse al menos más Justificadas (aunque una ejecución, aunque sea virtual, nunca lo es), ¿Pero tanta saña por un reality? Así sucede ahora, Samanta Casais: cancelada.

¿Por qué sucede esto? ¿Qué rédito o qué morbo ofrece? Consultado para esta nota, Gael Policano Rossi, conocido en redes como AstroMostra y autor de Guía Astrológica para vivir en la Tierra, dice: “Un montón de minorías, que saben que nunca van a tener justicia porque es lo que les muestra la experiencia, encuentran en esto una justicia inmediata. Por otro lado, si ti todos cancelamos a un artista porque nos enteramos que hizo algo terrible como abusar de menores, todos sentimos una gratificación por esa idea de justicia instantánea. Sin embargo, uno de los grande problemas de esto es la esencialización: pasar de que alguien dijo algo que puede ser problemático, a ese alguien que es problemático. Por ejemplo, Lali usa rastas o un look afro y realiza una apropiación cultural de un grupo afro… Ahí sucede la esencialización y Lali pasa a ser racista, aunque no lo sea”.

Esto es tan solo un aspecto de la sociedad actual que, a vistas de quien escribe (y a riesgo de ser cancelado), padece de una profunda incapacidad para apreciar el pensamiento. Está visto que lo que comienza como tensión intelectual, con el tiempo cristaliza en tendencia en redes sociales. El talento de de la cultura de las redes para sacarle profundidad a cuanto tema atraviesa y convertirlo en discurso de fácil reproducción o directamente en acciones es abrumador. De este modo, vemos cómo críticas fundamentales a la sociedad se convierten velozmente en postulados que dejan afuera todos los pliegues de complejidad que esa misma crítica contenía.

Gael Policano Rossi, AstroMostra en Twitter, se expresa en relación a la inclusión de una advertencia sobre racismo que se incorporó en "Lo que el viento se llevó". La respuesta es a un tuit de Steven Pinker, uno de los intelectuales que firmó la carta contra el pensamiento único.

Si en el siglo XX la escuela de Frankfurt habló de la industria cultural y la reproducción mecánica de obras de arte, en el siglo XXI lo que se reproduce no son pinturas sino ideas. Con una gravedad añadida: no solo se pierde el encanto del original, esa diferencia sustancial acaso difícil de apreciar, sino también se pierde su forma. Lo que se reproduce es una representación de las ideas, y como en toda representación, algo queda afuera. Es por eso que el pensamiento ya no “muere en la boca” (como decía en uno de sus artefactos Nicanor Parra), sino que hoy lo hace en las redes.

La consecuencia de esto en muchos casos es la pérdida de la capacidad de discusión. Pero en muchos otros, cuando toma su camino radical, aparece la cultura de la cancelación. Los más jóvenes usan el término “cancelled” (o “cancelado”, directamente) para referirse a una persona cuando se cansaron de ella. Una relación que no prospera, cancelled. Una amiga que tarda demasiado en responder, cancelled. Un amigo que tiene ideas políticas que me molestan, cancelled.

Bien lo retrató Black Mirror en uno de sus episodios, donde en un futuro distópico los humanos somos capaces de bloquearnos entre nosotros pero no en las redes sino en la vida real. Así, ya no vemos ni escuchamos a una persona determinada. Eso, que tan distópico parece, empieza a suceder hoy con la ya mencionada cultura de la cancelación.

Los dichos de JK Rowling sobre la comunidad trans que despertaron polémica y condujeron a que cientos de miles en todo el mundo la "cancelaran".


Hace poco el término tomó mayor relevancia cuando J.K. Rowling, la autora de Harry Potter, hizo declaraciones transfóbicas, discutiendo el derecho de las mujeres trans a ser consideradas mujeres. Un pensamiento que, a vistas de quien escribe, atrasa enormemente. Pero no quedó ahí: las comunidades trans le expresaron su repudio, ella expresó su repudio a ese repudio, otros expresaron el repudio al repudio de aquel repudio y la cuestión escaló tanto que la última semana Rowling junto a Noam Chomsky y otros intelectuales firmaron una carta en contra de la cancelación y alertaron contra el peligro del pensamiento único.

¿Qué es el pensamiento único? La posible continuación de la cultura cancelatoria: que en el mundo se establezca qué está bien pensar y qué no, y al que se sale de los límites establecidos, cancelled.

El escritor argentino Gonzalo Garcés viene reflexionando sobre esto hace tiempo. Consultado por Infobae, lo hizo una vez más: “La cultura de la cancelación es un virus social que saltó de los claustros universitarios a los medios y a la sociedad en general. El origen se puede trazar en ciertas ideas de Michael Foucault, que pueden resumirse, grosso modo, en que no hay ninguna verdad o realidad objetiva sobre la cual muchas personas pueden ponerse de acuerdo, sino que solo existen diferentes discursos que funcionan como el marco de lo que se puede pensar y, en la práctica, funcionan como dispositivos de dominación”, explica.

Diana Maffia tiene una mirada distinta. “Desde mi punto de vista, el pensamiento único es el que se gestó en la modernidad en Europa por parte de un pequeño conjunto de varones poderosos (donde todas las mujeres por su género y los varones subalternizados por clase, raza, etnia y otras condiciones estaban excluídos). Esos varones institucionalizaron sus intereses en la estructura del Estado, la economía, la ciencia, el derecho y la cultura. La crisis de esa hegemonía en el siglo XX se rompió cuando con el fin del bloque soviético el capitalismo occidental pareció ser el único ‘sentido común'. Las feministas denunciamos la continuidad de la hegemonía patriarcal en todas estas crisis y continuidades”, explica a Infobae.

La filósofa Diana Maffia analizó el fenómeno de la cancelación para esta nota.


Por supuesto, en las redes bulle esta misma discusión pero sin parecerse al pensamiento. Allí, pareciera que las cosas simplemente suceden, que no hay un ordenamiento sistémico detrás. Así, de pronto Martín Cirio (la Faraona) es el influencer de moda, todos lo adoran, hasta que en su propio frenesí dice algo que la sociedad repugna (por caso, comparó la insistencia de una periodista pidiéndole una nota ¡a través de su asistente! con el accionar de un violador). Inmediatamente, cancelled. Sus detractores y hasta algunos de sus seguidores lo consideran persona no grata.

Hecha la ley, hecha la trampa: en muchos casos los cancelados hacen videos de disculpas que son en muchos casos más exitosos que los videos que lo llevaron a la fama. Si lloran en esos videos, más éxito aún. Y si esos videos son por ejemplo de un YouTuber, se da una paradoja fenomenal: al estallar en reproducciones, el YouTuber termina ganando plata con el video en el que llora y pide perdón por haber dicho o hecho algo que la sociedad reprochó.

“Lo más interesante del caso Bake Off es que finalmente Samanta no gana el reality show, lo gana Damián, y sin embargo la gente se muere por hacerle notas a Samanta y la quiere en Intrusos. Ella no ganó la plata pero miles de dólares en promoción gratuita”, explica Gael. Y agrega: “Es lo primero que encuentro en general cuando grupos minoritarios cancelan algo: lo terminan promocionando. Terminan dándolo a conocer en lugar de reducirlo. Pensamos por ejemplo en el programa minoritario de Gisela Barreto y la memeficación. La idea de convertirla en la mascota de los pro vida, la idea de provocarla para sacar más risas y que esté cancelada para las personas bien pensantes, de alguna manera le termina dándole la plataforma que ella no habría podido tener”.

Gael Policano Rossi, AstroMostra en redes, dice que sucede algo morboso con la cancelación: los sujetos cancelados muchas veces terminan con mayor público que antes.


Gonzalo Garcés cree, más allá de las anécdotas que puedan surgir, esto es una continuación de la lucha de poderes. “Para Foucault, solo existía el discurso dominante o hegemónico, y el discurso emergente de los oprimidos. Si vos pensás que no hay intersubjetividad ni una realidad que podamos compartir, la consecuencia es obvia: gana el discurso que suene más fuerte, el que pueda silenciar a los demás. Desde ese momento era obvio para los que adoptaron este modo de ver, que hacer política era silenciar a otros. No bastaba con discutir, al contrario, para ellos debatir ya es hacer concesiones al enemigo. La única vía es silenciarlos. Extinguir sus discursos. Es una forma de pensar anticientífica, antidemocrática, y sobre todo una forma de pensar incivilizada. Y esta forma de pensar, por otro lado, cayó en el terreno fértil de las redes sociales donde todo se polariza y donde los términos medios o la búsqueda de consensos es cada vez más difícil, y se potenció. Hoy es la mayor amenaza que tenemos no ya contra la democracia sino contra el hecho mismo de pensar”, explica.

Sin embargo, esa vocación de silenciamiento coincide con un momento histórico del decir. Nunca antes como ahora se pudo decir tanto, de tantas formas y en tantos formatos. Nunca antes como ahora a su vez se hizo tanto por romper el silencio que invisibiliza ciertas realidades. En ese sentido, para Diana Maffía los dichos de Rowling son graves porque funcionan como un modo invisibilización: “Buscar un nombre apropiado para colectivos de la diversidad sexual es parte de una acción política muy relevante: el nombrarse, el reconocerse como grupo y no sólo como individuos marginales al grupo dominante, y sobre todo reconocerse como grupos de acción ciudadana que demandan derechos. Pensemos en el término ‘travesti', que gracias al activismo de Lohana Berkins pasó de ser un insulto a denominar un colectivo que denunciaba el binarismo de las políticas estatales que no tenían respuestas para ellas”, dice.

“Creo que estamos en pleno proceso de probar nuevas categorías con el lenguaje, y que ese proceso es político, por eso a veces se torna violento. Y cuanto más visible es la voz que ignora una identidad, más violento es el reclamo. Pero dentro de los propios movimientos de la diversidad y dentro del propio feminismo (y la conjunción del feminismo trans inclusivo en el que me inscribo) esto es materia de debate y cambios, no es algo cerrado”, agrega.

La filósofa Esther Díaz comparte su rechazo a las palabras de Rowling y no cree que la autora de Harry Potter tenga razón al reprochar los dichos en su contra: “Me parece poco pertinente de parte de las personas que firmaron, sobre todo de Rowling, porque ella de ninguna manera está excluida de la sociedad. Por otro lado, la filosofía nació del disenso, y de peleas orales terribles, y no estoy en contra de eso para nada. No existe una sociedad donde todo el mundo esté de acuerdo. Yo por ejemplo no estoy de acuerdo con sus declaraciones. Independientemente de eso, no me gusta para nada la palabra ‘tolerar’ que se usa en la carta. Tolerar es una palabra que viene de la derecha, ideología que no comparto. De lo que se trata es de incluir, no de tolerar. Si digo tolerar estoy considerando que soy el dueño de la verdad y que te tolero a vos (a vos en genérico). Tolero al otro porque soy generosa, pero la que tiene la verdad soy yo… Una sociedad debe incluir las diferencias, no existe ningún país del mundo, ni ninguna familia, ni ninguna pareja que esté de acuerdo en todo. El disenso es el comienzo de todas las cosas. Roling tiene derecho a decir lo que quiera, estoy de acuerdo, pero también tienen derecho a decir lo que quieran los demás”, explica Esther.

La filósofa Esther Díaz analiza la cultura de la cancelación para esta nota. "Hay que separar a la persona de la obra", advierte.


Otros de los peligros a los que apunta la carta es el de dirigirnos hacia “el pensamiento único”. Tiene relación con la cancelación. Para que algo sea sacado de circulación, debe haber un consenso en que es malo. Hace poco hubo mucho revuelo porque se dijo que HBO iba a retirar de sus plataformas la película “Lo que el viento se llevó” por tener una mirada dañina de las personas esclavizadas (que aparecen en la película como si fueran personas felices de estar esclavizadas). Lo cierto es que HBO solo la retiró para volver a incluirla con un disclaimer advirtiendo sobre los prejuicios étnicos y raciales que reproducen en el film.

Si uno mira la película, ahí sí se ve un pensamiento único (y fantaseoso, por otro lado) en relación a la realidad de los esclavos. Pero al verla, cada uno de sus espectadores complejiza ese pensamiento al contrastarlo con su propio intelecto. De este modo, es la circulación lo que pone en discusión los conceptos, no la cancelación. “La manera de derrotar malas ideas es la exposición, el argumento y la persuasión, no tratar de silenciarlas o desear expulsarlas. Como escritores necesitamos una cultura que nos deje espacio para la experimentación, la asunción de riesgos e incluso los errores. Debemos preservar la posibilidad de discrepar de buena fe sin consecuencias profesionales funestas”, dice un fragmento de la carta firmada además de Rowling por Margaret Atwood, Noam Chomsky, Salman Rushdie y otros 150 intelectuales de todo el mundo.

“Algunos se sorprenden de ver que en la cultura de la cancelación no hay un partido político, no hay un líder claro ni muchos líderes claros, y esto desconcierta tanto a la derecha como a la izquierda: ¿a quién beneficia esto? ¿con quién podemos discutir esto si no hay caras visibles?”, se pregunta Gonzalo Garcés.
Tiene una mirada interesante sobre qué destino puede desprenderse de esto. “Lo que sucede es que la cultura de la cancelación no tiene una estructura vertical como tenía el fascismo o el stanilismo, donde las directivas bajan de un líder. No tiene tampoco la estructura horizontal que tienen los rumores o el sentido común, o ciertas revueltas populares. No. En cambio tiene una estructura piramidal, porque funciona del mismo que el esquema de Ponzi (o las llamadas estafas piramidales). Los argentinos que perdieron plata con el telar de la abundancia recordarán cómo funciona: yo entro en el negocio y recibo cierto dinero a condición de traer al menos dos inversores más al juego, y que esos dos a su vez traigan otros dos, y así sucesivamente. Mientras se sigue expandiendo el negocio se sostiene, cuando deja de expandirse se derrumba. Eso pasó cada vez. Ahora, cambiemos dinero por poder y tenemos el funcionamiento de la cultura de la cancelación: vos me acusás a mí de misógino o de racista. Yo, para salvarme de la acusación, tengo que acusar al menos a dos o tres o cuatro personas más, y hacerlo en voz más fuerte. Ellos, a su vez, tienen que acusar a otros. Mientras se sigue expandiendo la cultura de la cancelación, cada uno de los que participa goza de una pequeña cuota de poder que le da el hecho de acusar. De esto se sigue que cuando deje de expandirse se va a derrumbar, lo que no sabemos es cuándo”, concluye.

La escritora británica Joanne K Rowling, una de las firmantes de la carta contra "el peligro del pensamiento único".

En muchas ocasiones, la cultura de la cancelación repercute en campañas contra artistas o pensadores. No solo contra su persona sino contra su obra, ocasionando no solo un ataque moral sino obviamente económico. Al mismo tiempo, quedó dicho, muchas veces genera lo contrario: una corrida de cancelación puede derivar en un repunte en las ventas de la persona cancelada.

Más allá de eso, ¿está bien vincular automáticamente la obra con el pensamiento del autor en determinada materia? Una librería inglesa comunicó tras el escándalo de sus dichos que iban a retirar a Harry Potter de las estanterías. ¿Tiene algo que ver el joven mago con la posible transfobia de su creadora?

“No, para mí se divide totalmente la obra de la persona”, dice Esther Díaz, que al mismo tiempo repite una vez más su desacuerdo categórico con los dichos de Rowling. “El ejemplo más irritante para algunos pero más pertinente para otros, es el de Heidegger. Él estuvo afiliado al partido Nazi, y desde mi punto de vista eso no le quita un ápice de mérito a su obra. Nadie en la filosofía pensó al ser con la profundidad con la que lo pensó él. Fue tres meses rector de una universidad en la época de Hitler… No estoy de acuerdo, obviamente, pero aun así enseño su filosofía porque es valiosa independientemente de él. Y eso pasa con todos los productos. Supongamos que tenés niños, hay una epidemia de poliomielitis y te enteraras de que el que creó la vacuna contra eso era un pedófilo... ¿Dejarías de darle la vacuna a tu hijo? No. Por eso soy categórica: no hay que mezclar la obra con la persona”, dice.

Alguno puede estar en desacuerdo. ¿Pero puede alguno asegurar que su manera de pensar es la correcta a este respecto? Quienes crean que sí, ahí están las filas del pensamiento único buscando sus soldados. Como autor de esta nota solo puedo decirles una cosa: cancelled para siempre, aunque eso incluya cancelarme a mí mismo.

Game over.

viernes, 10 de julio de 2020


DOS GRANDES, UNA PASIÓN: La guitarra



Leo Brouwer, Cuba


Jimmy Page, Inglaterra








CREAR ALTERNATIVAS AL CAPITALISMO
(Por Frei Betto, en CUBADEBATE)

Manifestantes marchan pidiendo justicia en el caso de Michael Brown, en Clayton, Misuri, Estados Unidos.

En el mundo no faltan los recursos, lo que falta es justicia y, sobre todo, compartir. El PIB mundial –la suma de los bienes y servicios producidos en un año— es de 85 billones de reales. Si se dividiera ese valor entre la población mundial, daría para asegurarle a cada familia de cuatro personas ingresos mensuales de 15 mil reales. Por tanto, surge la pregunta: ¿con qué objetivo se produce? ¿Atender a las necesidades de la población u obtener ganancias?

La desigualdad mundial es escandalosa. El 1% de la población mundial detenta más riquezas que el 99% restante. Y 26 familias acumulan una fortuna igual a la suma de las riquezas de la mitad de la población mundial, o sea, 3,800 millones de personas. En Brasil, según el economista Ladislau Dowbor, seis familias acumulan más riquezas que los 105 millones de brasileños que se encuentran en la base de la pirámide social.

Hoy los paraísos fiscales guardan en sus cofres 20 billones de dólares provenientes de la evasión fiscal, la corrupción y el lavado de dinero. Esa cifra equivale a 200 veces los 100 mil millones de dólares que se decidió destinar a políticas ambientales en la Conferencia de París celebrada en 2015.

Por tanto, es necesario avanzar hacia la democracia económica. No basta la democracia política en la que, teóricamente, todos participan en la elección de sus gobernantes. Todos deberíamos disfrutar de los bienes de la Tierra y los frutos del trabajo humano. Y habría que garantizarle una renta básica universal a cada familia. Todas ellas merecen tener acceso gratuito a los derechos humanos básicos, como la alimentación, la salud y la educación. Se engaña quien piensa que eso representa costos. Se trata de inversiones que mejoran significativamente el nivel de desarrollo de la sociedad y la calidad de vida de la población.

Hoy el desafío consiste en perfeccionar la democracia. Hacerla avanzar de mera delegación a una democracia de participación en la que los ciudadanos decidan el destino de los recursos del Estado mediante sistemas de transparencia de la gestión de dichos recursos, lo que se ve posibilitado por las nuevas tecnologías.

La tributación debería recaer sobre los flujos financieros a fin de contener el capital especulativo. Desde 1995, Brasil exime a los más ricos de pagar impuestos sobre las ganancias y los dividendos, lo que constituye una escandalosa injusticia. Una profunda reforma del sistema financiero tendría que dar por resultado el estímulo a los bancos públicos y comunitarios, las cooperativas de crédito y las monedas virtuales.
Sería necesario planificar el desarrollo local integrado, de modo que cada municipio pueda encargarse del manejo sustentables de los recursos naturales y alcanzar así el equilibrio económico, social y ambiental.

Establecer una economía del conocimiento que, hoy por hoy, es el principal factor de productividad. Toda la sociedad debe tener acceso a los avances tecnológicos. Es necesario revisar las políticas de patentes, derechos de autor, royalties, para destrabar el avance. Y democratizar los medios de comunicación, combatir los oligopolios, hacer que la sociedad esté bien informada.

Según Joseph Stiglitz, “en las últimas cuatro décadas, la doctrina prevaleciente en los Estados Unidos ha sido la de que las corporaciones deben potenciar los valores para sus accionistas –esto es, aumentar las ganancias y los precios delas acciones— aquí y ahora, sin importar lo que ocurra, sin preocuparse por las consecuencias para los trabajadores, los clientes, los abastecedores y las comunidades”.

Es esa lógica denunciada por Stiglitz la que genera la desigualdad social y, en consecuencia, todo aquello que significa exclusión y sufrimiento para la mayoría de la población mundial.





INCONSISTENCIAS
(Por Horacio Rovelli, en el blog “El Cohete a la Luna”)

James Ensor, 1902


Existe en la Administración Nacional un nivel de inconsistencia fiscal y monetaria que no se puede extender en el tiempo por el incumplimiento de los pagos, por una parte y, una manifiesta lentitud en liquidar las exportaciones por otro lado, conformando una combinación perversa y en contra del pueblo argentino.

Por un lado, el déficit fiscal es de más del 1% del PIB por mes, para abril y para mayo y se puede inferir que también en junio, pese a que la recaudación tributaria descendió pero no tanto como en abril y mayo, dados los gastos ocasionados por la atención de Covid-19 y la asistencia de todo tipo a la población. Por otra parte, el crédito a las empresas es de 6% del PIB, que sumado a los créditos personales de un 5% del PIB, araña el 11% del Producto. El BCRA tiene que inmovilizar (pagando intereses) una suma que es incluso mayor a la Base Monetaria [1] en LELIQs (Letras de Liquidez del BCRA) por $ 1.683.302 millones y pases pasivos (que los bancos le prestan al BCRA a menos de siete días) por otros $ 666.090 millones. Esas inmovilizaciones totalizan una suma de $ 2.349 billones (cuando la Base Monetaria al 26 de junio de 2020 fue de $ 2.171 billones).

Déficit fiscal e inmovilizaciones monetarias (pagas, el BCRA le abona a los bancos intereses por las mismas por encima de la inflación) que reflejan el grado de desequilibrio de las cuentas públicas internas que solo financió el BCRA, a costa de expandir el déficit cuasi fiscal.

El BCRA debería tomar cartas en el asunto y utilizar el exceso de liquidez del sistema financiero reorientándolo desde la especulación hacia la inversión y el trabajo. Tener un mapa de qué sectores se quiere impulsar y obligar a las entidades financieras a prestar a ese sector y si no, que dejen de ser bancos: su función es canalizar el ahorro de parte de la población para financiar la producción, no para que especulen o le presten al BCRA para que este a su vez inmovilice esos fondos. El crédito al sector privado es insignificante (11% del PIB) y lo poco que hay en su mayor parte va dirigido al mismo grupo económico, cuando se rompen día a día las cadenas de pago y se acumulan los cheques rechazados.

Hay cientos de actividades que no funcionan por falta de crédito, incluso sin necesidad de importar nada, como es el caso de la construcción, que además es fuerte demandante de mano de obra.

Paralelamente la liquidación de las exportaciones de productos agropecuarios y de manufacturas de origen agropecuario se retrasa todo lo que los exportadores pueden. Habiendo sido la cosecha 2019/20 récord de 127 millones de toneladas de grano, según lo informado por las cámaras exportadoras de aceite y de cereales CIARA-CEC, la liquidación acumulada del primer semestre 2020 es de 9.307,2 millones de dólares, un 15,16% menor que en igual lapso del año pasado que fue de 10.718,6 millones, cuando en la cosecha 2018/19 hubo una fuerte sequía.

Las principales cuatro empresas exportadoras (COFCO, Cargill, ADM y Bunge Ceval) concentran el 48% de las ventas externas totales de Argentina, en tanto que las principales 10 (AGD, Vicentin [2], Glencore, LDC, ACA y Molinos Río de la Plata) representaron el 91% del total de negocios de exportación de granos y productos derivados de origen argentino. Como se explicó aquí, entre los años 2016 y 2019, amparándose en la normativa del gobierno de Cambiemos, no liquidaron más de 19.000 millones de dólares. Es claro y evidente que no liquidan esperando y propiciando una devaluación de nuestra moneda, lo cual explica la diferencia entre el valor del dólar oficial y todos los paralelos.

La devaluación haría volar por el aire el delicado equilibrio en que nos encontramos, subiría aún más el precio de los alimentos y demás insumos que requiere nuestro pueblo, empujando a fracciones cada vez mayores a la pobreza, a la indigencia  y a la desesperación, a la par que se caería más el PIB por el menor consumo interno que no puede ser compensado porque las exportaciones no representan más del 25% del total de lo que se produce. Y es peor, porque en lugar de que esos mayores ingresos incrementen las inversiones terminan engrosando la fuga de capitales. Nuestro país ostenta un triste privilegio: su burguesía tiene más recursos afuera de la Argentina que adentro.

Esto esclarece por qué no les interesa tanto preservar el mercado interno, mientras coinciden grandes empresarios del agro y de la industria, banqueros y comerciantes en asegurar y expandir sus activos en el exterior.

Es más, desde el Rodrigazo y de menor a mayor, nuestra burguesía se somete al capital financiero internacional y a su moneda, el dólar, prefiriendo vender los activos en el país por saberse débil e incompetente para lidiar con el capital extranjero. Lo refleja clara y terminantemente el caso Vicentin, sexto exportador de granos y manufacturas de origen agropecuario, que monta un escenario de fraude y fuga para rendirse sin luchar.

Igual podríamos decir de todos los hijos y nietos de esos industriales que supo tener este país del confín del mundo, que poseen más activos financieros que reales, más activos afuera de la Argentina que en el país, porque han preferido vender sus empresas a la competencia extranjera.

La paradoja cierra cuando se entiende que parte de esos activos líquidos la administra Larry Fink, Presidente de BlackRock, y otros fondos de cobertura como Franklin Templeton, que supo poner a su representante en la Argentina, Gustavo Cañonero, como Vicepresidente del BCRA cuando el ex jefe de la Mesa de Dinero del JP Morgan y el Deustche Bank, Luis Caputo, fue nombrado Presidente y continuó en funciones cuando Caputo renunció presionado por el FMI, hasta el 9 de diciembre de 2019.
Nuestra burguesía en general (puede haber excepciones) espera que el gobierno le pague lo más que pueda a los acreedores y no por actuar de buena fe, sino para no perder tanto como han perdido con el macrismo, que sus acciones valen la mitad o menos que en diciembre de 2015 y, por otra parte, como seguramente compraron títulos públicos y no pudieron salir de los mismos (y no por patriotas), están engrampados en esa doble Nelson que los hace menos ricos.

Lo peor es que creen que con esas pérdidas ya contribuyeron con el país (como si hubieran comprado títulos de deuda por amor a la patria), sin comprender que eran ellos los que querían que cese el gobierno de los Kirchner y propusieron reemplazarlo por un gobierno de CEOs. Así les fue y así nos va.  Son ineptos y quieren que toda la sociedad argentina pague sus errores, cuando debería ser exactamente al revés, que sea el pueblo de este país el que les reclame por su egoísmo, su supina ignorancia y su falta de inteligencia.


La alternativa

El economista Aldo Ferrer se equivocaba cuando ponía la esperanza en la burguesía que tenemos, ya que nuestros empresarios actuales no son los que él había visto en 1968 o aquellos liderados por José Gelbard hasta octubre de 1974. La dictadura militar y el modelo de valorización financiera de capital la diezmó y la que queda es una burguesía de rapiña, apátrida y tonta, a la que sólo le importa acumular dólares en el exterior aún a costa de que sus empresas valgan cada vez menos, como lo demostró la gestión de Cambiemos.

Por ejemplo las empresas del grupo Techint, cuyos directivos y funcionarios están entre las que fugaron dólares y, sin embargo, desde que se privatizó SOMISA en el gobierno de Carlos Menem y paso a llamarse Ternium Siderar, vende la chapa en el país un 30% más cara que cuando la exporta, encareciendo toda la industria argentina que utiliza ese insumo reduciendo las condiciones de competitividad respecto de sus pares extranjeros. Ese grupo económico que con el apoyo del gobierno de Cambiemos armó una filial en Texas con una inversión de 2.000 millones de dólares y generó 1.500 puestos de trabajo en esa Nación, en plena pandemia despidió 1.450 trabajadores en la Argentina.

Con esa burguesía se torna necesario repensar el país y plantear a qué nos vamos a dedicar en los próximos años. Qué vamos a producir, con quién, de qué manera, para quién, que rol debe jugar el Estado, etc., preguntas que son un desafío para el actual gobierno y para todos sus habitantes.

En la Argentina las inconsistencias fiscal, monetaria y de comercio exterior tienen nombre y apellido y están relacionadas entre sí.


[1] Que es la cantidad de billetes y monedas emitidas y puestas en circulación por el BCRA.
[2] Vicentin SAIC con un 9% del total de ventas externas agroindustriales, empresa que atravesó en el 2019 una situación de stress financiero que la llevó a paralizar sus actividades.






MI ZAHIR

Quizá yo acabe por gastar
mi vida
a fuerza de pensarla y repensarla
a diferencia de Isidoro
detrás de ella
no soy optimista
de encontrar a Dios
sería como agraciada
la sentencia para mi



…Prende y se apaga sola
Sale después de hora
Hay tanta gente sola
Hoy tanta gente llora







jueves, 9 de julio de 2020


“Cerro del Jaguar” del Códice Zouche-Nuttall

LA ESCRITURA DEL DIOS
(Jorge Luis Borges, en “El Aleph” 1949)

La cárcel es profunda y de piedra; su forma, la de un hemisferio casi perfecto, si bien el piso (que también es de piedra) es algo menor que un círculo máximo, hecho que agrava de algún modo los sentimientos de opresión y de vastedad. Un muro medianero la corta; éste, aunque altísimo, no toca la parte superior de la bóveda; de un lado estoy yo, Tzinacán, mago de la pirámide de Qaholom, que Pedro de Alvarado incendió; del otro hay un jaguar, que mide con secretos pasos iguales el tiempo y el espacio del cautiverio. A ras del suelo, una larga ventana con barrotes corta el muro central. En la hora sin sombra se abre una trampa en lo alto,, y un carcelero que han ido borrando los años maniobra una roldana de hierro, y nos baja en la punta de un cordel, cántaros con agua y trozos de carne. La luz entra en la bóveda; en ese instante puedo ver al jaguar.

He perdido la cifra de los años que yazgo en la tiniebla; yo, que alguna vez era joven y podía caminar por esta prisión, no hago otra cosa que aguardar, en la postura de mi muerte, el fin que me destinan los dioses. Con el hondo cuchillo de pedernal he abierto el pecho de las víctimas, y ahora no podría, sin magia, levantarme del polvo.

La víspera del incendio de la pirámide, los hombres que bajaron de altos caballos me castigaron con metales ardientes para que revelara el lugar de un tesoro escondido. Abatieron, delante de mis ojos, el ídolo del dios; pero éste no me abandonó y me mantuvo silencioso entre los tormentos. Me laceraron, me rompieron, me deformaron, y luego desperté en esta cárcel, que ya no dejaré en mi vida mortal.

Urgido por la fatalidad de hacer algo, de poblar de algún modo el tiempo, quise recordar, en mi sombra, todo lo que sabía. Noches enteras malgasté en recordar el orden y el número de unas sierpes de piedra o la forma de un árbol medicinal. Así fui revelando los años, así fui entrando en posesión de lo que ya era mío. Una noche sentí que me acercaba a un recuerdo preciso; antes de ver el mar, el viajero siente una agitación en la sangre. Horas después empecé a avistar el recuerdo: era una de las tradiciones del dios. Éste, previendo que en el fin de los tiempos ocurrirían muchas desventuras y ruinas, escribió el primer día de la Creación una sentencia mágica, apta para conjurar esos males. La escribió de manera que llegara a las más apartadas generaciones y que no la tocara el azar. Nadie sabe en qué punto la escribió, ni con qué caracteres; pero nos consta que perdura, secreta, y que la leerá un elegido. Consideré que estábamos, como siempre, en el fin de los tiempos y que mi destino de último sacerdote del dios me daría acceso al privilegio de intuir esa escritura. El hecho de que me rodeara una cárcel no me vedaba esa esperanza; acaso yo había visto miles de veces la inscripción de Qaholom y sólo me faltaba entenderla.

Esta reflexión me animó, y luego me infundió una especie de vértigo. En el ámbito de la tierra hay formas antiguas, formas incorruptibles y eternas; cualquiera de ellas podía ser el símbolo buscado. Una montaña podía ser la palabra del dios, o un río o el imperio o la configuración de los astros. Pero en el curso de los siglos las montañas se allanan y el camino de un río suele desviarse y los imperios conocen mutaciones y estragos y la figura de los astros varía. En el firmamento hay mudanza. La montaña y la estrella son individuos, y los individuos caducan. Busqué algo más tenaz, más invulnerable. Pensé en las generaciones de los cereales, de los pastos, de los pájaros, de los hombres. Quizá en mi cara estuviera escrita la magia, quizá yo mismo fuera el fin de mi busca. En ese afán estaba cuando recordé que el jaguar era uno de los atributos del dios.

Entonces mi alma se llenó de piedad. Imaginé la primera mañana del tiempo, imaginé a mi dios confiando el mensaje a la piel viva de los jaguares, que se amarían y se engendrarían sin fin, en cavernas, en cañaverales, en islas, para que los últimos hombres lo recibieran. Imaginé esa red de tigres, ese caliente laberinto de tigres, dando horror a los prados y a los rebaños para conservar un dibujo. En la otra celda había un jaguar; en su vecindad percibí una confirmación de mi conjetura y un secreto favor.

Dediqué largos años a aprender el orden y la configuración de las manchas. Cada ciega jornada me concedía un instante de luz, y así pude fijar en la mente las negras formas que tachaban el pelaje amarillo. Algunas incluían puntos; otras formaban rayas trasversales en la cara interior de las piernas; otras, anulares, se repetían. Acaso eran un mismo sonido o una misma palabra. Muchas tenían bordes rojos.

No diré las fatigas de mi labor. Más de una vez grité a la bóveda que era imposible descifrar aquel testo. Gradualmente, el enigma concreto que me atareaba me inquietó menos que el enigma genérico de una sentencia escrita por un dios. ¿Qué tipo de sentencia (me pregunté) construirá una mente absoluta? Consideré que aun en los lenguajes humanos no hay proposición que no implique el universo entero; decir el tigre es decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el pasto de que se alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que dio luz a la tierra. Consideré que en el lenguaje de un dios toda palabra enunciaría esa infinita concatenación de los hechos, y no de un modo implícito, sino explícito, y no de un modo progresivo, sino inmediato. Con el tiempo, la noción de una sentencia divina parecióme pueril o blasfematoria. Un dios, reflexioné, sólo debe decir una palabra, y en esa palabra la plenitud. Ninguna voz articulada por él puede ser inferior al universo o menos que la suma del tiempo. Sombras o simulacros de esa voz que equivale a un lenguaje y a cuanto puede comprender un lenguaje son las ambiciosas y pobres voces humanas, todo, mundo, universo.

Un día o una noche —entre mis días y mis noches ¿qué diferencia cabe?— soñé que en el piso de la cárcel había un grano de arena. Volví a dormir; soñé que los granos de arena eran tres. Fueron, así, multiplicándose hasta colmar la cárdel, y yo moría bajo ese hemisferio de arena. Comprendí que estaba soñando: con un vasto esfuerzo me desperté. El despertar fue inútil: la innumerable arena me sofocaba. Alguien me dijo: No has despertado a la vigilia, sino a un sueño anterior. Ese sueño está dentro de otro, y así hasta lo infinito, que es el número de los granos de arena. El camino que habrás de desandar es interminable, y morirás antes de haber despertado realmente.

Me sentí perdido. La arena me rompía la boca, pero grité: Ni una arena soñada puede matarme, ni hay sueños que estén dentro de sueños. Un resplandor me despertó. En la tiniebla superior se cernía un círculo de luz. Vi la cara y las manos del carcelero, la roldana, el cordel, la carne y los cántaros.

Un hombre se confunde, gradualmente, con la forma de su destino; un hombre es, a la larga, sus circunstancias. Más que un descifrador o un vengador, más que un sacerdote del dios, yo era un encarcelado. Del incansable laberinto de sueños yo regresé como a mi casa a la dura prisión. Bendije su humedad, bendije su tigre, bendije el agujero de luz, bendije mi viejo cuerpo doliente, bendije la tiniebla y la piedra.

Entonces ocurrió lo que no puedo olvidar ni comunicar. Ocurrió la unión con la divinidad, con el universo (no sé si estas palabras difieren). El éxtasis no repite sus símbolos: hay quien ha visto a Dios en un resplandor, hay quien lo ha percibido en una espada o en los círculos de una rosa. Yo vi una Rueda altísima, que no estaba delante de mis ojos, ni detrás, ni a los lados, sino en todas partes, a un tiempo. Esa Rueda estaba hecha de agua, pero también de fuego, y era (aunque se veía el borde) infinita. Entretejidas, la formaban todas las cosas que serán, que son y que fueron, y yo era una de las hebras de esa trama total, y Pedro de Alvarado, que me dio tormento, era otra. Ahí estaban las causas y los efectos, y me bastaba ver esa Rueda para entenderlo todo, sin fin. ¡Oh dicha de entender, mayor que la de imaginar o la de sentir! Vi el universo y vi los íntimos designios del universo. Vi los orígenes que narra el Libro del Común. Vi las montañas que surgieron del agua, vi los primeros hombres de palo, vi las tinajas que se volvieron contra los hombres, vi los perros que les destrozaron las caras. Vi el dios sin cara que hay detrás de los dioses. Vi infinitos procesos que formaban una sola felicidad, y, entendiéndolo todo, alcancé también a entender la escriturad del tigre.

Es una fórmula de catorce palabras casuales (que parecen casuales), y me bastaría decirla en voz alta para ser todopoderoso. Me bastaría decirla para abolir esta cárcel de piedra, para que el día entrara en mi noche, para ser joven, para ser inmortal, para que el tigre destrozara a Alvarado, para sumir el santo cuchillo en pechos españoles, para reconstruir la pirámide, para reconstruir el imperio. Cuarenta sílabas, catorce palabras, y yo, Tzinacán, regiría las tierras que rigió Moctezuma. Pero yo sé que nunca diré esas palabras, porque ya no me acuerdo de Tzinacán.

Que muera conmigo el misterio que está escrito en los tigres. Quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto los ardientes designios del universo, no puede pensar en un hombre, en sus triviales dichas o desventuras, aunque ese hombre sea él. Ese hombre ha sido él, y ahora no le importa. Qué le importa la suerte de aquel otro, qué le importa la nación de aquel otro, si él, ahora, es nadie. Por eso no pronuncio la fórmula, por eso dejo que me olviden los días, acostado en la oscuridad.

 A Emma Risso Platero


lunes, 6 de julio de 2020


PEROGRULLADA

No lo tengo muy claro
una obviedad sin embargo
podría ser el camino
para relacionarnos como humanos
qué sentido tendría
si al final todo queda ahí
el final
tan proletario
tan de olvido



...(sin respuesta)...







SOBRE LA VANIDAD
(Por Alfonso Fernández Tresguerres, en “Nódulo Materialista”)

De lo vano del mundo a la vanidad del carácter
1
Puede la vanidad ser entendida (o mejor, lo ha sido de hecho) en un doble sentido: como forma de ser o carácter, por supuesto, mas también como concepto que es emblema y resumen de una particular concepción del mundo y de la vida, de una filosofía, o acaso más ajustado sería decir de una metafísica del vivir y del hacer humanos.

Sin duda alguna, la segunda de tales acepciones encuentra su mejor y más logrado exponente (no hay por qué caer en la extravagancia a fuer de buscar la originalidad) en el vanitas vanitatum proclamado por el autor del Eclesiastés: «¡vanidad de vanidades, todo es vanidad!». Cualquier empresa es fútil y vacía; cualquier deseo y anhelo un simple espejismo, mera «caza de viento».

Ciertamente, todo es fugaz y pasajero; todo vano (que de vano viene vanidad); todo huero e inútil; todo estéril. Y, entre otras cosas (cabe suponer), también lo es escribir el Eclesiastés y darnos consejos, como lo es el que yo escriba sobre él y sobre su darnos consejos. Si a eso vamos: «Acaso no haya vanidad mayor que la de escribir vanamente», como decía Montaigne. Y advierto que no lo digo por el autor del libro bíblico del que hablo, sino por mí mismo. Si es ya mucho dar en vida con un puñado de lectores, qué no será pensar que, desaparecido su autor, cuando ya, periódicamente, no nos importune con uno de sus bodrios, recordándonos de ese modo (una nueva vanidad) su existencia, alguien se ocupe de leer aquellos engendros que un día nacieron de su magín. Mas si esto que digo vale para mí, vale igualmente para muchos como yo; y hasta, a lo que entiendo, alguno hay al que le viene más al caso.

Pero yo (y esto me ayuda) soy poco dado al melodrama, o al menos procuro, siquiera, huir de él; de manera que si no soy melodramático por temperamento, lo soy, desde luego, por convicción. Después de todo, la realidad es como es, y rasgarse las vestiduras o posar de llorón a la vista de la fragilidad de la vida o del fracaso y el olvido al que se hallan condenados los más de los propósitos y obras humanas, resulta no sólo inútil, sino también extremadamente ridículo y cursi; y no es sino otra forma de vanidad: la de quien aspira a convencernos de que es poseedor de una extremada sensibilidad, o de una inteligencia tan aguda que viene, al cabo, a dar en dolorosa. Bien está que se sienta y se muestre angustiado (víctima, pues, de esa angustia vital tan kierkegaardiana) el adolescente que, paradójicamente, ni lo está ni podría estarlo aunque quisiera (y aunque él no lo sepa), máxime si su vanidad del sufrir se despliega por una causa noble, como lo es pretender impresionar a otras adolescentes particularmente impresionables y perfectas receptoras de los efluvios de su desesperación. (Pero no se me haga mucho caso, porque creo que estas cosas ya no están de moda.) Y es que a los diecisiete años uno tiene que aspirar a ser todo (incluso filósofo existencialista), porque de lo contrario, pasados los cuarenta, ya no le quedarán fuerzas para ser nada. Pero mal parece en el individuo maduro que nos aburra con sus pesares y sufrimientos metafísicos; y colmo de la vanidad son esos exhibicionistas del dolor, que, diríase, dan por supuesto que a alguien importa o que a alguien tendría que importar lo mal que se sienten o lo que opinen sobre la crueldad del vivir, sin caer en la cuenta de que con las opiniones sucede lo mismo que con los culos: cada cual tiene el suyo y no hay por qué enseñarlo cada dos por tres.

Mas, en último término, si nada tiene demasiada importancia, entonces también es verdad que tampoco la tiene el que nada sea importante, y vea cada cual lo que hace con el tiempo, más corto o más largo, que le ha sido otorgado hasta que le acontezca el único hecho definitivo y completo del vivir, que no es otro que el morir mismo. Punto final de todo anhelo y de todo pesar, la muerte nos cura, además, de toda vanidad, y lo hace de golpe y para siempre, como no suceda que seamos lo bastante estúpidos para desear, con James Dean, ser un bonito cadáver; vanidad que, obviamente, continúa estando del lado de la vida, no de la muerte (los muertos, como es sabido, no se preocupan en exceso por su aspecto), y que consiste en suponer que incluso cuando ya no podamos vernos ni admirarnos, todavía habrá alguien que nos vea y nos admire. Yo no sé si la vanidad del ser humano puede ir aún más lejos, pero es seguro que no puede hacerlo su estupidez. Pero no le demos vueltas, porque supongo que, a fin de cuentas, se trata de una aspiración como otra cualquiera: si no por algo más, que se nos recuerde siquiera por haber sido un muerto guapo. Aspiración efímera también, porque aunque se puede ser feo toda la vida, no se puede ser guapo toda la muerte, y andando el tiempo ya no existe ninguna diferencia entre el polvo de un hermoso cadáver y el de un cadáver horrendo.

Pero hasta entonces, hasta llegado el momento de no ser más que cadáver o polvo, algo hay que hacer, y así, si al cabo todo ha de ser vanidad, yo no quisiera tener otra que la de vivir con un cierta complacencia y obtener alguna satisfacción de lo que hago, porque

«observé que el único bien del hombre es disfrutar de lo que hace»;

con lo que, en este punto, vengo a declararme, finalmente, humilde discípulo del Eclesiastés (y ello aun cuando con tales palabras, tal vez quien lo escribió no otra cosa quiso decir sino que también eso es vanidad). No se es feliz, en efecto, con lo que se tiene, sino con lo que se hace. Y si de disfrutar de lo que se hace se trata, yo añadiré que tengo por cierto que la dicha que no podamos obtener de un puñado de libros y de las divagaciones a las que nos empuja una cabeza ociosa, no podremos hallarla jamás en parte ni en cosa alguna. Y es que seguramente ningún gozo es comparable al que se deriva del hacernos preguntas y buscar respuestas, esto es, al goce de saber o tratar de hacerlo. Y vuelva de nuevo alguien, si así lo desea, a recordarnos, con el autor del Eclesiastés,

«que la sabiduría y el saber son locura y necedad [...] también eso es caza de viento, pues a más sabiduría más pesadumbre, y aumentando el saber se aumenta el sufrir»,

que entonces no sé yo que más hay que decir sino que lo que constituye auténtica locura y necedad, y, de añadido, vanidad excesiva y ridícula, es imaginar que uno pueda llegar a hacerse tan sabio y tan lúcido que la vida misma se le haga insoportable. Acaso tales peligros sean reales para alguien que, como él, se encuentre en posesión de una lucidez y una sabiduría que me sobrepasan con mucho, mas creo que ningún riesgo existe de que acechen a las mías.

2
Mas si ahora desplazamos nuestra atención desde este sentido casi cósmico o metafísico de la vanidad, a la vanidad entendida como carácter, es obvio, que, desde la perspectiva del autor del Eclesiastés, el vanidoso no es únicamente un individuo dominado por un determinado vicio, sino uno de los más excelsos y sublimes representantes de la estupidez humana. Y seguramente es verdad; y lo es hasta tal punto, que algunos, como si se negaran a creer que pueda alcanzarse un grado de necedad tal, dan en pensar que el vanidoso no se encuentra realmente convencido de poseer aquello de lo que presume, es decir, que es, en último término, un embustero. De este parecer es Adam Smith:

«El hombre vanidoso –asegura– no es sincero, y en el fondo de su corazón está raras veces convencido de la superioridad que ambiciona que usted le atribuya [...] Es culpable de vanidad quien desea la alabanza por algo que sin duda lo merece, pero que él sabe perfectamente que no posee».

Entiendo que esta interpretación es en exceso benévola. Es cierto que la vanidad se halla siempre referida a objetos dignos de encomio, y lo es también que no suele poseerlos el vanidoso, o, al menos, que la cantidad de tal posesión no se corresponde con el grado de alarde que se hace de ellos, pero que él lo sepa, lo encuentro más discutible. No es tanto, me parece a mí, que, como sostiene Smith, el vanidoso se vea a sí mismo no como él sabe que es, sino tal como supone que, después de haberlos engañado, lo ven los demás; al contrario, lo que en realidad sucede es que desea que los demás le vean tal como él se ve. No se mira con los ojos de los otros, sino que anhela, y hasta reclama, que los otros le miren con los suyos. No estamos ante un taimado mentiroso, sino ante un tonto sincero. Lo primero sería ya estupidez notable, desde el momento en que supondría acabar por creer el propio embuste, pero lo segundo es la memez elevada a la categoría de obra de arte, porque indica que el vanidoso se cree en verdad excelente y perfecto en su género; convicción que sólo puede alcanzarse mediante la habilidad de ser capaz de engañarse a cada instante a uno mismo y de vivir con y en ese engaño. Y esto únicamente con la asistencia de una necedad sin límites puede ser logrado.

Sólo cuando uno repara en su propia insignificancia y en lo nimio e imperfecto de cualesquiera obras de las que sea autor, o lo que es igual, sólo cuando uno no es lo bastante serio como para permanecer ciego a los aspectos ridículos y risibles que él también, como los demás, posee, puede alejarse de la vanidad. Y por eso seguramente está en lo cierto Bergson cuando observa que «la única cura contra la vanidad es la risa». Mas siempre, habría que puntualizar, que lo entendamos en el sentido de que la risa es lo único que puede curarnos de ella, mas no que con el reír podamos curar al vanidoso de su vicio, porque nuestra burla, que entenderá de inmediato nacida de la envidia, no hará que se tambalee en lo más mínimo la profunda admiración que experimenta por su persona, sino que, antes bien, le servirá de confirmación de su alta valía (¿por qué si no habríamos de envidiarle?). Y confiar en que con la risa se cure él, es pensar lo impensable, porque ser vanidoso implica, sin excepción alguna, tomarse muy en serio a uno mismo: quien es capaz de lo contrario y de reírse de sí, no necesita curarse de la vanidad, porque ni es ni puede ser vanidoso.

Mas, siguiendo con Bergson, no estará de más recordar que también él, como A. Smith, parece conceder alguna fuerza a la hipótesis según la cual la vanidad está «fundada en la admiración que se cree inspirar en los demás». Ya me he referido a esto, y aprovecharé ahora para añadir que, en efecto, tiene razón el filósofo francés, pero es preciso matizar que esa admiración que el vanidoso cree suscitar en los otros nace siempre de la admiración que tiene por sí mismo. Desde su perspectiva, los demás no realizan sino un acto de justicia al reconocer lo que no es más que un hecho: que él es un ser excelso y admirable; y esto con independencia de que el creerse reconocido y admirado como tal, sea combustible que contribuya a mantener avivado el fuego de su vanidad.

Pero tan importante o aun más que ésta, es, o así lo entiendo yo, otra confusión que suele darse en el asunto éste de la vanidad, y es la frecuencia con que se la ha equiparada a la ambición. Sucede así, de una forma explícita, en Alfred Adler, quien en su Conocimiento del hombre parece inclinarse a considerar ambos términos sencillamente como sinónimos e intercambiables:

«Tan pronto como el afán de hacerse valer prevalece –escribe–, provoca en la vida del alma un aumento de tensión que hace que el hombre perciba más claramente el objetivo de poder y superioridad, y trate de aproximarse a él con movimientos reforzados, siendo entonces su vida como la esperanza de un gran triunfo. Un individuo tal pierde el contacto y la relación directa con la vida práctica, porque está siempre ocupado en saber qué impresión produce y qué piensan de él los demás. Esto constituye un gran obstáculo para su libertad de acción, apareciendo el rasgo de carácter más frecuente en tales casos: la vanidad»;

pero que tal definición pudiera servir para retratar igualmente (y aun mejor) al ambicioso, no tiene para Adler nada de particular, porque (como digo) ambos constituyen, en su opinión, un único y mismo carácter: ocurre, sencillamente, que la vanidad es considerada disposición más vergonzosa, y por eso «se suele encubrir esta cualidad, sustituyendo su nombre con el más bello de la ambición».
Mas también en Aristóteles, según creo, encontramos una asimilación pareja entre ambos afectos. La vanidad constituye, según él, el extremo vicioso por exceso de la magnanimidad: cualidad de aquél «que siendo merecedor de grandes bienes, se cree él mismo digno de ellos», según leemos en la Ética a Eudemo, y es vicio –se prosigue diciendo en dicha obra– que

«inclina a considerarse uno mismo merecedor de grandes bienes, siendo indigno de ellos (llamamos, en efecto, vanidosos a aquéllos que piensan ser merecedores de grandes bienes sin serlo)»;

y en cuanto al otro exceso, ahora por defecto, de la magnanimidad, esto es, la pequeñez de espíritu,

«se refiere al que, siendo merecedor de ellos, no se considera a sí mismo digno de grandes cosas (parece, en efecto, ser pequeño de espíritu el que, habiendo en él cosas por las que justamente puede ser estimado, no se considera a sí mismo merecedor de nada grande), de modo –concluye Aristóteles– que necesariamente la magnanimidad tiene que ser un medio entre la vanidad y la pequeñez de espíritu».

En la Ética a Nicómaco hallamos idéntica caracterización de estos tres tipos humanos, pero con la peculiaridad de que a ella viene a añadirse ahora el juicio moral sobre ellos. Y ocurre que si, como es obvio, el magnánimo es virtuoso, lo cierto es que vanidoso y pusilánime (o pequeño de espíritu), aunque no virtuosos, al menos hay que reconocer que tampoco son malvados:

«tampoco a éstos –escribe Aristóteles– se los considera malos (pues no perjudican a nadie), sino equivocados. En efecto, el pusilánime, siendo digno de cosas buenas, se priva a sí mismo de lo que merece, y parece tener algún vicio por el hecho de que no se cree a sí mismo digno de esos bienes y parece no conocerse a sí mismo; pues desearía aquello de que es digno, por ser cosa buena. Ésos no parecen necios, sino, más bien, tímidos [...] Por otro lado, los vanidosos son necios e ignorantes de sí mismos, y esto es manifiesto. Pues sin ser dignos emprenden empresas honrosas y después quedan mal».

Es cierto, sin duda, que el pusilánime es tímido y el vanidoso necio, y lo es aun en el supuesto de que ocasionalmente pudieran, con su actitud, causar algún perjuicio a alguien, y no sólo a sí mismos. Pero, en cualquier caso, conviene reparar en que lo que propiamente está retratando Aristóteles en su análisis no es tanto la vanidad como la ambición (con lo que, si no me equivoco, venimos así a incurrir en un error similar al que mucho más tarde repetirá Adler). Y de hecho, cuando a reglón seguido Aristóteles se ocupa de ésta, se ha quedado prácticamente sin nada que decir, y se conformará con entenderla referida a los honores, caracterizándose, en consecuencia, el ambicioso por «aspirar al honor más de lo debido», aunque (de nuevo como sucede en Adler) se admite una dimensión loable de tal pasión, y así, dirá Aristóteles:

«A veces, al contrario, alabamos al ambicioso por considerarlo viril y amante de lo que es noble».

Y esto también es verdad, porque tiene, ciertamente, la ambición su término medio y justo que, si no virtuoso, en sentido estricto, al menos tampoco puede considerarse culpable y merecedor de censura. Como lo tiene, por otra parte, la vanidad misma, porque para huir de ella no es preciso caer en el rebajamiento y la autohumillación: nada malo hay en que, ocasional y razonablemente, podamos alguna vez sentirnos satisfechos con nosotros y con aquellas obras o acciones de las que somos autores. Es más: seguramente es de todo punto necesario que así sea. Quien se adora, es un necio; pero quien jamás halla en sí motivo alguno de contento, es un pobre desgraciado, dominado (como seguramente diría Freud) por un super-yo tan cruel que mejor le fuera poder extirpar.

Pero en lo que debemos poner mucho cuidado (y en eso estábamos) es en no confundir ambos temperamentos. Yo creo que la raíz de tal confusión se encuentra, precisamente, en esa acepción noble que el término «ambición» conlleva, en tanto que afán de perfeccionamiento o superación; y como quiera que a la vanidad, como tal, ninguna dimensión positiva cabe detectarle, lo que ha sucedido en el caso de Aristóteles, me parece a mí, es que todo lo negativo asociado a ambas pasiones lo ha cargado en la cuenta de la última, dejando la primera limitada a un aspiración desmedida de honores. Mas no se entiende por qué no se podría decir justo lo contrario. ¿O es que resulta tan obvio que debemos llamar «ambicioso» al que anhela honores, en tanto que es «vanidoso» quien ambiciona todo lo demás? Cierto que no es fácil establecer un delimitación nítida y rotunda entre ambos caracteres, porque es verdad que el vanidoso se halla dominado, al menos, por la ambición de ser admirado, y, al mismo tiempo, entre los objetivos anhelados por un ambicioso suele encontrarse también la admiración. Creo, sin embargo, que la ambición comprende objetos múltiples y distintos, en tanto que el de la vanidad es único, y éste, es, justamente, la admiración. Así, pues, entiendo que mejor haremos invirtiendo la caracterización aristotélica, y decir que quien aspira a cosas grandes (sean cuales fueren) sin merecerlas es ambicioso (si las merece, también, desde luego, pero estaríamos ahora ante la dimensión positiva de la ambición), en tanto que es vanidoso quien se admira y busca ser admirado.

Pero otros aspectos no menos significativos distinguen ambas pasiones; y en ellos no parece, una vez más, que haya reparado Aristóteles, y, por supuesto, tampoco Adler, e incluso diríase no haberlo hecho plenamente Teofrasto, cuya concepción de la vanidad como «un deseo mezquino de ostentación» es, no obstante, pese a su concisión y brevedad (o tal vez precisamente por ello), una de las definiciones más logradas que conozco, mas a la que le sobra, no obstante (o, cuanto menos, habría de ser afinado), lo del «deseo», porque el vanidoso no sólo desea presumir, sino que lo hace de hecho (aunque, por supuesto, desea poder continuar haciéndolo y teniendo, o creyendo tener, razones y motivos de ostentación). Quiero decir con esto que en tanto que la ambición es afecto proyectado fundamentalmente al futuro, la vanidad, por el contrario (y sin que sea menester negarle por completo dicha proyección), se halla primordialmente centrada en el presente, y acaso también en el pasado. Sólo puede ambicionarse, como es lógico, aquello que no se es o no se tiene; en cambio, no se hace ostentación sino de lo que se es o se tiene (o de lo que se cree ser o tener), y tal vez, asimismo, de que ello haya sido así (o se crea que haya sido así) en el pasado, aunque no lo sea en la actualidad. Todo lo cual no obsta, sin embargo, para que pueda pensarse que quien ambiciona lo hace para poder ostentar, al tiempo que el vanidoso ambiciona continuar ostentando. Y con ello no hacemos más que arribar de nuevo a la confirmación de los importantes elementos en común que presentan ambos afectos, el más destacado de los cuales consiste (según se ha sugerido ya) en el hecho de que la vanidad puede ser vista como una forma de ambición (seguramente la más inofensiva, pero sin duda también la más ridícula de sus modalidades), en tanto que la ambición se halla con frecuencia acompañada por la vanidad. Pero (como digo) no debemos dejar que las semejanzas nos tornen invisibles las diferencias, que las hay, y muy notorias y significativas, porque a las ya señaladas debemos añadir ahora una más.

La ambición, en efecto, es vicio que empuja a correr riesgos y a lanzarse a empresas que, con harta frecuencia, suelen desembocar en el más estrepitoso de los fracasos y en el más estruendoso de los ridículos; la vanidad, en cambio, es, por su propia esencia, pasión fundamentalmente conservadora. Quien ambiciona algo, no tiene más remedio que arriesgarse; pero lo que ante todo desea el vanidoso es poder admirarse y ser admirado (o convencerse, al menos, de que lo es); su única ambición (podemos nuevamente volver a decirlo así) es que se mantenga inalterable aquel estado de cosas que le hacen sentirse admirable y digno de admiración; aquel estado de cosas que le permiten, en suma, presumir y ostentar (aunque todo ello no sea más que una simple quimera nacida de su memez), y de ahí que acaso nada esté más lejos de su intención que embarcarse en proyectos que pongan en peligro aquello por lo que se ve francamente encomiable, y que conlleven la posibilidad del fracaso, puesto que con él, resulta inevitable el riesgo de que de un plumazo se venga al suelo, hecha añicos, su imagen gloriosa y largamente labrada.

Pero, al cabo, y aunque puede discutirse si cualquiera de dichas pasiones pueden satisfacerse (o intentar satisfacerse) sin incurrir en múltiples faltas de carácter ético o moral (como el engaño, la maledicencia o la traición), probablemente tiene razón Aristóteles cuando afirma que ni uno ni otro son malos, es decir (así lo entiendo yo), que no son, en general, siempre y en sí mismos, malvados (aunque subsidiariamente puedan serlo determinadas acciones a las que sus respectivos caracteres les empujen), sino sólo estúpidos (lo que no es, obviamente, un desorden menor, mas sí un desorden de otro tipo). Ambición y vanidad son, pues miembros natos, de la familia de la estupidez, porque sólo un necio puede presumir de lo que posee (que, por mucho que sea, siempre será nada), y no digamos de lo que no posee; y, por otra parte, ambicionar no ya lo que no se merece, en sentido aristotélico o moral, sino lo que no se puede tener (y un ambicioso siempre acabará por desear algo que no le es posible alcanzar), no es maldad, sino tontería.

3
Queda por determinar si es verdad, como algunos suponen, que todos, en mayor o menor medida, somos vanidosos. Tal es la opinión de Pascal:
«La vanidad está tan aferrada en el corazón del hombre –dice–, que un soldado, un escudero, un cocinero, una ganapán, se jacta y quiere tener sus admiradores; y los filósofos mismos lo desean, y los que escriben en contra quieren tener la gloria de haber escrito bien; y los que los leen quieren tener la gloria de haberlo leído; y yo, que escribo esto, tengo quizás este afán; y acaso los que hayan de leer...»;
e idéntica es la posición de Mandeville, para quien nada hacemos si no es buscando la alabanza y el elogio, o, lo que es lo mismo, si no es movidos por el egoísmo y la vanidad; algo que, después de todo, no deja de tener su lado positivo, como es el desarrollo de las artes, las ciencias, &c. Y La Rochefoucauld, quien merece, acaso más que ningún otro, el título de maestro de la sospecha, no dejará, por su parte, de observar que:

«Lo que nos hace insoportable la vanidad de los demás es que hiere la nuestra»;
idea que Nietzsche, no digo yo que culpable de plagio, mas víctima, seguramente, de un honrado fenómeno de criptoamnesia, repite casi al pie de la letra:
«La vanidad de los demás –escribe– repugna a nuestro gusto tan sólo cuando repugna a nuestra vanidad».

A mí me parece que todos ellos generalizan en exceso (les reconozco, sin embargo, la atenuante de que una buena máxima sólo puede ser contundente). Yo creo que nos encontramos de nuevo muy próximos a la perspectiva del Eclesiastés: afirmaciones tales, únicamente pueden sostenerse si hacemos un uso tan extenso y (me atrevería a decir) tan abusivo del término «vanidad», de tal manera que todo (absolutamente todo), incluida la misma aspiración a seguir vivos pueda ser vista como una pretensión vanidosa (y es que, ¿de dónde ese afán de imponer al mundo nuestra presencia?). Pero si el concepto del que hablamos nos limitamos a usarlo reducido a sus justos límites, entiendo que tal generalización resulta inadmisible.

Uno puede inventar o crear por mero juego y por la mera satisfacción que al hacerlo se alcanza, con plena independencia de que lo que hace vaya algún día seguido del aplauso o el reconocimiento; y puede desear saber empujado por su curiosidad y por el puro placer que obtiene en colmarla. Y aun cuando de ello se derive un cierto contento con uno mismo y con la labor realizada, ninguna vanidad entraña tal bienestar, porque, como ya hemos dicho, para huir del mar de la vanidad no es preciso desembarcar en la playas del automenosprecio, y porque ningún vicio conlleva el que lo que hacemos nos haga alguna vez dichosos La vanidad, en sentido estricto (también la ambición), es (según hemos señalado) algo muy distinto a esa forma tan difusa y amplia de entenderla, tal coma la encontramos en Pascal o en Mandeville. Se trata de una satisfacción grotesca con uno mismo (y a veces no tanto por lo que se es, sino por lo que se cree ser), acompañada del convencimiento de que conocernos ha de ser una experiencia emocional inolvidable para cualquier otro ser humano. Dejémoslo ahí. No hay razón alguna para ir más allá, a menos que optemos por un completo nihilismo, en virtud del cual aboguemos incluso por la extinción de la especie (lo que, viendo a más de uno, no resulta desmesurada ocurrencia), porque, ¿a qué esa vana pretensión de reproducirnos y de castigar al universo con la propagación de nuestros genes?

Y puede resultarnos insoportable y repugnante un vanidoso estúpido (la expresión es redundante), por la simple razón de ser insoportable y repugnante, sin que haya motivo alguno para suponer, a priori, que la desazón que sentimos brote de nuestra vanidad resentida al ser lastimada por la suya.

Yo no quisiera incurrir aquí en esa peculiar forma de vanidad que consiste en presumir de encontrarse libre de ella, como aquél que, según Plutarco, llamaba a voces a su criada para decirle con gran estrépito y aspaviento notable: «Mira, Dionisia, he dejado de ser vanidoso». Creo, sin embargo, que puedo decir de mí (y no pretenderé que se me crea) que, teniendo seguramente muchos vicios, de éste, a lo que entiendo, no me hallo colmado en exceso. Caso similar me sucede con la envidia. Y si, como alguna vez he dicho, el no ser envidioso no nace en mí de adecuada proporción de bondad, sino, seguramente, por exceso de orgullo (lo que acaso viene a significar que no es en mí la virtud la que vence tal vicio, sino otro vicio más fuerte, que lo domina), creo que igualmente puedo decir que me encuentro libre de la vanidad no por virtuoso, sino por realista: ni tengo nada de lo que alardear ni motivo alguno para envanecerme. Acaso de tenerlo, fuera el más vanidoso del orbe entero, pero como no es así, no tengo más remedio que no serlo. De manera que si la ausencia de vanidad es virtud, yo soy, en este aspecto, virtuoso a la fuerza. Créaseme si se quiere (a mí nada me va en ello); o adviértaseme, incluso, con Pascal, que decirlo no es sino una forma de vanidad; como vanidad es dejarlo escrito; y vanidad esperar que sea leído; y... (pascalianos puntos suspensivos).